Los hijos del pescador ya no quieren pescado.
El sol ya comenzaba a quemar e insultar la espalda descubierta del ya no tan joven pescador. Luego de una mañana agotadora había recolectado los peces suficientes como para llenar su canasta y rebosarla. Peces gordos y tiernos, llenos de energía al coletear. Por los pequeños orificios del bote de caoba se filtraba agua, pero no demasiada. El pescador nunca le prestaba atención.
La rutina de todos los días era recolectar peces no tan lejos de las orillas del mar desde las cinco de la madrugada hasta las siete, y luego llevarlos frescos al mercado popular para vender la mayor cantidad posible. Así mismo hizo el pescador ese martes, llegó al mercado quince minutos después de las ocho. Algunos compradores ya lo estaban esperando.
Pasadas las seis de la tarde la luz del día se iba despidiendo en el horizonte, era hora de partir a casa, pero aún quedaban muchos peces sin vender. El pescador llamaba a la gente, bajaba el precio de la libra de pescado a diez pesos menos cada cinco minutos, pero ya casi todo el mundo se había marchado. Las moscas danzaban sobre el pescado seco y el pescador las espantaba con un pedazo de cartón polvoriento. El aroma se hacía cada vez menos atractivo.
El pescador tomó su canasta y con un suspiro profundo se fue a casa. Deseaba encontrar algún señor en el camino buscando pescado para comprar pero simplemente no sucedía.
Al abrir la puerta de su humilde casa de tablas y zinc lo esperaban sus cuatro hijos y su mujer embarazada. Los niños corrieron hacia él con alegría y lo abrazaron por las piernas. “Bendición pa’, ¿Qué nos traite’ pa’ cena’?” preguntaron al unísono.
Con un nudo en la garganta, finalmente el pescador logró dar respuesta a la pregunta con voz tenue y desanimada. “Pescado”....
Los niños sucumbieron ante un silencio desgarrador, soltaron las piernas del pescador y se marcharon a seguir en lo que estaban. La tristeza en sus rostros decía mil palabras. La mujer cerró los ojos, sacudió la cabeza, y con un suspiro se marchó a la cocina. El pescador quedó solo en la pequeña sala de la diminuta “casa”, con la única compañía de unos pescados que empezaban a ranciarse.










