A veces el mundo, en un intento de recompensarte por tantos altibajos y cuchilladas al corazón, te otorgaba la fortuna de entrever cosas inigualables a cambio de los llantos desgarradores que una vez se profirieron en tu traquea. Había subido hasta el mirador con los pulmones cargados, ya que Minnie no era muy dada al deporte o a dar sobre-esfuerzos a su menudo cuerpecillo. Se creyó, ingenua, que andaría sola por el paraje. Pese a recrearse en una figura aditiva en la escena, la castaña no le dio importancia y ocupó sus manos, blancas y con ligeros trazos de cicatrices, en la oxidada barandilla de metal “Es hermoso” habló para sí, no para su acompañante pese a que tono empleado era audible dada la soledad reinante en la natura. Se refería a las tonalidades que andaba adquiriendo el cielo, luciendo como si los pintores que abandonaron la vida ahora se ocupasen de cambiar el aspecto de la bóveda celestial.