CRONOFOBIA
Doce y media. Tic tac tic tac... las manecillas se escurren en mis oídos como miles de gotas en una tormenta que no termina nunca. Cierro los ojos para intentar resguardarme del fin que se apresura trotando, como un jinete negro, hacia mí. El mundo entonces es oscuro, pero eso no lo vuelve un lugar seguro. El viento roza los vellos de mis brazos, escala por los lados de mi cuello con sus caricias gélidas. Besa mis labios suavemente y se introduce en mi boca. Al contacto con mi lengua se convierte en polvo. Seco, árido, con sabor a las cenizas de mi vida que arde con el segundo marcado por el reloj. Abro los ojos para encontrarme en un mundo desconocido... uno cambiado. La tierra ruge y un par de tallos monstruosos envuelven mis piernas. Las plantas crecen, se expanden por mi torso y mi cuello hasta llegar a mi rostro. Los brazos verdes me miran, sienten mi dolor. De alguna forma conectan con mi miedo. No tienen boca, pero sueltan un par de palabras taciturnas que entiendo perfectamente.
-Se acaba el tiempo.
Apenas termino de escuchar el enunciado en mi mente la planta comienza a podrirse. Se destruye, rápidamente, mientras aun sostiene el abrazo a mi cuerpo. Intento mantenerla erguida, tomarla entre mis manos que no parecen poder hacer nada al respecto. La criatura se desintegra y deja un aura pestilente que me acompañará el resto de mis días. No puedo quedarme aquí.
Intento moverme, dejar atrás las imágenes que atormentan mis pensamientos, mis sentidos. Entro a una habitación desierta, ¿Cómo llegue aquí?, poblada únicamente por un espejo que me refleja. Me acerco a mirarme, pero no parezco yo misma. El cabello ceniciento de la otra parece burlarse de mí, suelta carcajadas inmensas que deforman su cuerpo, arrugan su piel y le arrebatan el color. Súbitamente, la mujer del espejo sostiene mi brazo con sus dedos amorfos que se convirtieron en garras. Me jala hasta aprisionarme dentro del marco que había sido su hogar. Rasguña mi pecho y me come los brazos mientras intento soltar un grito ahogado. Me susurra al oído con su aliento ácido... tic tac tic tac. Doce treinta y uno.
Relato por: -Mauricio torres
para Isa Mejía














