"A Richard la idea de hallarse frente a una mujer en una recepción como esa, buscando tema de conversación y tanteando el terreno para el paso siguiente, le habría despertado la úlcera tres meses antes, pero desde que Lucía estaba en su sótano se imaginaba diálogos con ella. Se preguntaba por qué justamente con ella, habiendo otras mujeres mejor dispuestas, como su vecina, quien le había sugerido que fueran amantes, ya que vivían tan cerca y de vez en cuando ella cuidaba de sus gatos. La única explicación para esas conversaciones ilusorias con la chilena era que empezaba a pesarle la soledad, otro síntoma de vejez, pensaba. Nada tan patético como el sonido del tenedor contra el plato en una casa vacía. Comer solo, dormir solo, morir solo. Contar con una compañera, como Lucía había sugerido, ¿cómo sería? Cocinar para ella, esperarla por las tardes, andar con ella de la mano, dormir abrazados, contarle sus pensamientos, escribirle poemas… Alguien como Lucía. Era una mujer madura, sólida, inteligente, de risa fácil, sabia porque había sufrido, pero no se aferraba al sufrimiento, como él, y además, bonita. Pero era atrevida y mandona. Una mujer así ocupaba mucho espacio, sería como lidiar con un harén, demasiado trabajo, muy mala idea. Sonrió pensando lo presumido que era al suponer que ella lo aceptaría. Nunca le había dado una señal de estar interesada en él, excepto aquella vez que le cocinó, pero entonces ella acababa de llegar y él estaba a la defensiva o en la luna. «Me porté como un idiota, quisiera empezar de nuevo con ella», concluyó."