【 The Tales of the Fox and the Hound 】
Capitulo I: The Curse of the Bean Sidhe
Cork, Irlanda Marzo de 2006
El día estaba cubierto por un manto de espesas nubes y un frío penetrante se hacía presente en el hogar de Aidan. Su madre se aseguró de que llevara suficiente abrigo para el largo recorrido que debía hacer a pie. Aidan era todavía un niño, apenas de nueve años, pero ya mostraba una independencia singular y una inquietud incesante. Fue por eso que su madre le confió la tarea de entregar pociones y brebajes a domicilio a aquellos magos y brujas que lo necesitaran. Era su primer trabajo y Aidan estaba encantado ya que siempre había sido un niño inquieto que necesitaba tener algo que hacer en todo momento. Le apasionaba vagar por su pueblo, descubrir rincones nuevos y embarcarse en aventuras que solo él podía encontrar. En el proceso, se encargaba de llevar las pociones que su madre le entregaba cuidadosamente en una bolsa de piel de moke.
Entre todas las entregas, había una clienta a la que Aidan adoraba visitar. Era una mujer de poca edad, apenas mayor que su madre, que vivía en una cabaña aislada en una colina solitaria en Garravagh, cerca del río Lee. Era extraño que una bruja optara por vivir tan lejos del pueblo mágico de Cork, alejada de los magos y brujas del pueblo, pero Aidan nunca le preguntó los motivos; simplemente supuso que era una persona reservada. Sin embargo, no era ella quien realmente ansiaba ver cada vez que tenía una entrega que hacer, sino a su hijo. La mujer tenía un pequeño muchacho de la misma edad que Aidan, y cada vez que lo visitaba, pedía permiso para jugar con él.
Así era Aidan: siempre había sido sociable y le encantaba hacer amigos. Siempre que conocía a algún niño de su edad, lo primero que ofrecía era explorar la naturaleza juntos. Al principio, Meredith, la bruja que vivía en la colina, se mostró renuente a dejar salir a su hijo, pero Aidan era tan persistente que no aceptaba un "no" por respuesta. Tal vez su gran habilidad para convencer a los demás la ablandó, o quizás Meredith, al vivir tan aislada, sintió compasión por su solitario hijo y decidió que podría permitirse tener al menos un amigo.
Así fue como se estableció una pequeña rutina: Meredith enviaba pedidos de pociones cada semana a los Callahan y Aidan encantado se las entregaba en su hogar. El joven Callahan no supo hasta mucho después que esas medicinas eran para tratar una enfermedad que la bruja había contraído tras su embarazo. Cada semana, Aidan entregaba las pociones y pasaba un par de horas vagando por la colina con el hijo de Meredith. Competían en carreras, saltaban por el río Lee, descubrían madrigueras de roedores y compartían sus gustos, desde sus comidas favoritas hasta cómo era Cork en invierno y lo impacientes que estaban por la llegada del verano.
— Mi hermano Darren dice que si encuentras un Leprechaun te concederá al menos un deseo además de regalarte veinte monedas de oro. No sé que tan cierto sea, sería bueno averiguarlo ¿no crees? ¿buscar nuestro propio Leprechaun? — Los azules orbes brillantes de Aidan se fijaron en los del muchacho a su lado que eran particularmente muy diferentes a los suyos. Estaban ambos recostados en el césped del jardín observando las espesas nubes sobre sus cabezas.
— ¿Y cómo sabe eso tu hermano? Tal vez simplemente te esté haciendo una broma... — Dudó el muchacho por un segundo frunciendo el entrecejo, no era su culpa ser tan desconfiado, su madre lo había criado alejado de toda la comunidad casi como si lo estuviera protegiendo hasta de los ancianos que vivían en su pueblo.
— Darren no sabe mentir, le sale pésimo. — Dijo Aidan soltando una carcajada, siempre podía adivinar cuando Darren quería mentirle, jamás lo lograba. En parte porque era malo mintiendo y por otro lado porque Aidan era mucho mejor y sabía detectar a los mentirosos como él. — Deberías conocerlo algún día, aunque no creo que sea hasta el verano... él ya está en Hogwarts. Lo seleccionaron para Hufflepuff y ya lleva casi un año allí — Dijo con emoción en la voz, no podía esperar a que Darren volviera a casa y le contara todo sobre el castillo, estaba demasiado impaciente por empezar él también. — Ya iremos nosotros también, solo un par de años más y estaremos allí ya verás. — Dijo a su amigo con una sonrisa.
— ¿Tu crees? — El muchacho no parecía muy seguro, tal vez por el hecho de que su madre no lo dejaba siquiera salir de la casa, mucho menos creía que lo dejaría irse solo a un castillo en medio de la nada. Tal vez jamás siquiera lograría pasar sus puertas u oler siquiera una cena en el Gran Salón.
— Por supuesto, iremos juntos, nos seleccionarán en la misma casa y pasaremos nuestros mejores años allí. Ya verás — Dijo con una confianza única y se sentó de un salto extendiendo su meñique hacia su joven amigo con una amplia sonrisa en el rostro. — Hagamos una promesa, seremos los mejores amigos en Hogwarts y nos graduaremos juntos — El muchacho también se sentó y miró a Aidan durante unos segundos y luego el meñique del Callahan y lo imitó entrelazando el suyo con el de él.
— Gracias por ser mi amigo Aidan — Murmuró el muchacho son una sonrisa y tal vez en ese momento no supo cuanto significaba aquella frase para aquel solitario muchacho criado en soledad y alejado de todos por su madre. Tal vez si lo hubiese sabido en ese momento le habría dicho que él estaba muy feliz de ser su amigo también.
Si hubiera sabido que su promesa jamás se cumpliría, Aidan le habría contado que aquel niño había sido su primer mejor amigo.
Meredith y su hijo desaparecieron un mes después de aquel día, ni un solo rastro de que hayan estado viviendo en aquella colina quedó en absoluto. Desaparecieron como fantasmas, como una brisa helada de invierno que se lleva consigo las últimas hojas del otoño.
Lo peor de todo: Aidan nunca pudo despedirse de su mejor amigo.
Londres, Inglaterra Junio de 2026
La oscuridad se cernía sobre las calles de Londres esa noche, y Aidan vagaba por esas solitarias vías con su túnica de Golpeador puesta y la capucha sobre su cabeza, protegiéndose de la fina lluvia que caía. Realizaba sus recorridos habituales; no era extraño que, cuando el Callahan se cansaba de estar encerrado en la oficina, saliera a patrullar las calles sin que nadie se lo pidiera. Recientemente, estar en las calles resultaba tan vital como avanzar en las investigaciones en la oficina. Los desastres no cesaban, y especialmente después del ataque de The Smithers a Hogwarts y al Expreso, la tensión en el aire era palpable.
A veces, Aidan se encontraba con grupos de semicriaturas y magos discutiendo entre ellos o recibía llamadas de emergencia de bares donde estallaban peleas. Pero, sobre todo, notaba una cantidad creciente de semicriaturas en las calles, actuando de manera radical a favor de sus derechos, empleando métodos cada vez más extremos porque sus voces no eran escuchadas. Y, aunque no podía culparlos —Merlín sabe que él también era el primero en tomar cartas en el asunto cuando presenciaba alguna injusticia—, sentía que todo esto se estaba saliendo de control, a solo un paso de desatar una guerra civil.
A veces no sabía si estaba deteniendo a una semicriatura o a un miembro de The Smithers. Las líneas eran tan borrosas, y el grupo radical tan misterioso y desconocido, que nunca podía estar seguro de cuándo se trataba de alguien de la organización y cuándo solo de una semi que había agotado su paciencia.
— ¡DETENTE! — Escuchó el grito de pura casualidad ya que fue silenciado al instante. El cuerpo del Callahan se movió por puro instinto, de un segundo a otro se encontraba corriendo directo a aquel callejón oscuro donde vio aquellas dos figuras rodeadas por la oscuridad de la noche en medio de un forcejeo. El agresor tenía al otro hombre estampado contra la pared, la mano del hombre contra la pared tenía su varita pero el agresor lo había inmovilizado de tal manera que el mago apenas podía moverse con el antebrazo del atacante apretando su cuello y la mano libre sosteniendo la que tenía su varita.
La varita de Aidan apareció tan rápido como un suspiro y lanzó un hechizo al atacante haciéndolo retroceder y caer al suelo. — ¡Vete de aquí! — Ordenó al hombre y este no lo dudó un segundo, no era cobardía lo que observó en sus ojos, era terror puro. Un miedo casi paralizante como si acabara de ver a la mismísima muerte. Salió corriendo tan rápido como pudo del callejón y cuando Aidan se aseguró de que el mago se había ido volvió en búsqueda del agresor.
Había desaparecido. El cuerpo ya no estaba donde había caído.
Miró a su alrededor alerta, pero ya era demasiado tarde, no hizo absolutamente un solo ruido. Fue tan sutil y silencioso como un felino, de un momento a otro lo tenía encima suyo y su espalda golpeó fuerte contra el húmedo adoquinado del callejón. Tomó una bocanada de aire con fuerza tras el golpe e intentó moverse pero era imposible, parecía casi como si le hubiesen lanzado un hechizo paralizador pero no era magia lo que lo tenía engrapado al suelo... era la fuerza de la figura sobre él, lo estaba sosteniendo con una fuerza y precisión que no le permitía mover un solo músculo de su cuerpo.
— No debiste meterte en esto... — Susurró la voz sobre él y tuvo que enfocar sus ojos para poder ver en la intensa oscuridad, incluso en ella le fue imposible ignorar los ojos que lo miraban desde arriba. Un iris de color normal y otro de un intenso rojo sangre.
Carentes de vida. De cualquier emoción.
El fuego azul de sus ojos zafiro se encontró con el hielo de ardiente rubí de los del semibanshee una vez más después de tanto tiempo.
Jamás podría olvidar su mirada. — ¿Soren? — Susurró casi sin aliento.
Había sido esa mirada lo que le había llamado tanto la atención hace tantos años atrás, lo que lo había impulsado a querer ser amigo del extraño muchacho de ojos dispares que vivía en la colina de Garravagh. Había buscado aquella mirada en miles de personas desde que había desaparecido y nunca los había encontrado.
Hasta ahora...
El rostro de Soren pareció palidecerse más de lo normal por un instante, no había emoción en su rostro pero pudo notar que escuchar su nombre lo había impactado tanto como despertado una intriga detrás de sus ojos. Como si hace miles de años nadie lo llamara de esa forma.
Todo se volvió negro en un instante, noqueado de un solo golpe. Despertó minutos después en aquel húmedo y oscuro callejón.
Soren había desaparecido.
















