Maldijo un cayado, ¡qué tonta! por eso yo la tuve temblando cinco noches. Sólo eso. Cinco vómitos muy continuados, a medida que la luz repetía esa osadía esclarecedora. Me conmovió tanta escalera, tanto peldaño. Y sus tacones.
Concha García
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Maldijo un cayado, ¡qué tonta! por eso yo la tuve temblando cinco noches. Sólo eso. Cinco vómitos muy continuados, a medida que la luz repetía esa osadía esclarecedora. Me conmovió tanta escalera, tanto peldaño. Y sus tacones.
Concha García
Infiel es mi amante, sé que a veces vuela con zapatos altos hacia la ciudad, besa en los bares con la pajita las copas en la boca, hasta el fondo, y se le ocurren palabras para todos. Pero yo no entiendo ese idioma. Yo he visto el país de la niebla, he comido el corazón de niebla.
Ingeborg Bachmann, estrofas de «País de niebla» en Invocación a la Osa Mayor. Traducción de Cecilia Dreymüller y Concha García.
Pequeña placidez del instante ya pasado Y tú qué clase de amor buscas siempre.
Concha García
Art: Cinzia Farina. La tazza rossa
Raro debut de mi calambre. Me costó la dicha saberla. Me dijo panorama muy sancionadora. Arrastré letargos y huecos días mirándome las venas entre periódicos releídos. Bajando la escalera del bar, siempre con una enfermedad terrible en mi soslayo recto. Entonces supe desamar con elegancia, sin diatribas. Competencia de rosada quietud. Dedos onomatopéyicos, o esa sed tan rara.
Concha García
Sentada es como si bebiera largos tragos de playa, pócimas de tonterías y me cortase las uñas, sin compañía. Es un cuento más, una residencia cara. Piso el suelo con bocados de ansiedad y me lleno de reliquias el cuerpo, salgo asustando. Repito en larguísimo silencio abulias y taconeo deslizándome sin prisa por las avenidas buscando un no sé qué, aquello que no se nombra porque no se sabe y acapara gran parte del día ponerme bajo una sombra. La que sea, a estas alturas elijo la que sea.
Concha García
A mí me gusta el encantamiento de ciertas tardes, cuando lo evidente no es real. Concha García
Ph: Pierre-Louis Pierson, La robe de taffetas,1860s
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Entrevisté a Hilde Domin un año antes de su muerte. Ella nació en 1909 en Colonia, en el seno de una familia judía. Se alojaba en un hotel de la calle Jovellanos en Barcelona. Abro un libro de Gadamer sobre la desaparecida poeta judío-alemana: “El retorno no es un simple volver a estar aquí. El retorno es una doble despedida. Quien, después de estar mucho tiempo lejos, vuelve, tiene que dejar atrás algo que había empezado a ser. El retorno es una pérdida. ¿Y cuál es la ganancia? El reconocer, con el simultáneo temor a no reconocer. No es que algo se haya vuelto distinto, sino, sobre todo, que nosotros mismos nos hemos vuelto distintos en relación a lo que fuimos. En realidad, el regreso no existe”.
La poesía de Hilde Domin, que conocía bien la lengua castellana, es casi transparente, las palabras no impiden que entres en los pensamientos con ligereza. Me dijo que todos somos hijos de Adán y Eva y exiliados del Paraíso, y el políticamente exiliado es un poco más exiliado que los demás.
- Concha García, “Los antiguos domicilios. Diario”.
Foto: S. Fischer, Hilde Domin, 1959
Me hinco en mi cama y soy una con la conciencia escindida, con la virtud de quererme marear involucrada en sensaciones que no transpiran porque te necesitaría para sudar, y como estoy sola lo canto[.]
"Variaciones" / Concha García