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En estos días se presentó en Barcelona “Literal”, la feria del libro político que se celebrará los días 29, 30 y 31 de mayo en la antigua fábrica textil Fabra i Coats, sita en el barrio de Sant Andreu de la capital catalana. Unas 20 editoriales (la inscripción está abierta hasta el 29 de marzo), 4 librerías y 12 medios de comunicación, participaran en este…
La mujer en silencio. Sylvia Plath y Ted Hughes. Janet Malcolm. Gedisa: 2003. 221 págs.
"El que informa y del que se informa deben entender debida y equitativamente que llevan su vida en las manos" dice el epígrafe de Henry James que Janet Malcolm coloca al inicio del libro. Ella, que tan extraordinarias biografías ha escrito antes -y esta no es la excepción- esta vez se pregunta sobre qué puede decirse, hasta qué punto vale la pena ser un fisgón, un entrometido, para llegar a ¿qué verdad?¿Solo para complacer a un lector o para entender mejor un poema? Y si la autora de la que se habla se suicidó y si su esposo, en ese entonces aún vivo, es también un poeta célebre ¿vale la pena entrometerse?
Una cita más, al principio del primer capítulo, explica el título del libro (y mucho más). Le pertenece a Ted Hughes en el prólogo que hace a los Diarios de su esposa la poeta Sylvia Plath: "Cuando un yo auténtico descubre el lenguaje, y consigue hablar, sin duda se trata de un acontecimiento deslumbrante". Desde luego, se refiere a Sylvia, pero Janet Malcolm ha logrado hacer extensiva esa frase a ella misma como biógrafa, como se descubre en las últimas páginas -cuando visita al vecino que la vio con vida por última vez-, donde declara: "Ante el desorden magistral de la casa de Trevor Thomas, las casas ordenadas en las que vivimos la mayoría parecen mediocres y sin vida; igual, y en el mismo sentido, que las narraciones que se llaman biografías palidecen y se hunden ante la desordenada realidad que es una vida. También imaginé excitada que la casa es una metáfora del problema de la escritura. Todas las personas que se sientan a escribir no se enfrentan con una página en blanco sino con su propia mente abarrotada de detalles. El problema consiste en librarse de la mayoría de lo que hay allí. (...) Puede que sea mejor no empezar a hacerlo. Puede que sea mejor conservarlo todo, como Trevor Thomas, no sea que nos quedemos sin nada. El miedo que sentí en la casa de Thomas es primo del miedo que siente el escritor que no puede arriesgarse a empezar a escribir.”
Luego de seis años de matrimonio, Sylvia Plath y Ted Hughes se separaron debido a una infidelidad de este. Ella tenía 30 años y era una mujer sumamente vulnerable, como lo muestra su poesía y aquella novela de título explícito sobre la depresión: La campana de cristal. La pérdida de una relación marital, ante un hombre que lo representaba todo en su vida, fue suficiente para quebrar ese frágil cristal (ya antes había intentado matarse, por cierto) y un día de febrero, como hoy hace 50 años, metió su cabeza en la cocina y dejó que el gas acabe con su vida. A partir del suicidio de Plath, su poesía -en la que la muerte y el suicidio tiene mucho peso- empezó a cargarse de un enorme significado y adquirió cada vez más relevancia, hasta convertirla en la poeta norteamericana más importante del siglo, y su poemario Ariel en el más leído en el mundo anglosajón después de los sonetos de Shakespeare.
Apenas muerta Plath, las versiones se dividieron en dos: aquellos que la veían como una loca que hizo sufrir a Ted Hughes y terminó matándose en medio de su locura; y esa otra en la que Ted es un tirano, un dictador perverso, que abusó de la poeta y la abandonó a su suerte. Todos los biógrafos han tomado partido por una u otra de las versiones, y ninguno ha logrado salir con los pies bien puestos. Janet Malcolm es consciente de esa dificultad, la de hacer coincidir las dos versiones, sobre todo porque aunque una de las partes está viva (Ted estaba vivo en aquellos años, 1993) no piensa hablar, se ha convertido no en un hombre en silencio -era el Poeta Laureado de Gran Bretaña- sino en un hombre sin nada más que decir. La que hablaba por él era su hermana Olwyn. Y ella, Olwyn, se convierte en un protagonista del libro de Malcolm, una presencia constante, perversa, manipuladora, que confunde, da y quita, y logra cubrir así la verdad que el biógrafo pretende mostrar.
El que busca aspectos chismosos para saciar su curiosidad, pierde el tiempo con esta biografía donde el tema es, precisamente, hasta dónde es válido contra o biografiar. Quien busca interpretación de sus poemas relacionados con su vida, tampoco alcanzará en este libro una gran satisfacción. Eso no quiere decir que no exista una interesante lectura de la poesía de Plath (Janet Malcolm es una crítica exquisita, ingeniosa y profunda al mismo tiempo) ni datos biográficos atractivas: más allá de la historia de cómo se conocieron en una fiesta, mil veces contada, es interesante la importancia de la madre de Sylvia como una de las responsables de la inestabilidad de la hija. Normalmente, por culpa de una lectura literal del poema "Daddy", se culpa al padre Otto de ser responsable de la fragilidad de la hija; Malcolm muestra que con la publicación de las cartas que Sylvia le envió, la madre no solo mostraba el desinterés por proteger a su hija (en oposición a la hermana de Ted, que hace hasta lo imposible por protegerlo) sino que la exponía en sus momentos más tristes, más lamentables e inestables, rogando, pidiendo, siendo mezquina, hundiéndose. Sin embargo, lo que a Malcolm le interesa es entender a Sylvia y su necesidad de escribir, al mismo tiempo que comprende a Ted y su cansancio ante el acoso. Malcolm solo quiere contar la historia de este romance que no se distingue a ningún otro (el flechazo, los primeros días, las promesas, el matrimonio, los hijos, la rutina, la separación) salvo que los protagonistas son enormísimos poetas.
"El escritor, como el asesino, necesita un móvil" dice Janet Malcolm. Y como una novela negra también puede leerse esta biografía. Hay un cadáver y una investigadora que se reúne con diversas personas, las cuales le dan diversos puntos de vista sobre un mismo hecho y sobre una misma persona. Los pro y los contra se acumulan, y no se limitan a las conversaciones sino a los textos, los artículos, las cartas: todos tienen algo que decir. ¿Y cuál es el móvil de Malcolm? La historia de amor entre Ted y Sylvia es el Aleph al que todo se resume, dice ella, pero la verdadera historia es el encontrar una voz. Encontrarla incluso ante la inminencia de la propia muerte, o de sobrevivir a la celebridad una esposa muerta, o de ponerse a escribir una deliciosa biografía.
Sobre la carátula
Blanco y negro. Ted y Sylvia. Nada más se podía pedir. Cero originalidad.
Otras carátulas
Esta carátula pone el acento solo en ella, Sylvia, y dramatiza su silencio. Lo vuelve épico, cuando es lírico. No va.
Esta tiene a su favor el naranja y verde de atrás, que resalta una foto donde ambos se ven realmente enamorados, como lo estuvieron en efecto. Muy buena.
Otra vez el blanco y negro, pero el hecho de que Plath esté partida por la mitad la vuelve atractiva. Janet Malcolm sabe perfectamente que esa otra parte, la oculta, no la sabrá nadie.
Sylvia Plath convertida en un objeto pop. Tiene que ser. Al menos está riendo. Se ve hermosa, como lo era. Y el naranja, frívolo, pero también cálido, mucho mejor que el blanco y negro. Esta vez la figura no está partida sino puesta en otra dirección, pero la idea es la misma: no sabemos quién es, no tenemos una imagen derecha de ella. Me gusta, pese a que obvia a Ted.