Chocolate.
Una tasa vacía, migajas de pan esparcidas en el silencio de un templo deshabitado. Risas en ecos de eterna y nostálgica duración, telarañas entre las esquinas que un día se tiñeron de alegría. Huellas difuminadas por el pasar indulgente de los años, un opaco halo de esperanza encarcelado en aquel vacío desierto donde un día, dos almas bailaron acompasadas la melodía llana de un amor puro, profundo e intermitente. Aquel lugar de paz donde un abrazo era hogar, donde la risa infantil era el soneto pulverizante que estallaba entre paredes que, ahora, lloran entre grietas carentes de luz.
-Fernweh.









