Cuando volvía de ver las cascadas paró un tranvía de tiro. Al subir, se crispó. Dentro iba sentada una muchacha de inusual belleza. Cuanto más la miraba, más veía en ella a la mujer. Los mórbidos, tibios deseos del burdel, impregnando su cuerpo desde que era una nena de tres años, debían de haber infundido su piel con la humedad del amor. No había un punto en las curvas sinuosas de su cuerpo que disonara. Ni siquiera las plantas de sus pies eran bastas. Su rostro plano, en el que se abrían llamativamente los negros ojos, desprendía cierto abstraimiento infatigable y lozano. Su piel tersa, radiante —se podía adivinar el color de sus piernas con sólo mirar sus mejillas— despertaba el deseo de pisarla descalzo. La muchacha era un lecho blando, sin conciencia. Tal mujer había nacido para hacer que los hombres olvidaran sus escrúpulos.
Sofocándose con la visión de sus rodillas, le dio la espalda y miró el lejano Fuji, que flotaba sobre el valle. Al rato, tras mirar una y otra vez de la montaña a la muchacha y de la muchacha a la montaña, comenzó a sentir la belleza de la pasión carnal.
La muchacha, acompañada de una rústica anciana, se bajó a la vez que él, cruzó el puente colgante y bajó al valle. Entró en la casa detrás del castaño. Él se sorprendió, pero sintió una reconfortante satisfacción estética por el destino de la muchacha.
«Esta mujer, por muchos hombres que conozca, nunca acabará gastada o depravada. Esta prostituta nata, al contrario que las vulgares prostitutas del mundo, nunca perderá el color de su piel y sus ojos, conservará siempre la línea de su cuello, su pecho y su cintura.»
Sus ojos se llenaron de lágrimas por la alegría de haber hallado un ser sagrado. Había visto los rasgos de O-Shin, pensó.
Kawabata Yasunari













