Best of Joy Division (Extended Version)
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Best of Joy Division (Extended Version)
A little part of it in everyone.
But the catastrophe of Trump’s presidency doesn’t mainly lie in the visible damage it has caused. It’s in the invisible damage. Trump was a corrosive. What he mainly corroded was social trust — the most important element in any successful society.
I was reminded of this again reading an extraordinary essay in The Washington Post by former Secretary of State George Shultz, who turned 100 on Sunday. His central lesson after a life that spanned combat service in World War II, labor disputes in steel plants, the dismantling of segregation and making peace with the Soviets: “Trust is the coin of the realm.”
“When trust was in the room, whatever room that was — the family room, the schoolroom, the locker room, the office room, the government room or the military room — good things happened,” Shultz wrote. “When trust was not in the room, good things did not happen. Everything else is details.”
What Shultz attests from personal experience is extensively documented in scholarly literature, too. In high-trust societies — think of Canada or Sweden — people tend to flourish. In low-trust societies — Lebanon or Brazil — they generally don’t.
Trump’s presidency is hardly the sole cause of America’s declining trust in our institutions, which has been going on for a long time. In some ways, his was the culmination of that decline.
But it’s hard to think of any person in my lifetime who so perfectly epitomizes the politics of distrust, or one who so aggressively promotes it. Trump has taught his opponents not to believe a word he says, his followers not to believe a word anyone else says, and much of the rest of the country to believe nobody and nothing at all.
He has detonated a bomb under the epistemological foundations of a civilization that is increasingly unable to distinguish between facts and falsehoods, evidence and fantasy. He has instructed tens of millions of people to accept the commandment, That which you can get away with, is true.
Apologists for this president might rejoin that there are also examples of this form of politics on the other side of the aisle, notably in the person of Bill Clinton. That’s true. But it only causes one to wonder why so many of the same conservatives who vehemently objected to Clinton on moral grounds vehemently support Trump on the absence of moral grounds.
It may take Americans decades to figure out just what kind of damage Trump did in these last four years, and how to go about repairing it. The good news: no global thermonuclear war. The bad: a different kind of radioactivity that first destroys our trust in institutions, then in others, and finally in ourselves. What the half-life is for that kind of isotope remains unmeasured.
Bret Stephens
NYTimes
Abdul Halim Khaddam (in blue suit) as Minister of Foreign Affairs. He later became Vice President of Syria from 1984 until he defected in 2005. Also pictures Prince Saud al Faisal, President Ronald Reagan, and George Shultz...1981
John McCain is the spoiled son of a Navy admiral. As a navy pilot he bombed innocent Vietnamese. As a member of US congress he has voted for most appropriations bills furthering military solutions to diplomatic problems. None of us are "scum," yet some are vicious imperialists who despoil others' resources to feed the imperium. In this clip he presides over a Senate committee hearing that includes three other war criminals giving testimony (a stage show). Henry Kissinger, George Schultz, and Madeleine Albright.
A dead squirrel
Feet>Bike>Car Occasionally I’m reminded of it in subtle ways. On the rare day when I drive my daughter to daycare, it’s a minute long ride. We go there. I drop her off. Collect my kiss. It’s done. When we bike, we feel the wind and see the sun rearing up over the houses. I shout at her to push me up the hill. We coast down the other side and I drag my hand out signaling a left turn. I drop her…
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George Schultz: Talking about losing
“The minute you start talking about what you’re going to do if you lose, you have lost.”– George Schultz.
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Rodney Dangerfield, club owner George Schultz, and Joe Ancis in front of America’s first comedy club - Pip’s
Calentamiento Global: Ciencia, Ideología y Mercados
La última encíclica papal sobre el calentamiento global ha provocado fuertes polémicas en Estados Unidos. Los candidatos presidenciales republicanos en general se han opuesto a ella casi de manera automática e irreflexiva mientras que los demócratas la han apoyado. Para bien o para mal, los debates de la sociedad norteamericana se trasladan al resto del mundo. Al hacerlo muchas veces terminan confundiendo las posiciones. Especialmente porque se asocia incorrectamente la posición de los republicanos a la ideología liberal.
Lo mismo ocurrió con la guerra con Irak. En aquel entonces sin embargo un congresista republicano del estado de Texas se convirtió en una de las voces más críticas de esa desafortunada aventura bélica. Se trataba de Ron Paul, un liberal en el sentido que nuestro lenguaje le da a esa palabra. Al igual que entonces, el debate sobre calentamiento global ha generado error y confusión. En este caso, el de pensar que quienes creen en los principios de la libertad automáticamente deben estar en contra de la hipótesis de que el calentamiento global es producto de la actividad humana. Y una vez más, el público ignora que algunas de las mentes más esclarecidas del partido republicano no comparten el escepticismo de sus candidatos presidenciales.
En 2002 fue Brent Scowcroft, hoy es George Schultz, quien fuera Secretario de Estado bajo la presidencia de Ronald Reagan. Hace poco en una columna publicada en el Washington Post Schultz dejó bien clara su perspectiva sobre el tema: “Mi conclusión es que el planeta se está calentando y que el dióxido de carbono tiene algo que ver con ello. Aquellos que sostienen lo contrario terminarán siendo asaltados por la realidad." Es curioso que quienes ayer, basándose en una evidencia cuestionable (por no decir falsa), estaban dispuestos a ir a la guerra, hoy argumenten que la incertidumbre justifica la inacción gubernamental frente al cambio climático.
El debate sobre calentamiento global no es un debate ideológico, aunque muchos quieran llevarlo por ese camino para promover una agenda propia. Es un debate científico y económico. Tanto la observación propia como la ciencia confirman que el cambio climático es una realidad. El planeta se está calentando y todo indica que esto es el resultado de la actividad humana, más específicamente de la combustión de combustibles fósiles. En un artículo publicado recientemente en el New York Times, el economista Michael Greenstone, titular de la cátedra Milton Friedman en la Universidad de Chicago, advirtió que si se extraen todos los combustibles fósiles accesibles con la tecnología actual la temperatura del planeta aumentaría casi 9 grados centígrados, lo cual significaría una catástrofe.
La cuestión es que hacer al respecto. Y aquí es donde la economía se introduce en el debate. Porque reducir la emisión de gases de carbono tiene un costo no desdeñable. Hoy casi el 85% de la energía que consume la economía mundial proviene de combustibles fósiles como el petróleo, el gas y el carbón. Limitar o prohibir su consumo de manera abrupta reduciría significativa y abruptamente el crecimiento económico. Quienes hoy gozan de un alto nivel de vida quizás piensen que esta es una consideración irrelevante. Pero no lo es para la amplia mayoría de los seres humanos.
¿Cuál es la solución entonces? Tomar conciencia del problema es el primer paso para encontrarla. En ese sentido, el objetivo de Laudate si es encomiable “Lamentablemente, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás,” advierte la encíclica. “Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas. Necesitamos una solidaridad universal nueva.”
El Papa reconoce que “no hay un sólo camino de solución”. Aunque laudable, su llamado a la solidaridad universal no alcanza. O sea que la solución hay que buscarla por otro lado y con cierta urgencia, ya que como bien dice Lars Hansen, otro economista de Chicago que ganó el premio Nobel en 2013, aunque no tengamos aun plena certeza sobre los efectos del cambio climático “sería prudente actuar ahora porque cualquier retraso puede significar un costo enorme en el futuro.” Es decir, sería no sólo prudente sino también racional “comprar” una póliza de seguros, porque el costo potencial del calentamiento global excede en mucho a sus posibles beneficios (por ejemplo, más rotaciones y mayores rendimientos para ciertos cultivos).
Según Hansen, es necesario diseñar e implementar políticas a nivel global simples y transparentes para limitar la emisión de CO2 y a medida que avance la ciencia ir ajustándolas. ¿En que consisten esas políticas? Schultz ofrece una respuesta. En primer lugar, propone destinar más fondos públicos a la investigación y desarrollo de energías alternativas. Segundo, utilizar los incentivos del mercado para reducir la demanda de energía fósil. Hace medio siglo, otro premio Nobel, el economista ingles Ronald Coase, demostró que cuando ciertas actividades económicas tienen efectos secundarios que causan perjuicio a la comunidad (es decir, cuando su costo privado es menor a su costo social), la mejor manera de resolver el problema es imponiendo el costo de mitigarlos a quienes lo pueden hacer de manera más eficiente. En el caso que nos concierne, se trata de establecer simultáneamente a) un impuesto a las emisiones de carbono con alícuotas crecientes (carbon tax) y b) cupos de emisión que puedan ser transados libremente en el mercado (cap and trade).
Hace 300.000 años nuestros ancestros aprendieron como controlar el fuego. Fue un avance tecnológico que tuvo enorme impacto sobre la evolución de la especie humana y su relación con el resto de los seres vivos. El homo erectus llegó a vivir casi dos millones de años sobre este planeta sin destruirlo. ¿Podrá lograr lo mismo el homo sapiens?