Nuestra cultura es dual. Somos los inventores de la suma y la resta; de la esencia y la existencia; de la realidad y la apariencia; de la forma y el fondo; de lo individual y lo colectivo; de la riqueza y la pobreza; del software y el hardware. Entre nuestros más ilustres antepasados están Rómulo y Remo, por no citar a Caín y Abel. La particularidad de todas estas parejas es que uno de sus miembros tiene que dejar de existir, o al menos hacerse inestimable, para que sobreviva el otro. No podemos vivir sin ser dos, pero al mismo tiempo se nos hace insoportable la existencia del segundo.
Quizá para evitar que todo pereciera, los romanos inventaron a Jano, el dios de las puertas. Jano tiene dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil y es el dios de los comienzos y los finales. Es la dualidad unitaria e indestructible, porque sus identidades se ignoran tanto como se necesitan.
Tengo una única hermana, se llama Claudia. En cada una de nosotras existen un sinnúmero de pronunciadas dualidades que son tema de frecuente conversación. La seriedad y la levedad; el bienestar y la escasez; lo formal y lo informal; el arte y la ciencia; la trascendencia y la nimiedad. Son posturas, tendencias, intereses, conductas y opiniones que tanto nos fascinan como nos quitan el sueño.
Casi siempre, al hablar, le llamamos contradicciones, pero hoy doy en que son más bien dualidades. Y lo más que me gusta de esta aclaración es que, al tener un rostro que mira hacia delante y otro que mira hacia atrás, nunca vemos entre ella y yo, o entre los fragmentos dentro de cada una, lo mismo al mismo tiempo y que, al formar parte de un solo cuerpo, somos inseparables, como el significado y el significante.
Hace unos días, Claudia me comentó que cada año que pasa aprecia más a lo imaginado. Se refería al contraste entre la realidad y la imaginación. Fue una conversación breve, de esas que llegan al punto clave justo en el momento en que estacionas el carro en el garaje de la casa.
Hoy quiero decirte, Cuadi, que estoy de acuerdo. Creo ignoramos dónde están las fronteras de las cosas, aunque procuramos vivir como si supiéramos dónde se terminan los vivos y comienzan los muertos, o qué pared separa la calma del pánico, pase a la advertencia de Rilke de que la belleza no es más que ese grado de lo terrible que todavía soportamos.
Los romanos eran unos listos. Inventaron un dios para esos márgenes. Esos espacios en donde apenas alcanzamos a ver la materia oscura que enlaza lo que percibimos como separado y que convierte en lo mismo lo que nos parece distinto. Jano nos explica por qué lo duro es a veces tan blando, o tan abierto lo cerrado, o la luz tan oscura, o tan honda la piel, o tan duradero el instante.
Y para rematar la faena, te cuento que a Juno lo casaron con Cardea, que era la diosa de los goznes. O sea, Cuadi, al fin entiendo por qué hoy sólo me veo en el presente, no en el ayer ni en el mañana, sino en el ahora del aquí, el día de tus cumpleaños.