Cada vez quedaban menos fantasmas que quisieran trabajar como asustadores de casas encantadas. Los tiempos habían cambiado y los difuntos preferían dedicarse a salir en videos caseros que, después, los vivos subían a internet.
Las casas embrujadas ya no llamaban la atención como antaño. Así que el centro de regulación de almas impuso la norma de que los espectros recientes pasaran al menos un año de servicio en casas para embrujar, para que no decayera el oficio. Fue así como Jules, un joven, que sin comerlo ni beberlo, se vio de pronto en la tesitura de descubrir que ya no estaba vivo y que, además, tendría que pasar el siguiente año de su muerte en una casa obligado a cumplir las funciones de un fantasma en una casa que tenía que estar embrujada.
Tuvo la suerte o desgracia de ir a parar a un hogar que no solo estaba ocupado por una mujer y sus dos hijos – vivos los tres – sino que también estaba allí destinado, trabajando como asustador, el difunto marido de la propietaria de aquella casa. Que había fallecido recientemente.
No le quedó más remedio a nuestro ya eternamente joven amigo que entablar una relación laboral con este personaje tan singular.
Ambos tuvieron que lidiar con los dos hijos de Martin, que así se llamaba este padre de familia, quienes no tenían mejor oficio que el de grabar psicofonías, ya que sospechaban que la casa estaba poseída por un ente. El de su padre en concreto. Con la mala suerte que un día, no se le ocurrió otra cosa al ex propietario de aquella casa, que traerse al lugar de trabajo a una amiga, fallecida también, con la que mantuvo una noche de pasión. Y no se habían percatado que los hijos habían dejado durante toda la noche una grabadora para oír al día siguiente alguna psicofonía que les diera por fin la razón de que el espectro de su padre habitaba esa casa. Tal vez se hicieran famosos con tal descubrimiento.
¡Y tanto que podrían hacerse famosos! No solo habían captado una psicofonía, sino que era además una en la que se podía oír claramente a su difunto padre siendo infiel en el más allá a su madre con otra mujer. Tenían que evitar, ambos, a toda costa que esa psicofonía llegara a oídos de la mujer de Martin. Pero, ¿cómo hacerlo? Estaban muertos.
En menudo lío se encontraba Jules sin siquiera pretenderlo. Le había tocado estar en esa situación por el simple hecho de haber fallecido y que aquellas fueran las normas de aquella otra vida.
De pronto, la solución apareció sola: a los hijos de Martin se les ocurrió jugar a la ouija para contactar con su padre. Querían confirmar que, el espectro al que habían grabado y pillado en aquella fantasmal infidelidad, era su padre y no otro. Martin vio las puertas del cielo abiertas.
Habló con sus hijos, les confirmó que era él y les hizo prometer por el amor a su madre que jamás desvelarían aquel desliz. A cambio, él y Jules les procurarían psicofonías que merecieran la pena enseñar al mundo y muchos más espectáculos paranormales.
Con ésto, pudieron crear un canal de vídeos en internet en el que mostraban los extraños fenómenos que sucedían en su casa. Así mataron varios pájaros de un tiro: la infidelidad de Martin jamás salió a la luz, Jules empezó a apreciar su trabajo, las casas encantadas volvieron a estar en auge gracias al fenómeno de internet y los hijos de Martin habían conseguido lo que querían.