POLVO DE ESTRELLAS / DOLOR EN EL PARAÍSO
En el carrusel de la vida es imposible no tocar el suelo y/o el cielo, llorar o reír, bailar o descansar, gritar o callar, aprender o desaprender, confiar o dudar. Lo cierto es que siempre estaremos en un vaivén constante de emociones, sensaciones y experiencias, agradables o detestables, memorables o imborrables. En muchos casos, podemos estar en la cima del cielo o la puerta del infierno de manera aleatoria, como método de equilibrio, pero en otras ocasiones podemos estar entre el agua y el fuego al mismo tiempo, estar sonriendo mientras estamos naufragando o estar llorando mientras nos estamos salvando.
Muchas estrellas nacen con un brillo imposible de opacar y por eso se olvidan las cosas más triviales, sin embargo, otras estrellas carecen de luz y se esfuerzan por conseguirla en una ardua lucha por aprender a emitir, aunque sea un pequeño destello de esperanza que las haga brillar.
Quisiera invitarte a pensar por un momento en lo afortunado que eres, independientemente de o que tengas o de lo que carezcas, lo sé, quizá si estás inconforme ahora mismo con tu presente dirías que tu vida es miserable, y si te encuentras en un estado de satisfacción personal dirás que, aunque haya algo que te falte, es suficiente para sentirte agradecido.
Quisiera decirte que, si tuviste la grandiosa oportunidad de caminar con tus propios pies, de sentir la brisa del viento directamente sobre tu cuerpo, de distinguir entre la realidad y la fantasía, de respirar sin ayuda artificial, que si no te encuentras en una lucha brutal entre tus propias células destruyendo tu propio cuerpo, que si simplemente gozas de un cuerpo sano, deberías celebrarlo cada día por muy normal que parezca llevar una vida sin esas limitantes que a muchos no han limitado en lo absoluto, porque somos tan afortunados que olvidamos valorar ese preciado regalo hasta el momento de que lo hayamos perdido, porque el hecho de nacer con alas, jamás te hace pensar que alguien o algo te las pueda cortar.
Mi historia, hasta cierto momento fue forjada por mis pasos, unos pasos firmes y seguros, pero llegó un momento en el que ya no pude decidir más que era lo que quería y no quería escribir en las hojas de mi cuerdo. Tiempo después de aparentemente tenerlo todo, la tinta que narraba mi vida se secó y me volví tan solo un personaje secundario de la versión de una historia que llevaba mi nombre, al que le escribían sus líneas y por muy malas que éstas fuesen nunca pude negarme a ejecutarlas, o dejar que ellas se ejecuten sobre mí.
Así me encontraba hace un tiempo atrás, llevaba una vida “normal”, con las sonrisas adornando cada situación, por muy complicada que fuera, sin ofender ni lastimar a nadie, con la cabeza en alto y tratando de hacer feliz a los que estaban a mi alrededor, sin importarme si eso me daba felicidad. No dejé de sonreír, porque los que estaban a mi lado me necesitan fuerte y aunque tenía un enorme vacío en el interior a causa de un viejo amor no permití que la tristeza se reflejará en mi exterior.
Un día el amor tocó mi puerta y conocí por primera y única vez lo que significa querer a otros incluso más que a ti mismo. Junto a aquella persona tuve momentos de gloria, días que me hicieron tocar las estrellas, pero todo llega a su fin y nosotros no habíamos sido la excepción, después de un tiempo de esa grata experiencia, se había marchado, lastimándome únicamente con la verdad, con la honestidad por delante, sin la menor intención de causarme una herida que no fuera solo su desamor o quizá solo las circunstancias como decidió llamarlo cuando dijo adiós.
Amor, aunque en ocasiones te extrañe, fueron más las veces donde me alegraba por tu partida, porque decidiste irte cuando todo era “normal” para los dos, cuando no había nada que nos obligara a estar juntos más que el amor, y cuando independientemente de la ruptura los dos podríamos haber continuado nuestras vidas sin complicación alguna.
Te fuiste diciendo que el amor no puede superarlo todo, que hay situaciones que se nos escapan de las manos y nosotros, a pesar de querernos tanto, el tiempo, el destino o la suerte parecía no querernos juntos y todo eso sumado a la distancia causó una grieta irremediable entre nosotros. Sé que no lo teníamos fácil, por eso a pesar de dolerme acepté con valor tu decisión y respetaba el hecho de haberme hablado siempre con la verdad, de demostrar ser un caballero en todo el sentido de la palabra, porque era y soy consciente que nada obliga a nadie a quedarse sin fecha de caducidad a nuestro lado que eras tan libre de elegir marcharte como yo de extrañarte o seguir adelante.
Pasaron los meses, pasaron los años, todo iba bien al menos yo me esforzaba por estarlo, pero creo que el amor y el olvido podrían encabezar perfectamente dentro de la categoría de una enfermedad letal, ay aunque me hacías falta, me conformaba con imaginarme que eras feliz, porque sabía que lo merecías. Luego oí rumores de que te habías vuelto a enamorar, que estabas feliz y sin dudas de tu nuevo amor, que te sentías seguro de al fin haber encontrado a la persona correcta para estar a tu lado, que simplemente eras un ser satisfecho y complacido de tus decisiones, acciones y en plena armonía con tu presente.
No era mi intención saber de ti, pero siendo sincera me llenó de alegría el saberlo. Porque aprendí que se puede querer de distintas maneras, que, aunque la relación haya terminado mis deseos para ti seguían siendo los mismos que aspiraba mientras estabas conmigo, felicidad, éxito y progreso, que, a pesar de habernos dicho adiós, mis sentimientos hacia ti seguían siendo los mejores, y aunque ya no nos queramos como lo hicimos un día, uno de mis mayores anhelos es saber que te encuentras bien, en el lugar indicado y soñado.
Tu era feliz y yo me encontraba intentando volver a florecer, pero la realidad y la vida nos puede cambiar en un segundo. Después de que una cruel y agresiva enfermedad llegó a mí sin previo aviso, sin darme más indicios que tropiezos y signos de debilidad física y el irrefutable hecho de que mis piernas dejaran de responderme un día, que a pesar de ordenarle a mi cuerpo una acción éste se rehusara a obedecerme. Mi mundo de repente estaba lleno de estrellas muertas, de sonrisas que se cubrieron de oscuridad, promesas que se petrificaron en el olvido y un montón de sueños que se tuvieron que estacionar obligatoriamente para la eternidad bajo un letargo que no quería ejecutar.
En aquella sala de hospital, experimenté una de las primeras sensaciones de verdadera tristeza, hasta ese momento creí verdaderamente que el mundo se me caía encima y me tiraba un montón de tierra, en realidad era una persona luchando a cada segundo por su vida, una suicida involuntaria que cargaba un explosivo de tiempo limitado a punto de estallar o colapsar en cualquier momento. En ese preciso instante entendí que por muy malas que parezcan las cosas, siempre se pueden poner peores y que, aunque el amor sea un mal peligroso, al menos tienes la esperanza de curarte un día.
Mientras escuchaba las palabras del médico a cargo de mi caso, sentí como un enorme nudo en la garganta me impedía respirar con normalidad, mi frecuencia cardiaca se encontraba sin duda por encima de lo normal, porque podía escuchar desde adentro cada palpitación, sentía que me iba a desmayar en cualquier momento, tragué saliva un par de veces ante el asombro y desesperación. Me atrevo a decir que pude escuchar como mi corazón caía al piso en mil pedazos y como mi alma se desarmaba como un rompecabezas sin final. En ese momento escuché todo lo que me iba a suceder, la predicción exacta de lo que me esperaba y tendría que soportar, porque conocer el nombre de mi enfermedad no significa nada al lado de los estragos que tendría que padecer desde su inicio, progreso y fin.
Aunque siempre he sido fuerte y traté forzosamente de no demostrar lo asustada que me encontraba al escuchar en como terminaría esta trágica aventura que acaba de empezar, mi interior lloraba, no sólo eso, sino que se desangraba, era presa de un miedo devastador y una infinidad de gritos y lágrimas que no sabían por dónde explotar. Me sentía tan sola en un mundo lleno de personas, tan sola como el número de uno en un millón de desafortunados a los que esta enfermedad les tocaba la puerta para nunca más volverse a ir.
Salí del hospital totalmente desorientada, sin la menor idea de lo que iba o tenía que hacer, con una carga sobre mis hombros imposible de sostener. Ya no tenía ganas de nada, pero al mismo tiempo quería comerme el mundo de un solo bocado. No quería herir sentimientos de nadie, porque había gente que verdaderamente se preocupaba por mí y probablemente sufrirían tanto como yo al enterarse la noticia.
Lo primero que ocurrió fue la negación, a medida que los primeros síntomas ocurrían más intentaba convencerme que tan solo mi cuerpo estaba cansado por el esfuerzo, que estaba atrapada dentro de una mala pesadilla, y que pronto despertaría de esa broma cruel que me estaba jugando la vida, porque jamás pensé que algo de esa magnitud, totalmente fuera de mi control podría estarme sucediendo a mí, no a mí, me decía, pero creo que esa es la primera reacción normal de los desahuciados, al escuchar que su tiempo está comprado, pero tuve que aceptarlo, al final eso era lo único que me quedaba.
Cuando finalmente hice una alianza involuntaria con aquel padecimiento, quise hacer tantas cosas, perseguir tantos anhelos, cumplir hasta los deseos más extraños que hubiese tenido, por muy insignificante que hubiese parecido en el pasado, quise recuperar el tiempo perdido, pero el reloj estaba en contra y el tiempo era mi peor enemigo. Tras la aceptación para nada consoladora me percaté que dejé pasar tantas oportunidades para VIVIR la vida, que había estado sucumbida en una rutina casi más mortal que la propia enfermedad que me pisaba los talones, tenía que aceptar que fui esclava del trabajo, círculo familiar, presiones sociales, diferencia de opiniones, esclava de tanto para nada… aunque sin duda de esto estaba algo equivocada.
Quería ser fuerte, soportarlo, vivir con eso, enfrentándolo con gallardía y guardarlo en secreto, y lo intenté, por un tiempo fuimos solo ella y yo, como animales salvajes defendiendo nuestro territorio, y aunque el hábitat era mío ella siempre llevaba la ventaja, sin embargo lo hice, le di la cara y la obligué a doblegarse al menos ante los demás, así me esforcé para mantenerme fuerte como siempre, sonriendo a pesar de estar llorando tormentas por dentro, ya que no quería contagiar a nadie de aquel sentimiento que me iba convirtiendo en polvo de estrellas progresivamente, pero era evidente que tarde o temprano las personas a mi alrededor lo iban a saber, porque a pesar de ser buena rival, los síntomas se manifestaban bruscamente y aunque me haya esforzado por callarlo, las secuelas de la enfermedad gritaban a voces lo que le estaba pasando a mi cuerpo.
Quise rendirme, desistir de todo, aunque no quería ser tan cobarde para huirle a una enfermedad de nombre tan extraño, pero tampoco quería ser una carga, y dejar que pasara el tiempo significaba que más pronto que tarde me convertiría en eso. Pero las voces de aliento fueron más fuertes que las voces de huida, así que decidí vivir el día a día, valorando el apoyo y cariño de quienes me cuidaban, esforzándome hasta el último para valerme por mi misma y no ser una carga tan pesada, tratando en lo posible de seguir siendo la misma persona, con la misma rutina, pero persiguiendo mis sueños, solo que, a un ritmo mucho más lento, pero a partir de ahí las cosas empezaron a ponerse realmente complicadas.
Empecé a presentar problemas de visión, mis ojos parecían estar empañados por un cúmulo de nubes negras. Además, comencé a tocar repentinamente de manera frecuente el piso luego de tantos tropiezos y caídas a causa de una ataxia. Todos los músculos de mi cuerpo empezaron a comportarse torpemente. Evidencié una dificultad progresiva para poder realizar mis actividades cotidianas, inclusive las más sencillas como, caminar y comer, ya que mis miembros inferiores perdían irónicamente a pasos rápidos la capacidad para caminar y mis manos estaban demasiado débiles, inclusive hasta el punto de no poder ni sostenerse por sí mismas.
Manifestaba trastornos motrices, sensitivos, del lenguaje, equilibro, entre otros. Cada vez perdía la sensibilidad, presentaba sensaciones de hormigueo y entumecimiento en algunas partes del cuerpo. Mantener el equilibrio por mí misma dejó de ser posible rápidamente, me encontraba en guerra con la coordinación y toda la lógica con la que se rige una mente y cuerpo sano. La comunicación verbal también se convirtió en un problema, mi ritmo al hablar se vio deteriorado con palabras entre cortadas y mal gestionadas, sumado a problemas de memoria y concentración. De pronto todo era caos en mí, todo lo conocido se volvió desconocido y lo normal se volvió un sueño de antaño.
Pasé de esa manera de ser una persona muy enérgica y activa a sentirme totalmente fatigada, con exceso de debilidad. Finalmente ocurrió, algo a lo que le temía, un evento mucho más doloroso y vergonzoso, convirtiéndose en el clímax para mi llanto, fue el hecho de llegar al punto de incontinencia urinaria, y así depender de otros para cubrir esas necesidades, la independencia y privacidad solo eran palabras huecas y sin sentido. Aquello me tenía sumida en una profunda depresión, algo más allá de lo conocido, algo que me hacía valorar más la vida que siempre tuve y no quise vivir.
Mi vida era plena dentro de lo que cabía, estaba rodeada de personas con un corazón enorme, aunque me afligía verlos sufrir por mí, los admiraba por no rendirse conmigo. Diré que es casi imposible adaptarse a esa condición, a depender de otros para movilizarte o realizar las necesidades básicas, pero de alguna manera había logrado alcanzar una armonía con mi enfermedad y mi nuevo estilo de vida.
Pero admito que, a pesar de todo, mi cabeza aún tenía espacio para pensar en ti, hacerlo me deprimía, pero de manera enfermiza me hacía sentir algo más tranquila, sin duda fue amor verdadero, solo eso explicaría como después de ser perseguida por la muerte tu recuerdo se mantenía intacto entre los espacios donde la enfermedad no había podido deteriorar, porque ese lugar no le iba a permitir destruir.
Sin embargo, me sentía satisfecha con la realidad a pesar de no gustarme y llegué a pensar que eso sería así hasta el último de mis días, pero una mañana apareciste tú justo frente a mi puerta y en ese momento todo cambió, las estrellas volvieron a brillar con más fuerza y vitalidad y yo personalmente sentí que dejé de deteriorarme por un instante que parecía durar mil años.
Dijiste de entrada que estarías conmigo a partir de ese preciso momento, que lamentabas no haber llegado antes, pero que sin ánimos de justificarte no te habías enterado de mi condición con anticipación, porque de haberlo sabido antes hubieses vuelto desde el primer día. Lloré por la nobleza de tus palabras, porque no tenías la obligación de volver, ya no era tu responsabilidad ni mucho menos un problema que te pertenezca, pero ahí estabas justo frente a mí, ofreciendo disculpas que no tenían razones.
Me sentí mal que me vieras en ese estado tan deplorable, sin rastros de la vitalidad que un día me había caracterizado, y las lágrimas en tus ojos después de observarme no me hizo sentir mejor. Traté de agradecerte por tu preocupación, a pesar del esfuerzo que me costaba, pero de inmediato te pedí que te marcharás, porque tu vida estaba en otro lado, en otros brazos y yo solo era algo del pasado y la realidad que me tenía contra la pared no tenía que convertirse en la tuya. De hecho, traté de alejarte más de un millón de veces, no porque me desagradara tu compañía, ya que, al contrario, ella me daba la vitalidad que le faltaba a mi frágil vida, pero no quería ser egoísta de retenerte a mi lado, porque tú me dabas alas, mientras yo solo te las cortaba, pero te quedaste a mi lado desde ese momento.
No supe y nunca sabré si volviste porque me querías, porque me quisiste o porque nunca dejaste de quererme y tan solo rehiciste tu vida porque había tantos obstáculos que aparentemente nos separaban, o porque no era nuestro momento o simplemente porque se murió el amor y lo encontraste en otro lado, solo sé con certeza que eres sinónimo de nobleza por haber renunciado a todo por mantenerte junto a alguien que agonizaba y que requería constantes y delicados cuidados.
Me diste todo el amor que pudiste e inclusive me atrevo a decir que superaste esos límites. Decías que me querías con grandes acciones y pequeñas palabras. Para ser más clara me hiciste tocar las estrellas nuevamente, volver a enamorarme o quizá tan solo amarme y amarte más, porque tus ojos jamás me demostraron compromiso obligado o un sentimiento forzado a estar conmigo, nunca pude sentir que estabas pagando alguna culpa al quedarte a mi lado, al contrario, tan solo me reflejabas lo bondadoso que eras sin sentirme compasión, aunque en ocasiones fuera imposible no dejarme inundar por esos pensamientos negativos.
No sé porque volviste, pero te lo agradezco, agradezco tu entusiasmo, tus palabras de valor, tu compañía incondicional, y por supuesto tus cuidados, ya que comprendo perfectamente que no fue fácil verme en este estado, postrada en una silla de ruedas, siendo alimentada por otras manos, incluyendo las tuyas, recibiendo cuidados íntimos como el aseo personal que ahora era de dominio público, especialmente del tuyo. Me viste en mis peores momentos y aun así no soltaste nunca mi mano, no me permitiste sentirme sola, reíste y lloraste conmigo, fuiste algo fundamental en mi progreso degenerativo al lado de mi familia y verdaderos amigos. Tenerlos a todos juntos sin mirarme con compasión era un tesoro de valor incalculable.
Pero nada dura para siempre, ni lo malo, ni lo bueno, y aunque con tu grata compañía todo había cambiado de color, no era para nada un secreto que la enfermedad me devoraba velozmente, sin darme oportunidades para vencerla, me carcomía desde el interior y lo reflejaba catastróficamente en mi exterior.
El tiempo había pasado rápido, aunque por momentos se habían parecido a una eternidad y me pasaba facturas demasiado elevadas, casi imposible de poder seguirles el ritmo, mis músculos finalmente parecían ser un simple vegetal. Pronto respirar se había convertido en todo un reto, casi una odisea imposible de cumplir y durante las noches me era imposible hacerlo sin ayuda artificial, corriendo el riesgo de aun así no volver a despertar y mi lugar favorito y cotidiano se había convertido en una cama de hospital que me tenía postrada exactamente en la misma posición sin importar el ritmo circadiano.
¿Quieres casarte conmigo? - Eso dijiste aquella noche, entregándome un anillo en el cuarto de hospital que me mantenía forzosamente con vida. No podía creerlo, en ese momento supe lo que era la tristeza en las estrellas, porque lo tenía todo, absolutamente todo, pero no podía tocarlo con mis propias manos y además todo pronto me sería arrebatado de la misma manera.
Por supuesto que dije que sí, pero quizá no pudiste escucharlo, sonreí un poco en mi interior al imaginar que te podía hacer totalmente feliz, me imaginé caminando por mis propios medios hasta el altar, haciendo nuestros votos para la eternidad, sonreí finalmente siendo feliz a tu lado, caminando contigo, tomando tu mano y tu tomando fuertemente la mía.
Después de ese breve momento la tristeza en el paraíso tuvo sabor de felicidad en el infierno y el polvo de estrellas se convirtió en una nueva con mucho más brillo y luz.
Una insuficiencia respiratoria me había subyugado en un letargo eterno y me había alejado para siempre tanto de lo bueno como de lo malo.