Amor, amor. Hasta ayer Richard andaba inventando torpes diálogos con Lucía, ahora se le precipitaban los versos sentimentales que jamás se atrevería a escribir. Decirle, por ejemplo, cómo la quería, cómo le agradecía que hubiera aparecido en su vida. Había llegado ligera desde lejos, traída por el viento de la buena fortuna y aquí la tenía, presente y cercana en el hielo y la nieve, con una promesa en sus ojos moros. Lucía lo encontró cubierto de heridas invisibles y a su vez él percibía claramente los finos cortes con que la vida la había marcado a ella. «El amor siempre se me ha dado a medias», le había confesado ella en una ocasión. Eso se terminó. Iba a amarla sin límite, absolutamente. Deseaba protegerla y hacerla feliz para que nunca se fuera, pasar juntos ese invierno y la primavera y el verano y para siempre, cultivar con ella la complicidad y la intimidad más profunda, compartir con ella hasta lo más secreto, incorporarla a su vida y a su alma. En verdad sabía muy poco de Lucía y menos de sí mismo, pero nada de eso importaba si ella correspondiera a su amor; en ese caso tendrían el resto de la vida para descubrirse mutuamente, para crecer y envejecer juntos.
isabel allende en "más allá del invierno"










