Para el agricultor, una promesa de cosechas; para el ingeniero, un campo de mediciones; para el militar, claro, un campo de batalla; para el excursionista, una serie de distancias que recorrer; para el geógrafo, una complicada fracción del Planeta, para el automovilista, un panorama inconexo cortado por una serpiente de cemento que está obligado a tragarse; para el alpinista, un manto azul que se extiende a sus pies; para un presidente municipal, el área de sus roberías. Para el citadino, el paisaje no existe. Pero para un pintor, para el artista, para aquel que pueda captar un fragmento a la vasta extensión de los cielos y la tierra, para un caminante, para un indio -ser contemplativo por excelencia-, el paisaje es el ritmo de ondas que la Naturaleza extiende, tal vez generosamente, donde saturamos el espíritu de excelsas sensaciones de belleza y de energía.