De la soledad aprendí que hay una que me gusta y otra que no y es esta: la que aparece causada por el estar sin demostrar de cierta gente, que es peor que no estar, se parece muchísimo a una estafa. Como cuando te dicen “conmigo podés hablar lo que sea” y el día que querés hablar no están, ni el anterior tampoco ni el siguiente tampoco, devuelvanme mi dinero!
No habitan las palabras, las dicen por decir, y luego no están a la altura de su blablableo.
La única soledad que me hace daño es aquella que surge cuando descubro que en un vínculo, el lugar que la otra persona ocupa en mi vida es más importante que el lugar que yo ocupo en la suya. Me lo dijo Alejandro Zambra en una frase de su libro “Poeta chileno”: “Por eso está solo: todos los demás están con alguien, pero nadie está con él”.
Lo peor de este desengaño es que cuando aparece se convierte en una verdad irreversible e imparable, un tsunami que destroza todo a su paso. Y me cuesta horrores reconstruirme luego de semejante devastación.
Ser el mesías solitario en la vida del otro cansa, me buscan y me llenan de gracias o palabras mejores, les busco y apenas están. Puñales de soledad les llamo, puntas carcelarias. Es que yo puedo estar en la vida de cualquiera menos en la mía: yo no puedo sorprenderme a mí mismo con un chiste, un regalo sorpresa, una idea, invitarme un café, darme un abrazo. En lo que respecta a mí mismo, yo soy nadie. Y cuando ellos también son nadie, la sumatoria da soledad.
Lo que nunca deja de sorprenderme es la ceguera, como no verlo, como no se dan cuenta del enorme desequilibrio que hay entre una disposición y otra, entre la voluntad de estar y no estar respectivamente. Siempre me costó creer que quien afirma quererme no vea que sufro justamente por su ausencia en momentos claves. Siento que miran para cualquier lado menos para donde estoy, siento que mi soledad se ve desde la Luna, y nadie está ahí para mirar.
Joe me dijo una vez que disfruta mucho su soledad. Yo no le dije pero pensé lo mismo: también disfruto mi soledad. La que elijo, esta no. Mi mundo está roto como el de cualquiera, pero funciona. Soledad es cuando se rompe aún más, en zonas críticas.
No soy de los que se sientan a hablar, a negociar, porque cuando descubro este escenario de inmediato me ataca el hastío, el desgano, una enésima desilusión. Tampoco hago berrinches. Jamás. Dignidad ante todo. Me doy media vuelta y vuelvo en silencio a habitar mi desolación. Entonces por un rato todos los días se vuelven domingo o lunes. O tal vez sea como me lo contó Xavier Velasco una vez: “Uno acepta cierto número de rechazos, hasta que se convierte en un solitario arrogante, de modo que parezca que se alejó primero.” Mientras tanto sigo buscando a otras personas más afines, que se mientan menos, que coincidan más en el concepto de construir un nosotros sin privilegios solo para una de las partes.
Las encuentro, claro, siempre las encuentro. Son las responsables de que mantenga mi sonrisa saludable. Mientras tanto, las demás me dan por muerto, cuando encuentran mi cadáver ven solo una nota, escrita a mano que dice “Dedico esta muerte a quienes no se dieron cuenta de nada, a quienes no la vieron venir”.
(gracias a Joe por leer el borrador de este texto, por no fallar nunca desde que empezamos a escribir nuestra por ahora breve historia/histeria y por estar ahí cuando necesité hablar sobre el 50% de lo dicho en estas letras. Gracias a Nita por no fallar nunca desde que empezamos a escribir nuestra extensísima histeria sin historia, por estar ahí cuando necesité hablar sobre el otro 50% y un 100% extra que de repente me salió justo con ella delante, secretos que jamás volverán a escaparse de mi boca otra vez, al menos no todos juntos como esa noche con luz de velas frente a un señor disfrazado de lobo a quien una señora disfrazada de caperucita roja le practiaba sexo oral contra una pared discutiblemente blanca.
A veces no hay mayor demostración de amor que la de alguien que te toma el brazo y escucha el sonido que hace la soledad escapando de tu boca, para luego ahuyentarla con sonrisa de hada que ya tiene un par de cervezas encima y voz de mar profundo que si se le antoja te ahoga pero decide mejor acariciarte hasta llevarte a buen puerto, borracho y drogado claro, eso siempre, un buen puerto no necesariamente tiene que ser perfecto. Gracias a ella también por leer el borrador de esto y por llorar mientras lo hacía. Y finalmente gracias a las dos porque sin saberlo me ayudaron a escribir el paréntesis más largo de mi vida)