Deoksu acariciaba con el anular su labio inferior, el zafiro que cargaba en uno de sus anillos brillaba gracias a los últimos rayos del sol que estaban entrando por el gran ventanal de su habitación de hotel. Estaba sentado frente a frente con el astro rey al cual había dejado de temerle desde hace muchos siglos atrás, observándolo morir en el horizonte. Italia era un país que le traía grandes recuerdos, desde fiestas formidables donde Luciano lo hacía parecer más agradable de lo que un joven Deoksu era, cargado de odio e ira contra los humanos. Hasta noches enteras de caza con el hombre que aprendió a querer y vislumbrar como una figura paterna pero que ahora aquella estatua inmaculada de mármol, comenzaba a desmoronarse frente a sus ojos al enterarse que Luciano no era más que un loco desquiciado que buscaba nada más que la destrucción de criaturas que eran inocentes. Deoksu no era un héroe, pero Luciano estaba obligándolo a comportarse como uno. - —Él ya no está aquí — -habló, echándole un vistazo a la silla contigua donde estaba el licántropo que lucía joven, casi inexperto en cosas de la vida. - —Y seguramente las pistas que hemos encontrado no son más que trampas para hacernos creer que estará ahí, pero seremos atacados — -había seguido los pasos de su padrino por su ciudad natal, Roma, pero solo habían encontrado mensajes crípticos y que solo indicaban que era una trampa como si Luciano buscase quitarle algo que era preciado para él: Gukhee. No dudaba en absoluto que deseara atacarlo desde ese flanco débil para él, el muchacho después de todo significaba muchísimo para él. - —¿Qué crees que es lo más correcto por hacer, Guk-ah? — -