En una modesta oficina de Leningrado, lejos de las pirámides de Chichén Itzá o los templos de Palenque, un lingüista soviético desentrañó un
En una modesta oficina de Leningrado, lejos de las pirámides de Chichén Itzá o los templos de Palenque, un lingüista soviético desentrañó uno de los mayores enigmas de la historia mesoamericana. Yuri Knorozov, con su gata Asya como fiel compañera, logró en 1953 descifrar la escritura maya, un sistema de glifos que había desconcertado a los estudiosos durante siglos.
Su trabajo, inicialmente ignorado por el mundo académico occidental, abrió las puertas al pasado de una civilización sofisticada. Esta es la historia de un hombre, su ingenio y una felina que, según él, merecía compartir el crédito.












