Tenía alrededor de seis años, recuerdo que aún dormía en la habitación de mis padres; junto a la cuna de mí hermano. De niña, fui enfermiza, sufría terribles dolores de oido que nunca se iban con facilidad. Era invierno. Y ese día no era la excepción.
Era de madrugada, tal vez las 12 O 1 de la mañana, mi mamá en ese tiempo no sabía conducir un coche; sólo mi papá que a esa hora estaba durmiendo.
Me desperté llorando, tenía mucho dolor y era una niña. Mi mamá de inmediato trató de darme médicamente y lo ponerme trapitos calientes pero no funcionó, era enfermera, sabía cuando detectar que era necesario ir al médico.
Ella despertó a mi papá para que nos llevará al hospital, él se enojó y se rehuso a levantarse; mi mamá se guardó todo lo que quería decirle, me vistió de manera abrigada y me llevo a pie en medio de la noche al hospital.
Estaba oscuro y tenía miedo.
Mi madre también lo tenía pero se hizo la fuerte para darme confianza.
Casi a las 4 de la mañana volvimos a casa en taxi. Estaba exhausta. Pero el dolor no se iba incluso después del lavado se oido. Estaba llorando y acostada en mi lugar en la cama mientras mi madre preparaba más trapos calientes, papá me grito:
"¡Cállate, no me dejas dormir!"
Me callé, lloré en silencio el resto de la noche pero ese día entendí, que no contaba con él para nada, que biológicamente podía ser mi padre pero nada más.
Hoy en día, después de tantos años, de muchos más desplantes y escenas parecidas, sé que el cariño que puede sentir por mi nunca fue suficiente para ser un verdadero padre, sé que se arrepiente pero eso no cambia todo el daño que hay detrás y el poco amor que he desarrollado por él en todo este tiempo.
Aún así, te perdonó pues no te necesito.
Gracias enseñarme a que nadie en la vida es indispensable.