La picadura - Microrrelato.
En la tercera noche el dolor irradiaba hasta su antebrazo, la extremidad le punzaba y un molesto hormigueo la recorría. Estuvo a punto de ir al hospital, pero se arrepintió, rindiéndose a lo inevitable.
El alacrán la picó al mover una silla rota, la favorita de Alfredo, con la que él había dañado su pierna una tarde de alcohol. Mirarla arrumbada le impedía olvidar y, a la vez, sentía placer; tal como estaba aquel objeto, así debía estar él.
El dolor del piquete fue atroz, pero cuando vio al alacrán caer al piso como un destello anaranjado y desafiante, una premonición de fatalidad le mordió el alma. Su cojera se acentuó. El cuerpo le dolía. Intentó hacerse un chocolate caliente y ni siquiera pudo bajar la taza. Una rigidez extraña se instaló en su organismo.
Su visión ahora se limitaba a percibir luces y sombras, aunque había ganado en sensibilidad táctil. Trató de contestar una llamada y ya no tuvo voz.
A la quinta noche salió de su casa percibiendo el resplandor de la luna. Buscó abrigo entre las grietas. Tardó mucho, aunque el lugar estaba a dos cuadras de su casa.
La maleza crecida le acarició la armadura que era ahora su piel. La luna iluminó su perfecto aguijón, hinchado de veneno sin usar. Se quedaría ahí, junto a la tumba de Alfredo, convertida en alacrán. Picaría sin misericordia a cualquiera que se acercara y, si al desgraciado se le ocurría regresar, lo pincharía hasta que se volviera a morir.
Autor: Ana Laura Piera.
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