Lecturas del día (28-mar-2020): Jr 11, 18-20 / Sal 7, 2-3.9bc-10.11-12 (R. 2a) / Jn 7, 40-53.
Hace un par de días me encontré fuertemente cuestionado en mi interior por un hermoso verbo: escuchar, ¡y cuanto nos cuesta escuchar!
Tenemos una gran capacidad para hablar muchísimo más de lo que escuchamos, y nuestro cuerpo es tan perfecto, que nos habla con números simples: tenemos dos oídos y una boca, es decir, que realmente deberíamos escuchar muy atentamente el doble, procesar cada detalle de lo que escuchamos, llevarlo al corazón, filtrar todo el contenido y luego hablar, pero desde el corazón. Nuestra Madre María es el más bello ejemplo de lo que significa escuchar atentamente con los oídos del corazón y ¡Él Verbo se hizo Carne en Élla! ¿Cuánta Palabra has permitido encarnarse en tu corazón?
Aquí es cuando les pido perdón porque tal vez me pase un poquito de la raya, pero si escuchamos mucho reguetón obviamente sabremos hablar muy bien de reguetón; si escuchamos mucho lenguaje vulgar, simplemente utilizaremos un “excelente” lenguaje vulgar para expresarnos; pero si escuchamos mucha Palabra de Dios y hacemos de ella nuestro deleite, lo que abundara en nuestros labios será siempre la Palabra de Dios, y ésta es la mejor parte que no nos será quitada (cf. Lc 10, 42), lo mejor que nos puede pasar en esta «vida mortal» (como dice San Agustín), porque estaríamos dejando al Verbo Encarnarse en nuestros corazones y habitar en nosotros.
Jesús, en su paso por esta «vida mortal» inquietaba a todo el que lo escuchaba y se topaba con su divinidad, incluso a esos guardias de los sumos sacerdotes que fueron enviados para apresarlo; quedaron tan maravillados ante sus Palabras, que cuando fueron confrontados por sus jefes al recriminarles «¿Por qué no lo habéis traído?» (Jn 7, 45), no tuvieron más que responder: «Nunca nadie ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7, 46). Estoy plenamente convencido que Jesús rompió todos sus esquemas y con su Palabra los lleno de Luz, porque Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). No es que se hallan dejado embaucar como les respondieron esos fariseos (cf. Jn 7, 47), no, no, no, nada de eso; lo que les sucedió a esos guardias fue se toparon de frente con la esencia viva de la creación: La Palabra. «Lo que se hizo en ella era la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 3-4). Jesús se encarnó en sus corazones ¡porque lo escucharon!, escucharon su Palabra.
Hoy en día, Jesús continua inquietándonos con su presencia viva en cada Eucaristía; antes de pasar a recibir ese Pedacito de Pan en el Banquete Eucarístico, ¡La Comunión!, pronunciamos de memoria unas palabras que hacen de toda Misa, ¡Una Misa de Sanación!; me refiero a la profesión de fe del Centurión Romano: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una Palabra tuya bastara para sanarme». ¡Una! ¡Solo Una Palabra de nuestro Señor Jesús bastara para sanarnos! y hasta ese sublime momento en la Eucaristía hemos recibido todo un banquete de sanación directo al corazón con la Palabra del Señor, y nos disponemos a recibir a ese Verbo Encarnado en nosotros, en nuestro ser, para ser uno en nosotros, así como Dios Padre y Él son uno solo (cf. Jn 17, 22-23).
¿Estás listo para dejar que la Palabra se encarne en tu corazón? Sé que no es fácil, pero solo tienes que disponer tu corazón, y así como eres disciplinado(a) con tus rutinas de ejercicios diarios, tu alma también necesita esa gran ración de su alimento, la Palabra de Dios, para sanar tu corazón y así como Zaqueo, le recibas con alegría, porque con ella, con la Palabra ¡ha llegado la salvación a tu casa!
La gracia del Señor sea siempre contigo mi amado hermano(a), y que puedas sentir que nunca nadie te ha hablado como Jesús te habla con su Palabra, ¡Directo al corazón!
Por: Ricardo Sánchez Martínez – Agente para la Evangelización, Arquidiócesis de Barranquilla / Ministerio de Música Parroquia Inmaculado Corazón de María, Barraquilla – Colombia.
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