#LunesDeLunaticas Deconstrucción y sororidad
Esto de la Sororidad no es sencillo, fácil de entender o practicar, así que como propósito central de este 2021, para mí será ejercer una sororidad consciente y crítica.
Desde un punto de vista muy personal, el feminismo lo entiendo como una obligación inherente de proveer a todas las personas la misma igualdad de derechos. Es decir, un movimiento social fundamentado en las mujeres, para descomponer y reestructurar desde la raíz los sistemas que por generaciones nos han obligado e impuesto “lo correcto” en temas de género y demás. Así el feminismo propone que posterior a la desconstrucción de esas estructuras, mediante diálogos y compromisos entre iguales y desde una horizontalidad, se establezcan estándares amplios (que también permanecen en constante evolución) en el que todas las personas seamos tomadas en cuenta para la conformación del tejido social.
Así entonces, la sororidad la entiendo como una herramienta social basada en la empatía, esta última entendida como un estándar humano de tener la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos” (RAE 2020), por su parte, Marcela Lagarde define la sororidad así:
Una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer. 1 (Lagarde 2009)
Desmenuzando el texto de la Dra. Lagarde, me encuentro con mi primer “pero” en las relaciones positivas. Desde una generalidad, conocemos la existencia de las personalidades tóxicas, en las que, en muchas ocasiones sin darnos cuenta, podemos caber nosotros.
Las personalidades tóxicas tienen características en común (definidas con sus respectivas particularidades desde la psicología, las neurociencias, entre otras materias) como: la violencia excesiva, el narcisismo y egocentrismos exacerbado, así como las prácticas de manipulación y victimización. Entonces el trabajo de “construir relaciones positivas” es más complejo de llevar a la práctica que de escribir.
Aquí es donde la “deconstrucción” comienza a tener una labor más profunda.
Ahora bien, a lo largo de mi crecimiento debo confesar que, a mis 33 años, es la primera vez que estoy activamente trabajando en construir mi sororidad interna, y la balanza entre mis inseguridades y mis barreras no es fácil de definir. Mucho menos es fácil definirlas en relaciones interpersonales.
El ejercer sororidad desde lo personal, ha requerido de esfuerzos fundamentales
Dejar en ego a un lado: el centro de atención no puedes ser tú y solamente tú, el punto focal debe de ser la otra persona a la que se le están asignando prejuicios y estigmas, quien lleva el papel haber sido violentado o excluido.
La Empatía es práctica: Cuando era adolescente creía fervientemente que “si no lo has vivido entonces no puedes opinar” así que me aventaba a experimentar viajes, sustancias y relaciones más allá de mi zona de confort para poder decir “yo sentí X o Y, cuando hice X o Y”. Esas experiencias en conjunto con lecturas y conocimiento colectivo me han llevado a darme cuenta de que, no es completamente necesario experimentar al 100% X o Y, para saber cómo es que uno debe de sentir. La forma en la que los seres humanos adquirimos conocimiento mediante los años ha cambiado (no en vano la evolución es permanente la naturaleza), así que comprendí que la variedad de conocimiento y experiencias es única en cada cuerpo y lo que, sí entiendo ahora es que, lo que no queremos en nuestro cuerpo o en nuestra vida lo definimos y lo refinamos con la experiencia.
Feminismo en los hechos: más allá de delimitar puntos individuales por amor propio, es inherente que la sororidad se ejerce cuando se apoya en la escucha, en la empatía y en la inclusión. Las redes de apoyo que formamos las mujeres necesitan ser cada vez más sólidas y menos tóxicas.
Así es que, a lo largo del 2020, con mucho desconcierto me he encontré prejuzgando e idealizando figuras de personas con las que regularmente socializo. En especial aquellas que se pueden llegar a identificar como “mujeres”, aquí he descubierto que, con las que tengo más “peros”, “prejuicios” o “prerrogativas” tengo similitudes más cercanas en los valores que mis padres impusieron durante mi crecimiento. Valores que desde luego he cambiado a mi personalidad y mi crecimiento como ente responsable en el tejido social.
Entonces las críticas constructivas hacia otras mujeres, con puntos de mejora y una opción para trabajarlos en conjunto, como colectivo, son válidas. Las críticas tóxicas que buscan detrimento, excluir y no tienen sentido, son de hueva.
Concluyo, en el 2021 mi objetivo general no solamente es hacer una reivindicación de los daños (posiblemente irreparables) que provoqué en mi pasado a otras hermanas, sino también involucrarme más con hechos y con discurso en los feminismos que me rodean. Ser coherente desde mi feminismo, ser coherente desde mi libertad y ser coherente desde mi privilegio.
Pd. Si quieres apoyo para trabajar la sororidad, búscame que ya somos varias.
1. Marcela Lagarde y de los Ríos, «Pacto entre mujeres. Sororidad», en El feminismo en mi vida. Hitos, claves y topías (México: Instituto de las Mujeres del Distrito Federal, 2012), 560. Cursiva de la autora. Cf. Marcela Lagarde y de los Ríos, «Sororidad», en Diccionario de estudios de género y feminismos, op.cit., 305-311; Luisa Posada Kubissa, «Pactos entre mujeres», en 10 palabras clave sobre mujer, dir., Celia Amorós (Estella: Verbo Divino, 2002) 331-365







