No se trata tan sólo de una herida que supura deseo y que sosiega a aquellos que la lamen reverentes, o a los estremecidos que la tocan sin estremecimiento religioso, como una prospección de su costumbre, como una cotidiana tarea conyugal: o a los que se derrumban, consumidos, en su concavidad incandescente, después de haber saciado el hambre de la bestia, que exige su ración de carne cruda.
El origen del mundo | Carlos Marzal














