El ruido se presentó desde mis primeros pasos en el aeropuerto, en un lugar así tiene sentido que la gente lleve prisa, estrés, que el reloj corra desenfrenado, pero no era sólo ahí, la vida en la ciudad de México era acelerada por donde la vieras; Mamá sacó de su bolsa un papel con indicaciones para viajar en metro “Terminal aérea, nos bajamos en La Raza y transbordamos en dirección Universidad, en Etiopía nos bajamos, tiene que haber un Woolworth y caminamos sobre Xola en dirección a la Torre Mexicana, hay que ir viendo los nombres de las calles para no pasarnos y camínale rápido porque aquí la gente es muy abusada” cabe mencionar que en el 2006 no teníamos smartphones ni google maps, dependíamos de haber anotado correctamente las indicaciones, parecía fácil. Cuando mis papás dieron el paso de apoyarme para estudiar en Fermatta una de las condiciones era llegar a vivir con una tía y mi mamá me vino a dejar, yo tenía 18 años, era la hija más chica, mujer, despistada, confiada, en una ciudad que no conocía, capital del crimen… si yo estaba asustada no puedo imaginar lo que pasaba por la mente de mis padres.
Llegué con una maleta, en ella unos cuantos cambios de ropa y una guitarra de cuerdas de nylon colgada de mi espalda, lo primero que hice fue aprenderme el camino de casa de mi tía al metro, y después el camino a la escuela con el excepcional coaching de mamá que me acompañó hasta que me lo aprendiera, la primera vez fue para ir por mi tira de materias y a comprar los libros, aunque tenía desde la primaria que mi mamá no me llevaba prácticamente “de la mano” a algo escolar la verdad no quería que se fuera, estaba emocionada pero al mismo tiempo llena de miedo. Ahí estaba Lourdes Eunice Herrera Mena de primer semestre tomándose la foto para la credencial escolar, mi primer momento sola llegó en la fila para comprar los libros de mi carrera, no conocía a nadie, estaba nerviosa y junto a mí en la fila un muchacho aparentemente muy serio pero más tranquilo comenzó a hacerme plática, recuerdo perfectamente que fue la primera persona que me habló.
- Yo también, ¿A qué te metiste?
- Qué chido, yo soy percusionista, ¿No eres de aquí verdad? (Tanto se me notaba ¿?)
Platicamos un rato hasta que la fila llegó a su final, él era agradable, buena onda y además se llamaba como mi papá así que fácil de recordar ¡Había hecho un nuevo amigo! Al menos eso sentía, y deseaba con todas mis fuerzas coincidir en alguna clase para tener alguien con quien platicar pues en la escuela todos se movían de aquí para allá como si se las supieran de todas todas. Cuando recibí mi tira de materias y vi mi nombre junto a mi número de credencial y el logotipo de aquella escuela se me llenaron los ojos de lágrimas ¡Qué oso! Mejor me espero a llorar en la casa y desahogar los nervios de mi cabeza por darme cuenta que estaba viviendo un sueño; me gustaba repetir en voz bajita (para mí) “Estoy estudiando en Fermatta” “Hola, soy Lulu y estudio en Fermatta” yo creo para convencerme porque algo dentro de mí no lo creía todavía.
El día que mamá se fue algo en mi interior hizo click, me sentí sola, pocas veces en mi vida he sentido tanto miedo y nostalgia al mismo tiempo, me recordó al kínder o a la primaria cuando ves a tu mamá alejarse de la puerta pero esta vez con una mayor responsabilidad, esa de probar que no se habían equivocado conmigo, tenía un monstruo en mi cabeza que me metía todo el tiempo la tremenda duda de no saber cuánto iba a durar, sólo conocía la ruta CASA-ESCUELA-CASA y fue así como me dediqué al mil por ciento a hacer hasta las tareas que no me pedían y a estudiar absolutamente todo el tiempo, fui haciendo amigos y comencé a sentirme cada vez menos sola, me conectaba mínimo 3 veces por semana a Messenger en un ciber café para estar en contacto con mis amigos, mamá no sabía yo creo ni prender la computadora en ese entonces, aprendió a hacerlo para estar en contacto conmigo y después con mi hermana que fue la siguiente en irse unos años después. Todos mis nuevos amigos vivían solos, con roomies y se ponían de acuerdo para ir a casa de alguien después de clases o salir de noche, era ahí en donde yo de inmediato desencajaba porque después de las 6 de la tarde me daba pánico ir al Oxxo por unas galletas, yo era la que se tenía que ir temprano, la que no iba a las fiestas, pero con el tiempo ¡Bendito tiempo! Fui perdiendo el miedo; una de mis mejores amigas de la prepa estudiaba en la Anahuac Norte y tenía ya más de un año viviendo en la ciudad así que mis primeras salidas fuera de la ruta de hierro fueron con ella quien me explicó caminos en el transporte público, consejos, lugares para comer y plazas comerciales.
Sabía el tremendo esfuerzo que mis papás hacían para costear mi vida fuera de casa, así que vi en la escuela un póster con una convocatoria de becas SEP, era una cantidad al semestre que alcanzaba más o menos para 2 o 3 meses, pero sin duda algo significativo, fueron a casa de mi tía para hacer un estudio socioeconómico como parte del proceso, querían saber cuántos focos había, cuantas televisiones, electrodomésticos… y recibí a la persona con la frase “Antes que nada quiero dejar en claro que NADA de lo que hay aquí es mío” yo tenía una cama en un cuarto compartido con dos personas, 1 cajón para guardar toda mi ropa y no podía estudiar hasta tarde porque la música hace ruido. Dios fue una vez más misericordioso conmigo y me regaló esa beca para mis estudios, ¡Vaya bendición! Significaba un ahorro de casi la mitad del semestre que sin duda nos alivianaría como familia, aun así, desconocía lo crucial que sería esa beca en mi vida un poco después.
Conforme pasó el tiempo me fui topando con mis primeros problemas, después de todo era una adolescente con fuego en las venas, ya sabes, llegar tarde a casa, salir sin avisar, tomarme mis primeras chelas, aceptar un cigarro, no administrar mi dinero ¡Quería divertirme! y me llegaron a ofrecer de todo, rechacé muchos caminos pero en otros decidí correr el riesgo, conocí gente increíble, gente rara, gente dedicada, de provincia, extranjeros, locales, estudiosos, vale madres, talentosos y otros desobligados, pero mi escuela y mi beca siempre fueron mi más grande orgullo. Extrañaba todo el tiempo mi casa, mi cama, el calorcito de Tuxtla, la comida de mi mamá, la autoridad de papá, las voces de mis hermanos, a mis perros… los foráneos jamás nos damos cuenta de lo insoportables que somos al hablar 24/7 de nuestros lugares de origen y compararlo absolutamente TODO. Lloré muchísimas veces, me preocupé, me reí a carcajadas y me emocioné de más.
Me dejé caer a una aventura pero esta vez con los ojos abiertos, así se disfruta mejor el panorama. Agosto del 2006 me cambió la vida.