El Hombre del Valle de los Lobos
Esto aconteció una fría noche de julio, donde la nieve era incesante y lo único que se escuchaba eran las ráfagas y la leña quemándose en la chimenea. Aquella noche éramos tan solo mi abuelo y yo, y como en tantas otras, leíamos, leíamos hasta que al viejo se le caía la taza de su mano y el piso quedaba manchado con los restos del café. Pero esa noche no era igual a las otras, ni a ninguna que haya vivido o viviré, y seguro que ninguno de ustedes vivirá algo como lo que mi querido abuelo y yo hemos presenciado.
A eso de las 2 a.m. el Viejo ya había terminado su segunda taza y la mitad de su libro. La taza tintineaba entre sus dedos a causa de sus anillos y amenazaba por caerse en unos instantes. Un fuerte estruendo en la puerta sobresalto al Viejo, que medio dormido pegó un salto de su sillón y con los ojos salientes me miro como esperando que fuera una de mis bromas, pero la puerta volvió a sonar esta vez acompañada de un aullido. Nos miramos incrédulos y hasta asustados, pero inmóviles, como si algo nos sujetara. Y se abrió, aquella pesada puerta de roble de abrió, primero era tan solo la nieve y ventisca, luego sombras y al final dos siluetas, la de un hombre y un lobo. Ambos avanzaron hacia nosotros intimidantes, feroces. El hombre, ominoso a primera vista, con barba, ropas viejas y un curioso bastón; se adentró en la habitación de la pequeña cabaña, cerrando la puerta hacia la fuerte tormenta, y con su acompañante inspeccionando, se sentó en el sofá del abuelo y con un fuerte golpe en el piso la chimenea volvió a encenderse. Esta luz posibilito ver mejor a la criatura, era aquel del que alguna vez oí en las historias que el Viejo me contaba en las noches de luna llena; El Hombre del valle de los Lobos. Volvió a pararse y nos inspeccionó, un sudor frío recorría mi cuerpo todavía inerte, el ambiente tenso se disipó en cuanto volvió a tirarse en el sillón, nosotros caímos en el suelo.
El espíritu salvaje observaba el fuego danzante con admiración, extrañas figuras se veían en él. Poco se dijo esa noche. El fuego contó su historia.
Una mujer en lo alto de la colina con su cabello despeinado a causa del viento, lucía como un ángel caído del cielo. Descalza, se veía libre, parecía un ave que acababa de aprender a volar. De pronto resbaló, cayó y alzando la vista sonrió, pero fueron sus ojos los que ame, de los que no me pude librar.
Las imágenes siguieron, imágenes de un corazón roto y un sacrificio, una eterna desolación. El hombre sacrificó su corazón, se lo dio a una bruja, que a cambio de su sacrificio salvo a su amada, pero él no podría volver a verla y no sabría más de ella hasta que se hubiera ido a donde las almas vagan hasta concretar su propósito, y su propósito era él. Al darle su corazón, se convirtió en este espíritu errante, en esta suerte de cuento para asustar a los niños que perdura en el tiempo. Pero él no era el primero ni tampoco el último, lo cierto era que había tomado el lugar de otro, y ahora que ya era su hora de irse necesitaba de otro.
—Tú —. Habló por primera vez, su voz ronca llenó la habitación y eso fue todo.
Las luces se apagaron y el frío se apoderó del recinto. Él desapareció y su amigo con él, el viejo me miro desconcertado y me hizo prometerle que este sería nuestro secreto. Nada más se habló de eso. Este recuerdo estuvo en mi memoria todos estos años, pero no fue hasta hace unos pocos días que comprendí a lo que se refería. El destino persigue a uno donde quiera que vaya y sin importar que suceda. Aquella chica está enfrente de mí, y ahora sé que tendré que irme, pero me reconforta saber que la volveré a ver, que tendrá una buena vida, que no me olvidará.