El primer ser humano, además, fue creado inmediatamente como hombre, ni neutro ni andrógino, sino con un sexo específico. Esto se expresó en el hecho de que, aunque había sido colocado en el jardín y tenía una provisión abundante de todo lo que necesitaba para vivir, no obstante se sentía solo. Dios lo creó de esta manera; Dios se dice tanto a sí mismo y partiendo de sí mismo que no era bueno que el hombre estuviera solo. Inmediatamente después de la creación, Dios implantó en el alma del hombre el anhelo de amar a alguien que fuera como él.
Ese anhelo no fue satisfecho por los animales, cuya esencia percibió, cuyas clases distinguió y cuyos nombres inventó. Eran fuertes y grandes, nobles y magníficos, pero no compartían su semejanza. La creación de la mujer fue precedida por el sentido de necesidad que el primer hombre descubrió en su propio corazón en medio de toda su abundancia; ni siquiera haber sido creados a imagen de Dios podría satisfacer esa necesidad. Entonces, la mujer es la respuesta a la pregunta que fluyó del corazón del hombre y cruzó sus labios. Ella es la respuesta a su oración, el regalo que Dios le otorgó tan rica y amorosamente.
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En un sentido absoluto, entonces, ella es un regalo de Dios, el mayor regalo que Dios puede dar al hombre que ha sido creado a su imagen, un regalo que el hombre debe, por tanto, recibir y valorar como dado de la propia mano del Señor.
Así es también como Adán saludó a Eva. Tan pronto como la vio, la reconoció; su reconocimiento fue un conocimiento nacido del amor. No vio en ella un ser extraño, sino un ser como él; ella poseía la misma naturaleza que él tenía; ella mostró la misma imagen de Dios que le había sido otorgada; y sin embargo, ella era diferente a él, con su propio sexo, carácter y vocación.
Como un grito de alegría, como un cántico de bodas, las palabras salieron de sus labios: ¡Esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Ella será llamada “mujer” porque fue tomada del hombre».
- Bavinck, Herman. La familia Cristiana (págs. 2-5).














