Y a veces llegas a casa después de un día objetivamente bueno y el peso del tiempo recae sobre tus hombros. Tu pecho se colapsa y se convierte en una prisión que retiene tu respiración, la altera, la relentiza o mete prisa, de forma arbitraria y confusa. Tu cara se paraliza, pues sólo mantiene una expresión que fuerzas por esconder, la tristeza. Y todos tus gestos se vuelven obligados y artificiales y deseas la soledad para no tener que llenar tu faz de mentiras y autoconstrucciones que están destinadas a caer. Tus ojos buscan cerrarse o eso es lo tú te que crees, porque en realidad no están cansados. Quieren llorar. Desahogarse. Desvestirse.
Y lo más frustrante de todo es que era un día objetivamente bueno. Lo más tedioso de todo es que no entiendes tu estado. Tu mente no está al compás de tu cuerpo. Tu cuerpo no está al compás de tu mente. No tienes nada por lo que quejarte pero tampoco nada por lo que alegrarte. Todo se nubla. Te odias porque eres caprichosa, ardiente de más y más, y ni siquiera sabes que más quieres. Idiota ni tú te conoces. Idiota de que serviría conocerte hoy si mañana serás otra distinta.












