Gamaliel Churata: ”Interludio Bruníldico”
Copio este increíble poema de Churata (Perú 1897-1969), uno de los meros grandes. En la antología de poesía panamericana que preparo con Rothenberg (que será publicada por la UCPress en 2021), Churata figurará con un extenso fragmento de “El Pez de Oro”. “Interludio Bruníldico” es un poema brutal/ un treno a la muerte de su mujer y sus dos hijos.
Se elogia el nombre de la Amada
Tu nombre fue un tibio cristal de madrugadas
Venías, hornalla, sonando, desde la garganta del arroyo.
Te vertiste como la leche dulce –
Sonrisas solares - hasta atenuar mi gesto,
¡copo de nieve! ¡pluma suave! ¡trino auroral!
Ya confundo mi grito, atestado de voces,
en tu rosa mejilla, dormida en amor,
dulcemente engreída en mis fogatas…
muñeca de ojo asiático, trigueña de Inti;
te besamos, tierna mama, caricia de tu pulpa
¡Brunilda: sorbo tu nombre desnudo,
bañado en rocíos empapado en canciones!
Holocausto de todo el amor para El
Yo perdí mi wawa una mañana,
¡cuando mejor danzaban los tuqus
enternecidos en mi canto!
Le he gritado fuerte desde entonces,
y desde entonces mis orejas
están llenas de agua, están llenas de viento…
¿Para qué le lloras? Me dicen las imillas,
me he sentido como la leche, nuevo!
Mas otra vez yo lo reclamo,
hozando sangre entre las nubes,
porque esta wawa que se me fue un ratito, no más, del pensamiento,
era un alegre tiro de mi honda,
el dominador justiciero que floreaba!
¡Ya no quiero el seno de la imilla,
ni su pezón pintado de mieles,
no quiero para mí su pierna ni su brazo:
¡serán para mi wawa que ya viene!
Se busca a la amada en el amor inmenso
La superficie del cielo arborecida;
la estrella del alba violenta;
y como si te bebieras agua de manantial,
un canto de ranas para tu soledad!...
¡tal te anuncias, animal del cerro empinado,
Viajo en la tempestad… tu grito parpadea
virginal en la tierra, pulpa del mundo,
simple de cánticos, rezumador de mieles primerizas.
¡nadie te comprende este vuelo cenital,
cóndor y puma, estilo de hondura!
Sólo tú sabes que la axila se gloria de éter,
y que la garra es un camino entre dos distancias infinitas…
por la escalerita de la tierra abonada,
y con todo su jugo nos hundiremos hasta encontrar el secreto orgánico,
¡en el pedazo de cielo que nos chupamos de la mama!
Para que perdiera la esperanza,
tiraste tus ojos, viborilla…
por las vecindades de la cuesta,
¡Tus ojos se perdieron en los diamantes de los ríos!
Invitación a la soledad múltiple
Tiene este grano de tiempos comestibles
un sereno de cielo y una canción de tempestad.
Así me voy, como arrastrado, a la nube
con la babilla rala de una tristeza de agua llovida
y una suerte alegre de matinales pinqullos.
¿no habrá nada ahora tan triste que esté dentro?
¡Tanto masticamos la hierba pura y pura lágrima,
desde que el cielo abrió los brazos,
sobre esta soledad tinta de una tintura amarga!
Ponte mejor de modo transparente,
para que mejor te lleguen el sol y una canción de germen.
Yo- ya lo ves- quedo en transparencia,
y que todos vean mis canciones trenzadas en la sangre.
¡Qué laya de música va siendo esta tonada!
¿Dónde estás? Yo estoy, estando, quedo, y lejos…
y por más que encarno, ni la carne se come…
¡Crucificado!...Pero, siempre me alcanzó…
¡Y me doy en cada atracón de kañiwaqu,
una pura gana de atorarme para toser la pena!
Liturgia de su carne virgen
Tímida insolación de gaviotas en el lago.
y el respiro inhollado del agua.
Estoy jadeante en el dintel de tus ovarios
y me atacan las espadas del frío.
¿Quién está, pues, más intenso?
Luego se agarran a mi piel lobos de fuego…
¡Oh, bestia en mí, y yo bestia en ti, soledad!
¡Temerario y fragante, cimbro el sexo
con esta sed de carne virgen!
Exaltemos su cadáver desnudo
Trilla el sol en los campos.
Las mañanas se alegran de niñez.
y en las aleluyas de la fuente…
Brinca la imilla kalatita:
¡se desnudó la muerte en sus caderas!
Y una noche duerme cien años,
pero está preñado de cielo,
su vientre redondo de esperanza…
Canto de albas, de trinos,
la imillita revestida de campos.
Las flautas en el aire tienen tonadas de virgen.
¡Oh, tu dulce, tu hedionda desnudez!
Adora el fruto de su vientre
El llokallo de cobres en la tarde ilumina
la soberbia curva de la teta,
alta, nutricia, magnífica, fecunda,
toda repleta de jugos frutales!
amanece el pene acobardado en lo divino.
¡Nadie sabe la ricura de sus labios –
su palabra solar la entiende el alma –
y pronto su vagido se va sobre llamos de viento!
Arrullo de tu primera noche,
canción de tu primer mañana…
¿Quién te formó esquemático?
¿te hicieron para fórmulas?
¡Todo te diste luego como leche de vaca!
Exactamente un gruñido de bestia hubo en tu risa
y un atuendo de tórtolas…
¡He aquí el mozo erecto, arrecho, dominador del flanco!
Me robé tu corazón, mama-kota,
y un día de sol reventó pajchas en mi kepi…
¡Cómo eran claros mi puñal y mi beso!
(Nunca querré callar bien dicho todo)
y se abrió un boquete maligno,
allá, ¡por donde duerme el trasero del cielo!
se me atraganta la sombra,
¡Fue la línea escalonada de los awichos!
¡Ellos, ellos son: todavía tienen hambre de wawas!
¡Así aprendí para no llorar, a llorar!
Se alaba la fascinación de su voz
Era tan suave el acento de su voz,
que después de haberse evaporado
y por mejor te dieron tata!
Cada vez que amaneció tu risa,
un canto era descolgado del cielo
Y bien; ya estás de nuevo callando
tu silencio, y de nuevo se te oye perdida
en la estrella y la nube.
¡Ya no llorarás! Eres clemecia, qimensa, teofano,
y colirio para la vida ausente.
Todo fue sólo tenerte unos minutos
en el sitio del gozo, junto a la carne…
ya serán mejores el cómo y el por qué!
Dulce el ventarral, dulce el arrullo,
florecillas, florecillas,
como hierbas y piedras y terrón y turrón…
Así voy a estar, entonces…¿quieres?
Pero, ¿es que ya vuelves? ¿no? ¡y nosotros tira y tira
de ese suspiro elástico que no se arranca ni sale todamente!
Tienes la presencia eterna
En algo todo queda prendido,
pero si vienes, vas, y el atropello
del viento te conserva como una flor.
¿oyes? Desde las cumbres gritan los alkamaris.
Las nubes se deshilan para escribir tu voz.
La noche abre su abdomen;
¡y todos quedamos prendidos
¡Hoy hace un siglo que te espero!
De mi esperanza se hace agua;
¡las nubes que venían, se van!
¡los sankayos, marchitan!
¡Para qué, me digo, tanta hambrura,
y tanta dulzura borracha?
¡Guay, bonitos están mi lágrima
y este endiablado tiwanaqu!
Pero, ¿es que en todo te pierdes?
Te aproximas, te veo, te palpo…¡y ya no estás!
¡Hay algo hondo que se está perdiendo cantando!
¡Abrázame! ¡Cada poro del tiempo es tu regazo!
y dejándome cielo limpio,
la nube se mete en la chingana.
¡Te estoy besando, mi sankayo,
¡Guay, sólo será para cuando amanezca,
y tengamos calorcito rico en la saliva!
en el kañiwal lleno de besos…
¡Son los cantores de la solana!
Cuando rompen el aire a trueno,
hay latigazos de luz entre sus alas.
Cada uno viene de muy lejos…
Si pudiésemos apresarlos,
dirían, callarían lo mucho que saben de nosotros.
y un hilito de agua de siempre!
Todos son buenos. El canto los educa;
y si al canto se unen las alas
a eso llama un pichitanka…
Muy de mañana se acercaron a mi alma.
Mi alma que está oyendo unos pasitos en el patio,
y unos phusiris que rompen a bombo mis montañas,
y cada cual se trajo un airecito de lejanía,
y cada cual segó la mies de mi distancia.
Y cada vez, afanosos, traen una dulce alegría
y se van barriendo una tristeza.
*El texto fue recuperado por José Luis Velásquez Garambel, quien lo publicó en: https://vdocuments.mx/orkopata-indigenismo-y-gamaliel-churata.html