Sentí cómo se me drenaba la sangre, como si de repente hubiese sido halada por una gravedad de la magnitud de Júpiter y no de la tierra. No lo había visto desde ese último día en que todo entre los dos había cesado. Esta no es una historia de desamor, aunque no puedo decir que no haya desamor en ella. Esta es una historia sobre una fractura que sana mal y siempre duele. Una historia sobre un tendón que es proclive a volver a doblarse por donde ya se ha lastimado. Es decir, la historia de cualquier dolor que no se olvida. Y no, quisiera de antemano responder, no es falta de voluntad. Es el rayo que no cesa, la sángre pálida hasta el temor y hasta el destello
basta la imagen diferida para que la respiración se corte
basta con la memoria de un espacio
la sombra por el rabillo del ojo
el recuento ajeno que habla de lo mismo
basta con que el cuerpo no baste para contener el pasado y se quiebre.
Es difícil. He vuelto de la Ciudad de I hace poco pero no veo a nadie. Quizá esto sea lo único afortunado de la crisis sanitaria del momento: mi localidad es mi nación, mi ciudad son tres ventanas y mi casa es mi universo. Poco hay más allá. Entonces no temo tanto cruzar por los mismos lugares, no temo que en una reunión de amigos terminemos por vernos. Porque eso es algo que me perturba, todos nuestros amigos. Cómo decirle a alguien lo que hay debajo de un rostro, debajo de capas y capas de discurso, anécdotas, cenas en conjunto, momentos en donde estuvimos reunidos antes de los quiebres, cómo decirles que nada luego de ese punto tiene sentido, y que nada antes de ese punto es ahora creíble. Respiro corazones por la herida hasta
cuándo será suficiente
el tiempo que ha pasado
para mitigar el horror
lo incómodo y el asco
para hablar sin la verguenza que dicen que no debe tenerse
pero se tiene
por la culpa que dicen que no debe tenerse
pero que hace que todo hieda
hasta el hartazgo
hasta que haga falta un nuevo cuerpo que no conozca nadie
ni yo
si fuera posible
Ha sido una temporada inviable de acusaciones por diversos delitos y agresiones sexuales. Cada día nuevas noticias. Lo curioso es que entre más macabras las historias más distantes se sienten. Es quizá por eso que uno no se atreve a decir ‘esto es un abuso’, ‘esto es una violación’. Sumado al estigma, cualquier situación en la que haya estado palidece frente a la de una niña violada por un grupo de soldados. Palidece, sí, pero no deja de existir. Un daño es un daño.
Este pedazo es para ti: te voy a explicar algo simple. Un hombre y una mujer se quieren, como dice Sabines,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Te voy a explicar la muerte. Estás tú, que eres el hombre, y estoy yo, que soy la mujer. Estamos los dos sentados en la sala de tu casa. Te extiendes, te recuestas sobre mis piernas un momento para descansar. Estamos ebrios, cansados, hartos. Mi cuerpo eléctrico está lleno de tierra. Nos besamos. Esto continúa. He dicho que sí. Tengo miedo de retractarme. Tengo miedo y nunca he sabido hacerlo. Siempre te he dicho que sí, siempre he pensado que así vas a quererme. Pero me estás lastimando. Estás haciendo algo que disfrutas, con lo que sientes que tienes poder sobre mí pero yo no lo estoy disfrutando. Te hago un gesto para que pares. Te digo 'para, no puedo más'. Me dices que no, que ya te falta poco. Corro al baño. Hay sangre, mocos, lágrimas, mierda.
Sabines dice luego 'todo se hace en silencio'. Te voy a explicar el silencio. Yo sigo. Y me vas a decir, y a lo mejor los amigos también, y a lo mejor el público también, los peritos y conocedores que saben de mí más que yo, ‘¿por qué seguiste?’. No lo sé, esa es la verdad, no lo sé. Ya no pensé nada. ¿Puedo decir que mi cuerpo se movía más allá de mí? Intentaste de nuevo del mismo modo en que dolía y me acomodé de alguna manera para impedirlo. A la mañana siguiente estaba hastiada pero una vez más viniste. Cualquier día despiertan el hombre y la mujer y piensan que lo saben todo. Te dije que sólo éramos buenos para eso. Para dañarnos. Pero no sé qué daño te hice yo a ti que pudiera ser tan grande.
Tuve mucho tiempo en la Ciudad de I para pensar. Para aprender. Para fraccionar los recuerdos y ejecutar un análisis. Para llorar y gritar y tener ataques de pánico. Para hacer terapia por síndrome post-traumático. Para lidiar con los picos y los valles maniaco-depresivos. Gracias. No habría sabido que tengo transtorno bipolar si no hubieras desatado una crisis psicótica, si no hubiera creído que estaba loca, oyendo voces y tratando de arrancarme la piel. Te escribí, le escribí a este hombre, esa mujer le escribió a ese hombre, uno o dos correos sueltos y toda una tesis. Y vomitó. Y hubo sangre, mocos, lágrimas, mierda.
Ahora que he regresado solo le he contado a una persona todo esto, con los detalles que no fui capaz de admitir ni siquiera en terapia. Ese día salí con mi tapabocas y tuve tanta rabia de llorar a medias por no ir a ahogarme. Pero era mejor que nada. Era mejor que el encierro multiplicado del no decir. Hablé del carnívoro cuchillo y las pestañas, de lo imposible de esta labor de darle nombre a lo que ha pasado, labor de huracán, amor o infierno. Y cada día desde ahí he vivido con la imagen que trae por fin la honestidad del relato, en el alivio y el dolor que la admisión conlleva. Declarar que existe. Declarar que hoy, cuando llegué por casualidad a una charla donde él era un ponente, un experto, se me durmió la sangre en la camisa.
Localicé mi pena en un punto y traté de contenerla: este es mi texto.
Es una pena muy sola. Y ahora que la escribo creo que es una manera de hacer que no me toque cargarla sola pero es falso. Lo que ha pasado es mío y lo que venga de eso lo tendré que resolver yo. Pero estoy agotada de estar sola. Estoy agotada de que no sepamos qué decirnos. Aún pienso en la mujer de este hombre, en todas sus amigas, en todos nuestros amigos (de nuevo) que no saben nada. A los que no les digo nada porque tengo miedo. Y porque, en el fondo de mi perversión, no quiero que lo sepan. Porque no puedo evitar imaginar cómo se desdice todo lo que he contado. Porque podría pasar que me quedara todavía más sola, abandonada por incredulidad o porque reiteraran que se trata de mi delirio. No quiero que lo sepan para que la imagen de este hombre no se caiga. Qué es lo que estoy diciendo. Cuando todos los días en que vivo con esto mi imagen de mí vive en la fractura tengo miedo de este hombre y su imagen. Tengo miedo de su poder de pequeño conocedor en un pequeño gremio en esta ciudad diminuta en este pais pequeñito en la esquina de un continente. Su cuerpo me parece una masa capaz de curvar la realidad. Y yo solo tengo esto para defenderme: este lenguaje precario.
Este odio, a veces. Esta ira, a veces. Esta impotencia, a veces. Repito a Miguel Hernández, digo, ¿a dónde iré que no vaya mi perdición a buscar?
Todo lo que quiero es disipar el dolor de astilla que no sana, una revolución dentro de un hueso, desaparecer
el rayo de esa memoria
un rayo que no cesa