Robert Brigance
|[Antecedentes: http://hunter-b-lutzwin.tumblr.com/post/132401135948/nephilim ]|
13 de septiembre de 2015, Sector Áquila, Alaska.
— Has hecho un buen trabajo. – Alegó Hadrien contemplando la “semi-gracia” del Nephilim buscar una salida del pequeño frasco de cristal.
El asesino sólo asintió, pero para cuando izó la vista Al Sah-Him, su antiguo yo se encontró con su pasado: Tras la figura del líder de La Luz Negra había un individuo con una máscara. Algunos de sus rasgos faciales se lograban distinguir por encima de ella, pues parecía estar fabricada de una refinada lámina de neopreno y se hallaba divida simétricamente en la mitad del rostro, cada parte de un color, la parte izquierda en blanco roto y la derecha en negra.
Su indumentaria también era oscura pero no era de La Liga de Asesinos, más bien se asemejaba a la de un mercenario. Parecía estar recubierto por varios escudos. Uno de ellos era un chaleco bastante grueso, aparentemente de fibra, que configuraba la punta de un triángulo en cada serie que lo conformaba, dividiéndose en su esternón, a cada lado, y sujeto por dos correas a un cinturón como los que llevan los alpinistas.
El chaleco ascendía hasta el cuello protegiéndolo como una camiseta de cuello vuelto y se dividía en dos ramas a cada uno de sus brazos, con las mismas placas rectangulares que conformaban el triángulo en los mismos, hasta llegar al antebrazo. A partir de ahí tenía atados unos gruesos guantes que le cubrían hasta la mano, respaldándose el envés de la misma en una voluminosa y visible placa que encapotaba sus nudillos. El pantalón incluía rodilleras amarradas también con dos filas de correas. Y, por último, en una cinta transversal que cubría el torso del mercenario, parecían haber tres explosivos o bombas de humo. A parte de ellos, la única otra arma que podía verse era una especie de espada o de cuchillo cuyo mango asomaba por su espalda.
Algún desconocido día atrás en 2007, Liàn Yú.
El náufrago Hunter Brigance se encontraba colgado a un macizo poste de madera en el interior de una tienda de campaña. Le faltaba el aire y las fuerzas. Pero no diría nada acerca de su salvador. O si no era un salvador, del hombre que le estaba enseñando a sobrevivir.
— No sé por qué le proteges. Eres joven y estúpido. Tal vez tú tampoco sepas por qué. Piénsatelo cuando supliques la muerte. — Dirigió la mirada hacia el hueco de la puerta — Todo tuyo.
El mercenario se adentró en la caseta y con la vista de Fyers, el hombre que le había amenazado de muerte, le atravesó a Hunter, entre las dos últimas de sus costillas derechas, con la espada, haciéndole gritar de dolor, a medida que todos sus tejidos internos iban cediendo al acero.
13 de septiembre de 2015, Sector Áquila, Alaska.
— Sabes que es cierto, Al Sah-Him, que, en cierto modo, todo esto hasta llegar hasta aquí estuvo planeado, que no naufragaste hasta llegar a Liàn Yú, sino que te enviaron allí. ¿Por qué esos hombres, como este de aquí – dio un paso hacia atrás para situarse a la misma altura que el enmascarado – te torturaron pero nunca te mataron? Nunca te torturaron, te pusieron a prueba… Nunca te cazaron… Te entrenaron, como ahora estoy haciéndolo yo.
— Cállate. — Amenazó a su maestro, al que no pareció interesarle, aclamada su mente por años de experiencia y conocimiento acerca de la psicoanálisis humana.
— En tu interior sabes perfectamente quién le hizo eso a Hunter. Sabes quién le envío allí. — Le desdobló la personalidad al considerarle ahora un hombre nuevo.
— No — Gruñó con el aspecto de frío asesino con el que había ejecutado al Nephilim horas antes.
Y entonces una tercera voz se unió a la conversación:
— Lo siento, Hunter o Al Sah-Him, como te llamen ahora, pero no tuve opción. Después de morir, tuve que llevarte a la isla para mantenerte a salvo, para prepararte para la guerra. Eres un excelente soldado, mira la marca de tu brazo, siempre estuviste destinado.
— ¡No...! — Frunció el ceño y sus ojos comenzaron a mimetizarse en la opalescencia. Incluso una de sus manos se había consagrado sigilosamente a empuñar su respectiva espada. No permitiría que hablase el hombre enmascarado.
— Sí, soy yo, hijo… Estoy vivo.
Sus ojos se abrieron, más allá del índice normal en lo que hacían. No había existido nada que pudiera despertar sorpresa en su alma corroída por la sangre, hasta ese momento: cuando el mercenario se deshizo de su máscara y dejó ver su semblante, el rostro de Robert Brigance.



















