Los domingos
No me abandones los domingos ni te quedes callado, esperando que el silencio pause la rutina que regresa mañana.
No te quedes sediento de otras salivas si vas a mirarme con desprecio.
Vete, pero que no sea hoy.
No me abandones un domingo ¿no ves que es mi día más patético?
Sí que lo ves. Me ves ahí sentada, sin maquillaje, despeinada y te molesta que no haga esfuerzos por agradarte, que es mi día de ser yo y más nada y se te ahoga en la mirada el juicio a tu conformismo y el odio a mi religiosidad, al puente forzoso que creo hoy, domingo, entre tú y mi Dios.
No me abandones hoy ni el otro domingo.
Desaparece, si quieres, el martes después de almorzar, mañana antes de trabajar, el viernes mientras limpio…que entonces el mundo camina y me obliga a moverme o me atropella, pero hoy no, hoy duerme y sus ronquidos no son suficientes para sofocar mis prejuicios, mis fantasmas, mis pocos méritos.
No me abandones y punto, los domingos.
Rodéame con tus brazos y tus consuelos y pasa de mí el resto de la semana que yo también te ignoro, que te necesito solo los domingos cuando el calor es distinto y te quedas callado, sediento de otras salivas y yo soy patética porque requiero al menos el querer de alguien cuando yo no me quiero.
O no me abandonas y ya y te quedas incluso los domingos.













