Milenaria
Un giro súbito a la derecha. Welcome to Polonnaruwa. Boleto a los guardias de la caseta. Avanzamos por la brecha empedrada. Nos escoltan mil años de esplendor engullidos por la selva. El suelo es rojo terracota como una hemorragia imparable desde la escisión de la matriarca aria. Cielo azul zafiro que se refleja a la distancia en las aguas profundas de Minneriya. Simios pequeños de pelajes sedosos saltan de una rama a otra mirándonos expectantes, curiosos, atentos, hambrientos quizá.
Te espero aquí. Puedes dar una vuelta. Hay muchísimos templos por allá, dice el chofer. Bajo del coche. Choque de calor. Sudores torrenciales de un cuerpo que intenta en vano refrescar su carne. Mi gorra está empapada y no llevo dos minutos fuera del aire fresco del carro. Giro mi cabeza lento. Piedras, pagodas, templos, monos, templos y más templos a lo largo de kilómetros y kilómetros en lo que fuera en su momento una de las ciudades más grandes del mundo. Hinduismo y budismo se funden, se oprimen y se destruyen uno a otro por milenios y milenios hasta dejar joyas esparcidas por todo el sur de Asia como la que tengo frente a mí.
No dejo de pensar en el hombre hermoso que me escribió ayer cuando volvía exhausto de aquel complejo de pirámides, cisternas y templos en lo alto de una roca que se alza imponente doscientos metros por encima de las llanuras centrales de Sri Lanka. Me encantaría olerte los huevos y el pene ahora que estuviste todo el día escalando y caminando con este sol, le dije. Me encantaría que me olieras los huevos ahora mismo. Te hospedas en Sigiriya, preguntó. No, en Dambullah, a veinticinco kilómetros de ti. Bueno, hablemos. Tal vez nos encontremos mañana por ahí. OK, respondí. Llegué a mi hotel, me cogí al guardia de seguridad y dormí como pocas veces había dormido en los últimos meses arrullado por la brisa y el canto de las ranas que poblaban los arrozales frente a mi habitación.
Luego de seis templos, treinta y cinco grados y humedad de noventa por ciento, ya no puedo ver un templo más. Le digo al conductor que ya me hice una idea de lo grande que era la ciudad. Me cuenta que hay un par de templos más. Me llega una notificación. Es el hombre guapo con el que hablé ayer. Se rentó una bici y está recorriendo la ciudad entera bajo este sol. Cada quien, pero se va a poner una ardida. Estoy en este templo [y manda ubicación]. No estoy seguro de que podamos hacer algo aquí. Podemos venirnos juntos. No sé si un templo budista sea el mejor lugar para hacerlo. No crees que es algo victoriano y mojigato pensar que el sexo sea algo indebido dentro o fuera de un templo. Ya, entiendo tu punto. Ahí te veo, le respondo. Le digo al conductor que me lleve a esa ruina en específico. Pero ése no es tan interesante como el que te quería enseñar [señalando la dirección opuesta]. Ajá, pero yo quiero ir ahí. No, el que te digo es mucho mejor. No, gracias, llévame al que yo digo. Por qué. Qué hombre tan pesado. Que me lleves al templo al que quiero ir, que voy caliente y hay una verga inmensa que me espera ahí. [Me habría encantado decirle eso.] Pone una cara de da igual y me lleva adonde quiero ir.
Bajo del coche por enésima vez en el día. A ver si me da una pulmonía de pasar de quince grados a treinta y cinco, sudado, veinte veces por día. El suelo arde como una estufa. No parece haber mucha gente en esta pagoda. Bueno, no se ve tan mal. En realidad es la mejor que he visto hasta ahora. Uf, creo que es ese hombre que viene ahí. Madres. Cómo le cuelga la verga. No lleva calzones y tiene unos huevos inmensos que chocan contra sus piernas. Me mira. Me sonríe y me saluda con los ojos mientras caminamos el uno hacia el otro. Hey, man. Que cómo te llamas. Que de dónde eres. Eres australiano. Ah, no, perdón, inglés. Mira. Me sonaste algo australiano. Ah, viviste ahí. Chido. Claro que te tomo una foto. Yo sé lo que es viajar solo y no salir en ninguna de tus fotos. Claro, las selfies salen horrendas. Además en los templos budistas no te dejan. Eso sí que no es correcto. Pero coger sí, que te quede claro. Se ríe. Buscamos un sitio. Vale. Chingadamadre. Me quemo los pies. Corre a la sombra. Corre. Uf. Apoyo el culo sobre una roca ancestral para poder levantar las plantas de los pies de una arena dorada que quema diez veces más que la arena más caliente de la playa. No es muy práctica la regla budista de quitarte el calzado cuando el suelo parece un comal.
Corremos desde donde estamos a la siguiente sombra. Un árbol. Me mira con sus ojos azules enormes. Barba dorada de tres días. Bronceado de surfero. Piel rojiza requemada por el sol. Le golpeo suavemente el escroto para que le bailen un poco los huevos debajo del short. Se ríe. Buscamos un sitio ahora, le pregunto. Yo digo que ahí detrás. Ok, sígueme. Crees que ahí. No. Bueno, sigamos caminando. Pero cuidado. Siento que nos va a salir un animal. Es que meterse a la selva sin zapatos no creo que sea buena idea. Claro, dejamos las chanclas a la entrada del templo y ya no hay marcha atrás. Creo haber leído que hay escorpiones aquí. Te lo juro. Bueno. Mira, detrás de ese muro. Sí, sí. Y luego nos adentramos un poco en la selva detrás del templo. Mira, detrás de esa barda.
Saltamos una barda de piedra y caemos en la selva de verdad donde no hay turistas ni senderos ni letreros ni nada. Algo se mueve detrás de un árbol. Una especie de ciervo enorme sale corriendo al percibirnos. Monos negros nos miran y aúllan desde las ramas comunicando la llegada de intrusos. Éstos no parecen tan amigables como los bebés espulgados por sus mamás que hay en las ruinas a unos metros de nosotros. This seems to be the real shit, dice mirándome con cara de niño travieso y sonrisa de empotrador perverso al mismo tiempo. Vamos detrás de ese árbol. Aquí. Perfecto. Aquí no viene nadie. Uf, qué bueno estás. Qué bueno estás tú. Uy, qué pitote. Bueno, no ha habido quejas hasta hoy, dice riendo. Me la quieres meter. Claro, tienes condones y lubricante. Yo siempre llevo condones y lubricante.
Me penetra. Tardo un poco en acostumbrarme. Es larga, rosa y gruesa como un embutido. Me inmoviliza sólo de lo dura que se siente dentro de mi vientre bajo. Me besa el cuello y me lame la oreja. Siento las gotas de sudor que caen de su cuello hacia mi espalda y resbalan por mi columna hacia mi culo abierto ya por su pene inmenso. Me la mete a un ritmo creciente mientras me tira firme del pelo y del cuello. Me somete por completo. A lo lejos veo monos colgados de las ramas. Hay hormigas por todo el suelo y los pies duelen de las pequeñas piedras y ramas que se encajan cada vez que nos acomodamos, con cada embestida de ese cuerpo escultural que tengo detrás de mí. Miro al frente y distingo la pagoda milenaria entre ramas, lianas y hojarasca. Me corro dentro o fuera. Dámela en los huevos, el digo. La saca, se quita el condón, me gira hacia él y me da una carga de leche sobre mi escroto mientras gime a todo volumen. La maleza absorbe bien los sonidos. Su semen se mezcla con nuestros sudores que chorrean desde nuestras frentes y cuellos como cataratas y fluye por mis piernas hasta mis rodillas. Me corro en su cadera mientras une su pecho al mío, bañados en sudor. Jadeamos sofocados. El aire se siente más denso y caliente que nunca. El sudor de mi frente nubla mi vista. Sus pestañas están mojadas también. Me mira a los ojos. Me sonríe. Me derrito hasta el suelo. Nos besamos suavemente. El olor de su aliento, su saliva y su transpiración me invaden y llegan a todos los rincones de mi ser. Visión nebulosa de mi derredor. Cantos de bestias salvajes y chirridos de insectos desconocidos inundan nuestras cavidades auditivas. Los rayos de sol se dibujan anaranjados a través del follaje sobre nuestras cabezas. Me como sus labios. Se come mi cuello. Las frentes juntas, fundidas. No podemos parar de jadear.
Andamos con cautela de vuelta hacia el templo frente al cual dejamos nuestras sandalias. Me he encajado no sé cuántas espinas y piedras en las plantas de los pies, pero el placer infinito de sentir su cuerpo empapado contra el mío, su pene sacudiendo mis entrañas y sus huevos monumentales chocando con los míos vale eso y más. Have you fucked local guys. Uy, hijo. Que si he cogido con locales. Obvio he cogido con locales. Y no con dos ni tres. Le cuento mis tácticas de ligue con los esrilanqueses. Queda estupefacto. Pues qué valiente eres. La homosexualidad es un delito aquí. No mames. Qué delito va a ser la homosexualidad si yo ya le di tres vueltas a esto.
Nos damos un abrazo. Lamo una vez más su cuello para retener su sabor en mi lengua camino a mi hospedaje esta tarde. No hemos podido limpiarnos mucho, así que mis piernas, mis huevos y todo mi cuerpo huele a una mezcla de su sudor, su semen y su saliva mezclados con los míos. Y no hay sensación más hermosa que aspirar y oler cachondez pura sobre tu carne. Sentir cómo ese aroma cambia a medida que los fluidos se secan. Dejarlo reposar durante la noche y despertar sintiendo cómo alcanza los poros de tu nariz desde las sábanas.
Estremeciente vuelvo al coche donde mi chofer me espera. Sí que tenías ganas de ver ese templo, no. Te tardaste un rato. Moría de ganas. Es por mucho el mejor que vi hoy, le contesto. Por el retrovisor veo al hombre guapo subirse a su bici y empezar a andar en dirección opuesta. Qué delicia, digo en mi mente mientras pedalea de pie con ese culo duro y hermoso al aire y la camiseta mojada por completo. Me da mucho gusto, amigo. Bueno, seguimos viendo templos o quieres que te lleve a comer ya. Basta de templos por hoy, le digo sonriendo. Vamos a comer, que me estoy muriendo de hambre. We’re on our way. Arrancamos.















