Me es complicado hablar de esto, pero dentro de mí, mis entrañas se mueven entusiastas al oír aquellas dos simples palabras: ‘amor propio’. Son solo letras, solo esbozos de la realidad, pero con definiciones potentes que son generadas de cada natalicio bañado en odio, temor e ira hacia una misma. Me es increíble, como aquellas palabras hacen remecer mi asiento, mueven mi bote y hacen que logre levantarme antes que me ahogue junto a él, me motivan a escribir esto, inspirándome en vivencias pasadas, en donde este concepto era el más erróneo en mi ser.
Amor propio hoy me define, y aun así me cuesta. Pero sin miedo a definirme, me muevo, levanto y grito que me amo más que nadie en este mundo. Que adoro la forma en que mis cicatrices (auto infringidas por la torpeza o por la fiereza de la angustia) se acoplan en cada parte de mi cuerpo, dejando espacios llenos y otros vacíos; que me encanta la forma en que se mueven mis carnes al caminar, imponiéndose en cada paso de cabeza alta y espalda recta que doy, enorgulleciéndome de mi cuerpo y sus diferencias, sintiéndome preciosa hasta con las ropa dos tallas más grandes que yo; que me fascina ver los pelos floreciendo en mi piel, decidiendo si quiero podar mi basto jardín o cepillarlo y decorarlo a gusto mío, cortando la maleza para que las flores de mi enredadera crezcan más fuertes que nunca; que me es increíble el apoyo más fuerte jamás recibido por alguien externo a mí. He llorado, me he matado sentimentalmente, he intentado destruirme, pero todo aquello se desvanece cuando abrazo mi cuerpo, cuando me consuelo y me toco con el afán de hacerme sentir tranquila, hacer notar que viva estoy, y que viva me quiero. Y de ahí, de toda la recolección de pasares y vivencias, salgo a la calle, para que nadie me acalle. Camino con gracia por la desgracia de la sociedad, no me oculto, y sí mi cuerpo tiembla, igual dará. Me muevo sin temor a que aquel sujeto venga con la necesidad de imponer su virilidad, por el simple hecho de creer que no me amo y que por eso necesito su opinión entorno a mi ser. Levanto mi frente y camino sin que el sol me nuble, mostrando a todas las personas presentes el orgullo que me da amarme y volver a comenzar mi ciclo de florecimiento. El amor propio debe prevalecer como salmo impuesto de una misma por el sólo hecho de querer demostrarle a todos que nada importa más. La fuerte coherencia con nuestro miedo y nuestra forma de demostrarle al mundo que esto no nos coarta.
¡Nos amamos y por eso jamás, dejaremos de luchar!