fever let me play
Fiebre y pienso en cuando salió el album de Los Black Keys, mayo de 2014. Yo, transmitiendo en directo, lágrimas en los ojos, sin saber cómo terminar un capítulo de una tesis que a nadie le importaría, encerrada en la biblioteca del edificio SD, con vista panorámica a la Av. 19. Yo, perdiendo el tiempo, pasando horas pensando en Dan Auerbach, imaginando su cara al ver a su esposa despedirse. Fiebre porque me estoy quebrando, fiebre cómo dueles, sigue y ya solo mátame porque cómo explicar estarme quebrando otra vez...
ahora
solo con el bochorno extraño de esta casa nueva en el Midwest.
No sé si hace calor pero sudo. Sudo y siento cómo el sudor se va enfriando rápido rapidísimo contra la piel y me viene la urgencia de toser, la urgencia de dormir, la urgencia de desaparecer debajo de la colcha que compré en combo con la cama que cruje pero tengo miedo de volver a soñar porque los sueños con la fiebre son peligrosos, uno puede quedarse atrapado ahí para siempre.
Vi Zama, por ejemplo, que es la historia de un hombre atrapado en una espera en un lugar que es la fiebre misma. Fiebre del cuerpo ajeno, fiebre como una necesidad de contacto con la piel seca que ya, en el ardor, no existe. Diego de Zama preferiría calcinarse junto a Luciana, o junto a la mujer sin nombre que ha dado a luz a su hijo, o junto a mí, en ese cine lleno y distante, donde por regulación no debe haber gente de pie en caso de incendio y entonces ¿qué hacemos si ya todos nos estamos quemando?
Fiebre y pienso en que me aprendí la letra de The Weight of Love como si fueran un himno. No te entregues al peso del amor. No te entregues como se entrega el amor. No te entregues por el peso del amor.
Fiebre y no es un hombre. Las pesadillas empiezan en lugares diversos y vibran cada vez que toso, las pesadillas empiezan en la forma del padre sobre el esternón o en la seguridad de lo razonable de las premisas del psicoanálisis y mi nariz chorrea y sospecho que debajo de este infierno debe haber más infierno
es decir
Fiebre y no es un hombre, son muchos. Las pesadillas empiezan siempre del mismo modo: algo familiar que se torna extraño. Es lo ominoso de saber que soy hija de mi padre. Lo inevitable de haber estado contigo. Lo predecible de tu huella infinita. Y realmente no pensaba que hubiese tanto infierno pero mi nariz sigue sangrando
pero no por un golpe. Fueron varios. El de no saber cuándo iba a cambiar algo, o si a caso los días se irían volviendo un mismo martes. El de sospechar que jamás volvería a ver a su mujer o a sus hijos. El de querer ser querido. Y no. El de las muertes. Pero no la suya. A Zama lo venció la sumatoria de golpes hasta que cayó y hubo que preguntarle ¿todavía quieres estar vivo?
y deliraba
Pero tal vez es la temperatura general de la habitación la que me dificulta respirar.
Podía verme en la cúspide de nosotros. Y luego podía casi tocar la caída. Excepto que la caída y la cúspide eran lo mismo, solo había que saber mirarlas.
Cotizo tiquetes para irme a Chicago a cantar ese álbum y purgarme (¿de qué?), transmitiendo en vivo desde el United Center, desde el centro de una historia que no se agota y empieza en una fiebre con la que nací, lágrimas en los ojos, sin saber cómo terminar un texto que nadie va a leer, haciendo un karaoke mudo porque mi garganta no soporta la saliva, investigando sobre Lucrecia Martel, sobre Antonio di Benedetto, sobre Ohio, sobre la ruta de una palabra a otra, sobre la ruta de esta canción a otra, en shuffle
toco mi cabeza solo para asegurarme de que sigue ahí
pero no la logro encontrar.















