DVD Jon humilló a Hollywood
Hollywood lloró por culpa de DVD Jon y su astucia.
Hay momentos en la historia de la humanidad que merecen ser esculpidos en mármol, o al menos impresos en el papel más barato y ordinario de un pasquín de mala muerte. Corría el glorioso y ya lejano año de 1999. El mundo estaba histérico por el mentado error del milenio, la gente acumulaba latas de atún pensando que las computadoras dominarían el planeta, y las grandes corporaciones del entretenimiento se frotaban las manos vendiendo pedazos de plástico brillante llamados DVD. Te cobraban un ojo de la cara y la mitad del otro por una película que ni siquiera podías reproducir en la computadora que te dio tu abuela, todo gracias a un dichoso y antipático sistema de protección que supuestamente era un búnker impenetrable. Pero claro, el orgullo corporativo siempre precede a la humillación más sabrosa, y Hollywood no vio venir la bofetada que le daría un mocoso desde el frío absoluto de Noruega.
Jon Lech Johansen, un adolescente que apenas lidiaba con los granos en la cara y las hormonas alborotadas, decidió que las reglas de los millonarios del cine le importaban un reverendo bledo. Con tan solo quince años, este muchacho miró el dichoso cifrado CSS (Content Scramble System) y, en lugar de arrodillarse ante los abogados de Los Ángeles, se puso a jugar con el código como quien desarma un juguete barato de feria. El resultado fue DeCSS, un pequeño y letal programa que agarró la seguridad multimillonaria de los magnates del cine, la masticó y la escupió en la cara de toda la industria del entretenimiento. En cuestión de días, cualquier mortal con una conexión a internet de la época podía copiar sus películas favoritas y mandarlas al ciberespacio sin pagarle un mísero centavo a los peces gordos de las colinas de California.
La reacción de los jerarcas del celuloide fue un espectáculo digno de una comedia de enredos. En lugar de aceptar con dignidad que un niño en pijama los había dejado en ridículo frente a todo el planeta, la maquinaria legal de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos se puso a chillar como marrana en el barro. Mandaron a la mismísima policía noruega a meterse en la casa del muchacho, le confiscaron los juguetes electrónicos y lo arrastraron a los tribunales bajo acusaciones que hacían parecer que el chico había robado los secretos nucleares de una superpotencia. Lo acusaban de violar la propiedad intelectual y de entrar a sistemas ajenos, cuando lo único que hizo el buen Jon fue comprar un disco legal y querer verlo en el sistema operativo que a él se le daba la regalada gana.
El juicio fue un circo absoluto que los medios devoraron con un morbo gigantesco. Los abogados corporativos, vestidos con trajes que costaban más que la casa de cualquier hijo de vecino, tartamudeaban tratando de explicarle a unos jueces de avanzada edad cómo un par de líneas de código informático podían destruir el imperio del cine. La defensa del joven hacker fue tan brillante como descarada: argumentaron que el muchacho simplemente era dueño de su propio disco y que descifrarlo era equivalente a abrir un candado de tu propia maleta. Al final del día, la justicia noruega dictaminó que el chico no había cometido ningún delito y lo absolvió de todos los cargos, dejando a los directivos estadounidenses con un tremendo dolor de estómago y una factura legal astronómica.
Pero la historia no terminó con la absolución del chico maravilla, porque una vez que pruebas la sangre de las corporaciones, el hábito se vuelve una adicción deliciosa. El tipo se ganó el apodo mundial de DVD Jon y se convirtió en una leyenda viviente para todos los rebeldes informáticos que odian las restricciones absurdas. Unos años después, cuando el mundo se rindió ante los pies de la manzana mordida y todo el planeta compraba música en iTunes con un candado digital que te amarraba de pies y manos a sus dispositivos, el noruego volvió a las andadas. Miró el sistema de protección FairPlay de Apple, soltó una carcajada y creó un software capaz de saltarse la seguridad para que pudieras escuchar tus canciones en cualquier aparato genérico.
A los genios de Silicon Valley les dio un ataque de nervios idéntico al de la gente del cine. Intentaron pararlo con actualizaciones, parches y amenazas veladas, pero el tipo siempre encontraba la manera de meterles el dedo en el ojo con una elegancia que rozaba lo criminal. Pasó por varios proyectos tecnológicos, fundó empresas y siguió demostrando que no importa cuántos millones gastes en proteger tu monopolio digital, siempre habrá un genio aburrido en su habitación dispuesto a destruir tus sueños de grandeza corporativa en una tarde de lluvia.
Hoy en día, el panorama del entretenimiento ha cambiado drásticamente y navegamos en un mar de plataformas de streaming que nos cobran suscripciones hasta por respirar, pero el legado de este pirata de la era digital sigue tan vigente como siempre. Nos enseñó que el software libre y el derecho a hacer lo que queramos con los productos que compramos legítimamente son batallas que vale la pena pelear, incluso si tienes a todo un ejército de hombres de negro tratando de meterte tras las rejas. La próxima vez que veas un video modificado o un archivo libre en tu computadora, recuerda que todo comenzó porque un quinceañero noruego se negó a agachar la cabeza ante los caprichos de unos viejos codiciosos que se creían los dueños del mundo.
Al final, la gran lección que nos deja este caos informático es que la soberbia corporativa es el combustible favorito de los hackers. Puedes contratar a los mejores ingenieros del planeta, redactar contratos leoninos y amenazar con demandas multimillonarias a cualquiera que se atreva a mirar de cerca tu producto, pero el ingenio humano siempre encuentra una rendija por donde colarse. El muchacho que puso a temblar a los estudios de cine demostró que un teclado y una mente brillante tienen muchísimo más poder que una junta de directores desesperados por proteger sus billeteras. Hollywood lloró lágrimas de sangre por su culpa, y el mundo digital nunca volvió a ser el mismo desde que un simple adolescente decidió que el candado de los multimillonarios no era más que un chiste de mal gusto.
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