Al joven de tiernos rizos oro, al de lustre nacarado cual mármol veneciano, vetusto y de la tez rubicunda semejante a durazno en tiempo estival; por quien sobre plena amplitud la aurora compone versos.
Al doncel de las albas peñas que encajadas en pulpa hacen borbotear de ella la seda y el fulgor. Del duro perfil, tributo a la belleza, rebosante de injusta inocencia.
Es para mi su imagen como broche a la carne, de memoria táctil prístina y de las mil resinas es la suya la que excitada late, húmeda de vida, deslizándose a la víctima, cubriéndole el velo de cenizas, presionando con ahincó, drenando aire y es de nuevo piedra curtida. Es esta la misma piel que alienta al suspiro, seduce al prado y sume la mente.
Bajo un cielo nítido se encienden sus dorados hilos, destilan luz propia, arrastrándose desde la punta, humedeciendo el cuerpo, se pierde y vuelve al comienzo.
Es mi chico aninfado, dócil, etéreo, salvaje e indomable, dolorosamente bello y obsceno en excesos; la canción del alba y el verde silvestre danzan sobre sus luceros, te hablan, te ven y entre el pétalo abierto dulce y carmesí no te deja ir, es en los tonos de su impúdica carne que mezclan las fresas y la crema.
Se que harían sacrificios en su nombre y si el temor no evitase equivoco la blasfemia probaría de su semilla sin pudor ni cautela.
Le ha visto Platón, le vio el león, le ha visto el Orión, Cleopatra le tocó y todos se preguntan “De entre la curva que pecadora dibuja su columna y los pliegues tersos que traza el cuello ¿Por cuál caería primero el cielo?”.
Le vi entre tierras taciturnas y mil ninfas se estremecieron sonrientes cuando gracioso se retorció entre pastos verdes, perezosos los párpados se sacudieron ya lábiles, famélicos besados de deseo.
Hubo entonces un momento eterno cuando el tiempo le miró perdido en sus lentos remilgos y tropezaron sus pies con la vista en un océano pleno de algas, ahogado en la imponencia de lagunas que divergen entre sí de centros apatitos a torrentes diópsidos. Sin propósito prescrito obsequió al mundo el escenario a pasos lentos: explotó el astro en incontables besos pintando al cielo de cálidos atardeceres veraniegos; un desvergonzado sol le besó el tronco y el chiquillo complacido le dejó curvando lomo terso; enardecido y como si de su extensión se tratase lo cubrió el estío de corolas reacias todas al adiós.
Cayendo rendidos, ambos, sol y viento tomó turno el espacio: mandó a Andrómeda, le bañó Sagitario y los cúmulos abandonaron el rocío presos entre el sonrojo del sofoco y el pálido zarco del asombro. Se encontró el Cronos en aguas dulces a punto de naufragar con los pulmones inválidos de líquido espeso de anestésico, desperezóse y corrió, el cielo le acompañó. Fedón, fue entonces que la extensión te abrazó el cuerpo, derramándose en azules y violetas a lo largo pintó anocheceres, la última estrella se posó en el roce de la silueta, el sereno te encogió el cuerpo y flexionaste tu pierna dejando ver la redonda curva del fruto inmaculado; el cuello aristócrata buscó refugio a la corteza, las lagunas brillantes acunaron el reflejo de un cielo preñado y no, no hubo amor en tal acto, fue el deseo sádico consejero y la razón cobarde huyendo.
Una vez mancebo a la tierra y dispuesto a la empresa es inevitable dejar a la mente escudriñar en las diatribas de la carne. En la lejanía se inyecta lenta la adrenalina y toma en agobiante anhelo la vida consciente, pero… si probase del deseo ¿apaciguaría el goce animal o perdería en su lugar el corazón?
Este joven lozano desenterraba sensaciones de antaño ya resignadas al descanso; ahora, en plena algarabía, con energía tan pura que al inhalar se fundía el interior incitando con gula la sangre urgida. Le llenaba el gesto de sonrisas pizperetas, hacía cosquillear en vibraciones un candor trienal al órgano y equiparable a un Jacinto derramaba líneas sanguinolentas haciendo brotar del averno flores perenes, endebles.
Mi única constante era el pánico de la despedida. El Céfiro, los Elíseos, el Olimpo entero se colmó de dolor por la perdida de lo que nunca arraigó. Era el gesto mezquino y ruin de la vida misma que a veces compungida por la culpa mostraba en galardón el privilegio de amarle en lo que la poesía no podrá nunca encarnar.
Otras cavilaciones abaten mis entrañas -reflexiones y sus posiciones en algún tiempo responsables de todos los mitos- “Tanta belleza debe ser originada por la certeza de la admiración y el anhelo narcisista de miradas fugitivas, en última instancia de la mutua complacencia; pues, de entre la vulgar cantidad de espejos existentes los más bellos e idolatras son los ojos de los humanos ¿qué es pues el arte sin quien lo admire?
Aún con todo, la conciencia no quita merito a la obra y la certeza del candor solo añade al fetiche masoquista adoración”.