Entre la última y la primera, hay una puta de distancia.
... Y entonces, nos encontrábamos en una casa fría. Era de noche, había muchas estrellas, el pasto estaba mojado y los grillos tocaban sus violines en una esquina. Tú me habías invitado. Yo deseaba que fuera como algo importante, pero siempre iba como “la segura”.
Fue una noche casi perfecta, habías estado muy cariñoso conmigo, todo el día a mi lado. Respetuoso, cálido, coqueto y adorable. Yo me sentí especial por un momento, hasta que tus labios pronunciaron las siguientes palabras:
“Al fin encontré a la niña perfecta para mí”.
... y entonces, nos recordé. Yo no era ni un mísero insecto en comparación, ni de ella ni de ti.
Me volví a situar en la realidad.
Mi calidez no disminuyó; mi corazón, por otro lado, cayó al suelo y en menos de una milésima de segundo, había mil cachitos de éste por doquier.
... Y entonces, pasó, de nuevo.
Me besaste, otra vez, recordándome la razón de mi estadía ahí: la opción fácil, la opción segura, la pinche puta que iba acceder a lo que sea.
Porque cuando tú tenías varias opciones, siempre siendo yo la última, tú siempre fuiste mi primera.