Fonca: Becas, necesidades y meritocracia
Desde la última vez que toqué el tema de la presunta desaparición del Fonca han sucedido muchas cosas nada intrascendentes: finalmente se anunció que el programa continuará, pero ahora incorporado a la estructura de la Secretaría de Cultura, algo que lejos de disipar las dudas, ha incrementado las preguntas por las implicaciones que esto tendrá en el presupuesto destinado por el programa y el proceso para la entrega de los apoyos. Personajes como Irma Eréndira Sandoval, a cargo de la Secretaría Función Pública, ha calificado esta transición desde su cuenta de Twitter como el fin del “FONCA (sic.) salinista, nacido para controlar a los rebeldes y premiar a los compadres”, con un juicio de valor sumamente cuestionable desde múltiples puntos de vista.
Todo esto sucedió en medio de un debate informal en redes, cuyas posturas se podrían resumir entre quienes estaban a favor de la disolución del Fonca y quienes defendían su permanencia, por las trayectorias profesionales que ha ayudado a desarrollar.
Ante este panorama, es difícil establecer una postura, pues considero que el problema es más complejo que un sí o un no a las becas. De por medio hay una estructura política y económica que hace de esta una decisión en la que no se puede tomar postura a la ligera. Quizás, como epílogo para esta coyuntura, quisiera presentar algunas reflexiones sobre lo que implican los sistemas de becas en un modelo económico y país como en el que nos toca vivir, con una fuerte estratificación socioeconómica.
Independientemente del ámbito en el que se implementen, la idea de los programas de becas es que los beneficiarios se encuentren en condiciones más equitativas para desarrollar sus estudios, investigaciones, etcétera, de tal forma que estos espacios de desarrollo profesional no sean un privilegio y que, al mismo tiempo, puedan realizar contribuciones valiosas a sus respectivos campos —y en el caso de los programas públicos, al Estado— que en otras condiciones habría sido imposible.
En el caso de los estímulos a la creación del Fonca, en gran medida podemos ver el mismo principio: en un entorno profesional tan reducido como el de las artes, la necesidad del apoyo a las carreras artísticas es evidente. Sin embargo, como lo había planteado en un texto anterior, es una oportunidad ideal para revisar la pertinencia del programa en un momento como este, en el que la figura laboral del becario se ha utilizado como otra modalidad de subcontratación que ha terminado por intensificar la precarización del trabajador e incrementar las desigualdades. Vale la pena revisar especialmente los criterios por los cuales el Fonca otorga los apoyos, los cuales están articulados por una retórica que refuerza la exclusividad del campo artístico, en lugar de aumentar la ayuda a nuevos artistas.
Señalar si el Fonca es una iniciativa que, a pesar de sus detalles, funciona, no me tranquiliza en absoluto. Hablamos de casi 30 años de un programa en el que aún persisten criterios no muy claros para otorgar las becas.
Como referencia, revisemos los criterios de la fase resolutiva del SNCA*:
—La calidad de la propuesta presentada: considerando claridad, solidez, congruencia, creatividad, viabilidad y el contexto que permita determinar lo propositivo y significativo de la propuesta para el desarrollo del artista y/o del proyecto presentado.
En primer lugar, hablar de claridad y solidez en una propuesta creativa es complicado, ya que, ¿desde qué parámetros se está evaluando esa claridad? Sin afán de envolver el problema con un velo relativista, establecer un criterio sin un punto de referencia, mismo que el participante no conoce, pero que el comité evaluador determina en el proceso, dificulta una evaluación objetiva de los proyectos.
Hablar de la "creatividad" de una propuesta también resulta problemático en muchos sentidos, en gran medida por que esta cualidad —hasta donde sé— no se ha podido cuantificar. ¿Bajo qué parámetros vas a determinar que una obra sea más creativa que otra?
—La trayectoria de quien postula: considerando las obras creativas realizadas, el reconocimiento de la crítica especializada en su disciplina, así como los premios y/o distinciones nacionales e internacionales recibidos, particularmente en la disciplina artística en la que participa.
Dejando a un lado las especulaciones sobre cómo las “redes de complicidad” o de afectos influyen en la visibilidad de un artista u otro, creo que en este punto es donde más falla el Fonca como programa de becas. La idea meritocrática de que el artista merece determinado estímulo por su reconocimiento —incluso si no lo necesita— inevitablemente establece una relación vertical entre él y los que no tienen «reconocimiento» quienes, en gran medida por la misma desigualdad económica, no pueden desarrollar una carrera artística similar a la de quienes ya cuentan con la representación de una galería o han presentados sus proyectos en otras partes del mundo.
Un caso igualmente cuestionable son los dos primeros criterios de selección de proyectos en la convocatoria de Jóvenes Creadores:
—La trayectoria del postulante.
En un programa creado para otorgar apoyos artistas que recién empiezan su carrera, utilizar la trayectoria como criterio de selección resulta un tanto ambiguo.
—La originalidad y calidad de la propuesta presentada.
De nuevo, se nos presentan algunos problemas como en el caso de SNCA. En un momento de la historia del arte como éste, donde las referencias y la apropiación de imágenes y símbolos ya tienen una larga tradición, los criterios de originalidad y calidad precisan una justa contextualización, por no hablar del espíritu tecnocrático que implica el término «calidad» en una convocatoria relacionada con las artes.
El vocabulario cualitativo que permea a ambas convocatorias despierta una serie de cuestionamientos pertinentes sobre el punto desde el que se está partiendo para determinar si es necesario apoyar un proyecto o no. Desde luego, las estructuras para determinar el valor de algo son inestables —ni siquiera las causas por las que nuestra economía fluctúa todo el tiempo se deben a una sola circunstancia— y también lo es el debate continuo e implícito en la dinámica artística contemporánea, pero esto lo menciono con la finalidad de plantear que el Fonca tal y como lo conocemos, lejos de apoyar a [toda] la cultura y las artes de manera equitativa, en su misma estructura dificulta que esto suceda, no solo por las limitaciones de sus recursos, sino por una serie de criterios poco claros que refuerzan el sistema de clases y la asignación de valores emitidos desde la misma “comunidad artística” y no desde una mayoría. Pensar en los comités de selección como emisarios de la voz del pueblo, sería por mucho caer en ese populismo y mesianismo que tanto afecta la gestión del actual gobierno.
Defender el Fonca no es defender el arte y la cultura, es defender un sistema de becas muy específico. A diferencia de lo que señalaba un curador respecto a la posible desaparición del programa, no creo que a todos nos toque defender el financiamiento, autonomía y «libertad de la producción cultural del país», cuando no todos podemos acceder directamente a esa posibilidad de utilizar el financiamiento del Estado para trabajar nuestros proyectos, ya sea porque no hay suficientes recursos, porque nuestro proyecto no es suficientemente “creativo", o no tenemos la suficiente trayectoria.
De nueva cuenta, las becas como un sistema para equilibrar las posibilidades profesionales no son el problema, sino la exclusividad de los procesos para otorgarlas. Pensar que "la producción cultural" solo proviene de los artistas, resulta un tanto retrógrada y le da la práctica artística un falso protagonismo ante este problema político-administrativo. Y no porque demerite la labor que los artistas hacen, sino porque la estructura cultural de una sociedad está compuesta por muchas otros aspectos, más allá de la producción artística.
Hoy más que nunca, necesitamos replantearnos otras formas en las que el apoyo estatal al arte y la cultura sea más accesible. Algunas ideas ya las he trabajado en un trabajo previo, pero antes de terminar el texto, vale la pena esclarecer un punto: a pesar de las deficiencias del Fonca, esto no es ninguna justificación para la desaparición de los fideicomisos, partiendo del hecho de que el presupuesto para la cultura es ínfimo a comparación de la dieta de todos los diputados y este último no recibió una modificación perceptible ante la situación de contingencia. Un problema no anula al otro.
Por otra parte, es por demás reprobable el hecho de que una parte del presupuesto de los fideicomisos eliminados termine en el rescate de una empresa como Pemex, en un momento en el que la demanda mundial de petróleo es escasa y el acuerdo de ajuste de precios a la baja del crudo es una alerta para que las administraciones de cada gobierno empiecen a explorar la inversión en otras fuentes de energía.
Pensar que los cambios y mejoras vendrán solamente de las personas con puestos de poder sería pecar de ingenuos: evidentemente necesitamos tener una participación activa en la toma de decisiones, pero también es importante plantearnos si “nuestra lucha” realmente es tan diversa e incluyente como queremos pensar y no es solo la defensa de una posición a la que muy pocas personas tienen acceso.
*: Tomados de la convocatoria del 2020. Disponible en línea: https://foncaenlinea.cultura.gob.mx/archivosbases/bases_snca_2020_5280.pdf