Otra vez subiendo, otra vez al búnquer, un nuevo camino de descenso
La misma panorámica desde otro punto, al final de unas escaleras. Esa querencia por el azulejo y su aplicación gaudiniana, el trencadís. Aquí un ejemplo de uno que se iluminó.
Y las espaldas, siempres las espaldas, el patio trasero de la foto de postal, la Barcelona escondida, soterrada, a la sombra de todos los focos y brillos.
Robusto recordatorio sobre el respeto a la naturaleza. Granítico, lejos de los inútiles vinilos que mueren al calor de la luz solar.
Aquí, intuyéndose la luna, que avanza en busca de sentirse plena y reina de la noche.
Dos panorámicas desde el mismo lugar. De espaldas y de frente al mundo. La postal y las sombras.
Y, de bajada, un nuevo camino. El Carmel, otro cementerio de voluntades, no todas, siempre hay quien logra huir.
El descenso, vertiginoso, desde los cielos de la ciudad, pasando por ese infierno de la insignificancia.













