Volver con la de la frente marchita
Nunca volví con ninguna ex, lo instalé como frontera infranqueable. Cuando lo menciono algunos creen que es una regla caprichosa que me impuse, pero es al revés: la imposibilidad instaló la regla, incluso la redactó. No vuelvo porque no puedo, me resulta físicamente imposible, pocas cosas en el mundo me hacen más daño que volver por la razón que sea, incluso por azar, esos encuentros casuales e impertinentes. Porque cuando digo volver me refiero desde retomar el noviazgo caduco a simplemente contactar nuevamente como lo intentó la última y peor ex en la más reciente navidad. Cualquier mínimo o máximo contacto me está vedado. Si el resto del universo quiere volver con sus ex’s, me es indiferente, únicamente puntualizo que mi camino no tiene retorno. Creo que es porque al final de una relación hay un yo que muere, el que compartía, el que estaba dispuesto a un nosotros. Una vez terminada esa instancia, mi reencarnación independentista es tan fuerte que no puedo bajo ninguna circunstancia volver al régimen anterior, solo estoy dispuesto a repetir régimen y cataclismos (si es que suceden) con personas nuevas. No confundir esta disposición con aspiración. Mi resignación dicta que si voy a vivir la misma mierda al menos que sea con gente fresca, otras caras, otras vidas. Mi experiencia dicta que probablemente inaugure catástrofes innatas, éxitos paulatinos hasta que llega la fecha de vencimiento por sí sola o por un conjunto de razones que dieron forma a un novedoso fin. Casi nunca me refiero a estas cosas como fracasos, porque para fracasar hay que aspirar a un objetivo que finalmente no se alcanza. Si toda relación que termina es un fracaso, entonces la idea obvia es que se esperaba la eternidad. Yo nunca espero tanto de nada, mi utopía es solo ser feliz.
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