Me cogía de la mano y me acercaba a la puerta de la cocina, por la que a través de su ventana y con sus manos en mis hombros pretendía quitarme el miedo que siempre me han producido. Y de paso conseguía que apreciase la grandiosidad del espectáculo.
Cada trueno hacia vibrar todas las ventanas de la casa, y con cada uno yo me encogía. Desde luego la partida de bolos en las alturas era reñida. Las pistas por las que rodaban eran y son allí de ida y vuelta. Toda la sierra, del Pico al Cancho parecía a punto de derrumbarse con cada estruendo. Impresionaba el contorno de la sierra recortada sobre las nubes, una vez, y otra y otra….como si un duende travieso jugase con el interruptor.
Las nubes ascendentes, de algodón blanco quedaban acampadas en la sierra como atraídas por un imán. Si se acercaban desde el este, se colgaban del Pico. Si por el sur, elegían cualquier punto entre las agujas de piedra, dejando una maravillosa sesión de luz y sonido a su paso. Esas que nos enviaba Madrid, las veíamos acercarse. Los relámpagos lejanos acompañados del correspondiente guardaespaldas, algo retrasados. La terraza, estratégicamente orientada nos dejaba una fantástica panorámica casi de 360º. Y no era raro que se dieran cita los nubarrones que nos cercaban por los cuatro puntos. Los venidos desde el oeste, conquistaban los Canchos, y con ese punto de partida, se extendían al resto. De manera que podíamos ver rayos a diestra y siniestra. Y aunque me enseñó a calcular la distancia a la que se encontraba el foco, con tanta fanfarria ni nos molestábamos.
Los olores suelen traer recuerdos a la mente. Ése aroma fresco de la tierra mojada, el airecito que se levanta de forma característica haciendo sonar las hojas de los chopos, son impagables. Claro que he presenciado mas tormentas, pero hasta ahora las más virulentas las he vivido allí. Las mas hermosas y espeluznantes. No conozco otro lugar donde pueda estar tronando hasta 24 horas en las que para un ratito, pero para coger aliento.
Ahora, cada vez que truena, me sigo acordando de mi sierra y de Santa Bárbara a la que mi tía se encomendaba con el rugido de un motor. Y de ti, papá. Igual me reñirías. Las disfruto y en la misma proporción me siguen asustando. Y como si me guiases, busco una ventana, un buen pedazo de horizonte para no perderme nada. Ni un estremecimiento.
Creo que te daría un ataque de risa si…..bueno, te da. Seguro.