© Text and photo by Elena Panzetta
PAS
(Self-portrait, Barcelona, 2021)
Tener alta sensibilidad es un poco como tener el cuerpo en carne viva y el corazón expuesto a la intemperie. Sientes más, de todo. No es fácil.
El otro día, en un momento de desánimo, mi madre, que normalmente es la pesimista de la familia, me sorprendió y alentó con la siguiente afirmación: “Elena, nosotras sufrimos más por todo, pero vibramos también más por todo. Captamos matices que no todo el mundo ve. Nos emocionamos hasta lo más profundo de nuestro ser. Una música, un libro, una caricia, un insecto que vuela. Somos incansables detectoras de belleza. Y aunque el precio a pagar sea a veces muy alto en términos de emociones negativas, yo no cambio por nada al mundo mi sensibilidad con la indiferencia y superficialidad de muchos.”
Pues sí, mamá, si al fin y al cabo estoy de acuerdo contigo, lo admito a regañadientes, porque es mi eterna lucha interior, pero en el fondo sé que hasta uno solo de esos escalofríos, tan solo uno de esos, que me recorren entera como una descarga eléctrica, vale todo un camino de oscuridad.
“Even when I feel nothing, I feel it completely” (Sylvia Plath)

















