𓏲ּ𝄢 need to know jjk au (jjk boys x lectora)
introducción
1. frat gojo
curiosidades del personaje: es el típico idiota, asiste a cada fiesta habida y por haber, pero de alguna u otra forma sus notas siempre son buenas. estudiante de pedagogía. piensa con el pene. fue tu compañero en la clase de historia.
advertencias: sexo sin protección (ustedes no lo hagan), sexo oral, penetración, mención de alcohol. CLICHÉ BARATO. sujeto a ediciones. puede haber errores ortograficos.
n/a: HACE MUCHO NO ESCRIBO HETERO, así que perdón si no es lo mejor, los demás caps van a ser mejores lo jurooo, gracias por leer
art: thatsallitchief on ig, x
Ir a una fiesta universitaria era algo que nunca imaginaste hacer. No porque fueras antisocial ni nada parecido; simplemente, nunca lo habías considerado. Repetir el año en la carrera había sido un golpe más pesado de lo que admitías. Mientras tus amigos avanzaban en la carrera y hasta parecía que en la vida, tú te habías quedado atrás, sola en la mayoría de los aspectos, intentando concentrarte únicamente en cómo mejorar tu situación.
Por eso te sorprendió que fueran ellos mismos quienes insistieran en llevarte a una fiesta justo al comienzo del semestre. No esperabas que cayeran tan fácil en esa tentación… ni que tú aceptaras.
El ambiente era extraño. Ruidoso. Excesivo. Y, aun así, estabas más permisiva que otras veces.
Había demasiada gente: cuerpos pegados, alcohol derramado, humo mezclándose con luces de colores. Algunos bebían sin medida, otros se besaban sin pudor, incluso había quienes parecían no tener problema en cruzar ciertos límites a la vista de todos. Era caótico. Incómodo, incluso. Pero no tuviste demasiado tiempo para pensarlo, te habías puesto una meta ese año: disfrutar.
Choso, tu mejor amigo, te tomó de la cintura y te atrajo hacia él con naturalidad. Te puso una lata de cerveza cerrada en la mano mientras rodeaba tu cuerpo con un abrazo cálido, protector. El pelinegro era muy bueno leyendo a las personas, más cuando se trataba de su mejor amiga, por ende, no tardó en reconocer que algo estaba pasando en tu cabeza.
—Vamos, bonita, cambia esa cara —murmuró con una sonrisa ladeada, dejando suaves caricias en tu cintura.
Rodaste los ojos, pero le devolviste el gesto. La lata estaba fría entre tus dedos. Miraste alrededor: tus amigos reían, gritaban, se movían como si nada pesara esa noche. No querías ser la aguafiestas. Sabías que también te habían extrañado, que la dinámica entre ustedes no había sido la misma desde que repetiste el año.
Así que abriste la lata. El sonido seco del aluminio rompiéndose pareció marcar una decisión silenciosa. Diste un trago y te dejaste llevar, mezclándote entre los demás, moviendo el cuerpo al ritmo de la música.
No costó demasiado. La combinación de alcohol y risas conocidas fue suficiente para aflojarte. Terminaste bailando sin pensar tanto, disfrutando más de lo que querías admitir.
Choso se colocó detrás de ti, sus manos firmes en tu cintura, guiando tus movimientos con confianza. A un lado, Shoko y Mei Mei bailaban, la castaña apoyó el brazo sobre tus hombros y comenzó a moverse contigo, sincronizando las caderas al compás de la canción.
Por un momento, el peso del semestre, del año repetido, de las comparaciones… se desvaneció.
Y simplemente estuviste ahí.
Por otro lado, a unos metros de tí, Satoru no podía creer lo que veían sus ojos. Bajó la mirada hacia su vaso, como si necesitara comprobar que no había mezclado nada extraño. Pero no. Estabas allí. En la primera fiesta del semestre. Bailando.
Y no de cualquier forma.
Siempre habías sido un enigma para él. En clase te sentabas sola, apenas hablabas, vestías de negro como si el resto del mundo fuera demasiado ruidoso. Llamabas la atención sin intentarlo: los piercings brillando bajo la luz blanca del aula, las mangas subiendo lo suficiente para dejar ver líneas gruesas de tinta sobre tu piel. Nunca enseñabas demasiado, pero lo poco que mostrabas era suficiente para que su imaginación hiciera el resto.
Y ahora…
Ahora estabas ahí, moviéndote con una seguridad que no encajaba con la imagen silenciosa que tenía de ti.
Te había observado durante meses. Desde lejos. Siempre desde lejos. Incluso había hartado a Suguru hablando de tí. Hasta que, de repente, desapareciste al final del semestre. Y eso lo había frustrado más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Su mente solía divagar en clase, preguntándose qué escondías bajo esa ropa oscura, qué secretos marcaban tu piel, cómo sonaría tu voz si no estuviera medida, si no estuviera contenida.
Pero verte esa noche era distinto.
Había algo en la forma en que te movías, en cómo la gente se acercaba demasiado, en cómo una mano descansaba con demasiada confianza en tu cintura. Algo en su pecho se tensó.
¿Quiénes eran ellos?
¿Por qué estabas tan cómoda?
¿Y desde cuándo bailabas así?
Terminó su trago sin apartar la mirada y comenzó a abrirse paso entre la multitud, acercándose cada vez más, viendo tu cuerpo con esplendor. Sus amigos lo vieron con sorpresa pero no se hicieron mucho drama al notar que tu eras la razón de su comportamiento.
Ese día llevabas shorts negros engomados que se ajustaban a tus curvas como si hubieran sido hechos a tu medida, tus regordetes muslos siendo aprisionados por la pobre tela. Arriba, una camiseta negra modificada lo justo para dejar un hombro al descubierto y parte de tus tatuajes insinuándose bajo la tela.
Te veías distinta. Más libre. Más peligrosa.
Algo en él se encendió con intensidad.
Y por primera vez en mucho tiempo, no quería observar desde lejos.
Se acercó con calma, buscando la confianza que siempre lo había caracterizado. Normalmente actuaría como lo hacía con cualquiera: sonrisa fácil, frase ensayada, resultado garantizado. Pero tú no eras cualquiera, le causabas algo de nerviosismo.
Habías desaparecido al final del semestre anterior sin previo aviso, y ahora reaparecías ahí, en su territorio. Casi parecía una provocación del destino.
Cuando llegó a tu ronda, lo miraste. Hubo sorpresa en tus ojos, sí, pero tu expresión no cambió. Seguías seria. Imperturbable. Tus amigas lo saludaron con confianza y él correspondió, mientras que su mirada no tardó mucho en volver a posarse sobre tí.
—Hola, linda. ¿Eres nueva por aquí? Primera vez que te veo en mis fiestas… —sonrió de lado, inclinándose apenas hacia ti. —. Estás preciosa.
Notó de inmediato la mano del chico de cabello oscuro, tatuaje en el rostro, firme sobre tu cintura. Demasiado firme. Algo en su expresión se deformó, pero no iba a hacerse para atrás.
Lo observaste unos segundos, como si lo estuvieras evaluando.
—¿Y tú eres…? —preguntaste sin rodeos.
Sabías perfectamente quién era. Era imposible no reconocerlo. Pero no ibas a ponérselo fácil. No cuando conocías su reputación. No cuando sabías exactamente qué tipo de chico era y como veía a las mujeres.
La sonrisa de Gojo se tensó apenas. Algo en tu mirada lo descolocó. Durante años había tratado a todas las chicas bajo el mismo patrón, convencido de que funcionaba siempre. Pero tú no estabas reaccionando como esperaba.
Y eso lo estaba alterando más de lo que quería admitir.
—Satoru. Satoru Gojo —respondió con soltura recuperada—. ¿Y tú, belleza?
Alzó apenas una ceja cuando notó la forma en que lo observabas. No como alguien impresionada. Sino como alguien que decide.
Dijiste tu nombre con claridad, sosteniéndole la mirada. La tensión entre ustedes era casi palpable. Era atractivo, claro que lo era. Alto, seguro, sonrisa peligrosa. Y él lo sabía.
Pero tú también sabías el efecto que estabas teniendo.
Jugaste distraídamente con la barra de tu lengua, sin apartar los ojos de los suyos.
—¿Les das la bienvenida así a todas las nuevas en tus fiestas? —preguntaste con una media sonrisa que rozaba lo desafiante.
Choso aflojó la mano en tu cintura, notando el cambio en el aire. No se alejó, pero tampoco intervino. Conocía a Satoru. Y sabía que cuando algo no salía según su guión, se volvía interesante.
Gojo soltó una risa baja, inclinándose un poco más hacia ti. La distancia entre sus cuerpos se redujo lo suficiente como para sentir el calor que emanaba su piel. Hasta podías sentir su loción.
—Solo a las que realmente lo merecen.
Su mano rozó tu hombro descubierto con lentitud deliberada. Sus dedos bajaron apenas por tu piel, recorriendo la línea de tu cuello antes de detenerse en tu mandíbula, sosteniendo tu rostro con suavidad calculada.
No apartaste la mirada.
Sentiste el roce como una chispa directa bajo la piel. No eras ingenua; sabías exactamente lo que estaba pasando. Y también sabías que él estaba acostumbrado a tener el control.
Pero esa noche…
No pensabas dárselo tan fácil.
Podías desearlo. Podías imaginarlo. Pero también podías jugar.
Y si ibas a caer, sería bajo tus propias reglas.
Tu mano viajó por su pecho hasta buscar el dobladillo de su camiseta y lo acercaste hacia ti aún más, juntando sus cuerpos en un lento vaivén que acompañaba la música. Su colonia masculina inundó tu nariz una vez, funcionando como una droga. Te acercaste a su oído, susurrando con la voz desinteresada, disfrutando de su presencia cerca tuyo.
—¿Y si vamos a un lugar más privado?
Su respiración se cortó al escuchar tu voz tan cerca, sintiendo la calidez de tu aliento sobre su piel. Y eso fue suficiente para que Satoru tomara tu mano y sin más te guiará por la casa, subiendo las escaleras. Fue vivo y te hizo ir delante de él, solo para ver como tus regordetes muslos se movían mientras subías las escaleras, siendo contenidos por esos shorts apretados que no dejaban nada a la imaginación.
Escuchaste la voz de Choso llamándote a lo lejos, pero apenas giraste el rostro para mandarle un beso al aire antes de desaparecer por el pasillo. Sabías que estaría bien. Choso siempre sabía arreglárselas solo… y probablemente también encontraría con quién distraerse esa noche.
Shoko y Mei Mei te miraron desde la pista, levantando sus vasos en señal de apoyo. Una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios mientras te hacían un gesto exagerado de “buena suerte”.
Rodaste los ojos, pero no pudiste evitar devolverles una media sonrisa antes de seguir caminando.
La música se volvía más lejana a medida que avanzabas por el pasillo, el aire más fresco, más denso. Y, por primera vez desde que habías llegado, sentías que estabas tomando una decisión completamente tuya.
Te llevo hasta una habitación al final del pasillo, esta estaba cerrada con llave, por ende tardó unos segundos en dejarte entrar. La desesperación era palpable en él, ya que maldecía con cada segundo que no estaba tocando tu cuerpo y sus piernas se movían ansiosas. Cuando la abrió, pasaste con calma, no queriendo lucir desesperada, pero no importo ya que al segundo de poner un pie en su habitación, te atrapó contra la puerta, besándote de forma desordenada y deseoso.
Sus grandes manos iban por todo tu cuerpo, acariciando tu piel, presionando tus pechos o manoseando tu trasero. El peliblanco estaba extasiado, no sabía donde tocar, estaba tan deseoso de tocarte entera que se estaba volviendo loco con cada segundo que pasaba.
No recuerdas cuánto duró pero estuvieron un buen rato contra la puerta, besándose con fiereza. Sus ásperos dedos recorrían tu cuerpo una y otra vez, mientras tu, en un inicio tímida, acariciaste sus duros pectorales por encima de la camiseta con calma. Pequeños gemidos salían de tu boca cuando sus dedos pellizcaban tus pezones, acompañando sus suspiros cuando restregaba su dura erección vestida contra ti.
—Vamos preciosa, no aguanto más— dijo ronco y te tomó en brazos, llevándote a la cama. Soltaste un sonido de sorpresa al ser elevada, pero al segundo después estabas contra el colchón.
Ya en la cama, desde abajo, viste a Satoru con deseo. Sus cabellos estaban desordenados, sus labios hinchados y manchados con tu labial, mientras respiraba con algo de dificultad. Parecía que le gustaban mucho los besos, que volvió a subirse encima tuyo solo para comerte la boca mientras tocaba tu cuerpo una vez más.
—Estas tan buena, me encanta— murmuró contra tu boca mientras sus manos acariciaban tu cintura. Sus manos fueron al dobladillo de tu camiseta, sacándola de un tirón, dejandote en brasier.
Suspiro al ver tu piel, hundiendo su cabeza en tus pechos antes de sacarte el brasier. Hizo lo mismo con tu short y tus bragas, pero no querías ser la única desnuda, que paraste sus movimientos. Lo viste a los ojos mientras tu boca recorría su cuello con lentitud y tus manos buscaban los inicios de su ropa, ayudandolo a sacarse la camiseta y el jean, viendo su cuerpo con algo de sorpresa y deseo.
Parecía ser alguien delgado, obviamente en buena forma, pero no pensaste que escondía aquellos abdominales bajo sus camisetas grandes. Tocaste su pecho más de una vez mientras él se deshacía de su boxer con impaciencia, dejando a la vista su duro y rojizo pene. Tenía algo de bello creciendo, dándole un aura masculina. Estaba completamente erguido, su mojado glande pegado a su estómago. Por un momento, pensaste que no entraría, era muy largo y venoso, podría llenarte de una.
—¿Me la chupas?— murmuró mientras acariciaba toda su extensión, mordiendo su labio inferior con desesperación. Verte ahí, desnuda en su cama, lo ponía aún más caliente y ansioso. Sus manos ya no sabían donde tocar o que hacer, quería que fueras suya eternamente.
Por tu lado, lo pensaste un momento, no eras fan de darle sexo oral a los hombres, siempre eran experiencias incomodas, pero asentiste solo para seguirle el juego, podría ser divertido como juego previo.
Se sentó en la cama, con la espalda apoyada en el respaldo, viéndote con deseo, sus ojos azules más brillantes que nunca. Te ubicaste entre sus piernas, acariciando sus piernas hasta llegar a su pene con lentitud, sintiendo toda su extensión contra tu palma. Ya estaba muy rojo y goteante, pasaste tu lengua lentamente por la cabeza, chupando sus jugos.
Un suspiro ronco salió de su boca ante el primer contacto, por lo que aumentaste la cercanía, deseando escucharlo más. Te gustaba que no fuera alguien callado en la cama, era muy excitante escuchar su voz ronca soltar leves gemidos o lamentos. Como era algo largo, lo tomaste con una mano mientras lo introducías en tu boca, ahuecando tus mejillas, comenzando con lentos y calientes movimientos. Tu lengua húmeda lo recorrió de arriba abajo, chupando sus bolas y jugando con su hinchado glande, sabiendo que eso era algo que los volvía locos.
No tardo y una de sus manos fue hasta tus cabellos, agarrándote con algo de fuerza dominante, tratando de manejar el ritmo y aumentar el contacto. Rodaste los ojos mientras dejabas que moviera tu cabeza a su gusto por unos momentos, escuchando sus suspiros ahogados cuando aumentaba la velocidad. Fue un poco incómodo seguirle el ritmo, pero tenerlo de esa forma tampoco era algo tan malo. Se veía lindo apretando la sabana y maldiciendo al tenerte entre sus piernas comiendo su pene.
—M-me voy a correr, linda, en tu boca, ¿si? Trágalo todo.
Una advertencia fue suficiente, que segundos después, se vino en tu boca. Chorros calientes pintando tu garganta por largos segundos. No lo saco hasta que se corrió por completo, deseando que lo tragues entero. Una actitud algo dominante, pero de todas formas lo hiciste, limpiando tus comisuras segundos saboreando su caliente semilla.
Con algo de dolor en la mandíbula, te ubicaste más arriba de él, esta vez tu trasero encima de su húmedo pene, rozándolo un poco. Aún estaba algo flácido, por lo que soltaste una risita, acariciándolo con lentitud.
—No sabía que te cansabas tan rápido— lo molestaste, moviendo tus caderas sobre su pelvis, aumentando la fricción. Él soltó un suspiro ante el roce, aún sensible.
Tus manos acariciaron sus mejillas por segundo, disfrutando de verlo perdido bajo tuyo. Estar arriba de ellos era la pose que más te gustaba, preferías llevar el ritmo tú misma y sentirlos deshacerse bajo tuyo.
—Eso no es un problema, bonita— murmuró mientras acariciaba tu trasero, abriendo tus nalgas de vez en cuando, dejando fuertes apretones. Atrajo tu boca y te dio un duro y húmedo beso mientras seguía apretando tu trasero con fuerza, dejando alguna que otra nalgada.
Al segundo lo sentiste duro nuevamente entre tus manos. Sonreíste en medio del beso, acariciándolo un poco y extendiendo el pre semen por toda su extensión. Alzaste un poco las caderas, ubicándolo en tu entrada. Lo metiste con algo de calma, hace mucho no eras penetrada de esa forma, por ende estabas algo apretada y debías acostumbrarte a su extensión.
Un gemido pesado salió de su boca al sentir tu caliente interior y como tus paredes se pegaban a su duro pene.
Esperaste unos segundos ahí, disfrutando de la sensación de estar llena por completo Toda su extensión llenándote. Su pene era largo, venoso y caliente. Hasta lo podías sentir si tocabas tu estómago. Soltaste un gemido echando tu cabeza hacia atrás ante el primer movimiento de tus caderas, creando un lento vaivén que de a poco se volvió frenético y obsceno. Atrajiste su cabeza a tus pechos, esperando que los chupara.
Gustoso aceptó mientras contribuía a tus movimientos, alzando su cadera de vez en cuando, notando como disfrutabas ser llenada en esa posición. Tu cuerpo temblaba bajo su palma mientras tus gemidos inundaban la habitación junto al caliente chapoteo. Su pene estaba completamente en tu interior, siendo aprisionado por tus húmedas y calientes paredes, rozando tu punto con vehemencia.
—Tan bonita, moría por tenerte así sobre mi, preciosa— confesó con algo de dificultad, acariciando tus tatuajes con admiración, dejando lamidas y mordidas por todo tu cuerpo. Su cadera seguía moviéndose contra ti, logrando que su miembro entrara más profundo con cada movimiento de pelvis. Tus nalgas contribuían al sonido fogoso que llenaba la habitación con cada embiste.
La sensación era gloriosa, como su grueso pene acariciaba tu punto con cada embiste era perfecto. No podías dejar de pensar en lo llena que te sentías. Todo tu cuerpo víctima de la sensibilidad mientras lo tenías bajo tuyo lamiendo cada parte de tu cuerpo, apretando tus pechos o mordiendo tus pezones. Estabas tan perdida en el placer que pequeños hipidos salían de tu boca, sollozando su nombre y repitiendo de lo bien que te sentías.
—Mm, Satoru, es, si…se siente— no podías lograr formar una frase entera. Tu cuerpo ya estaba sucumbiendo ante el deseo. Tus piernas temblaban ante el esfuerzo que hacías moviéndote, sintiendo cada embestida con todo tu ser. Estabas a nada de correrte, que sus movimientos solo aumentaban tu placer. Su mano izquierda apretó con fuerza tu nalga y sin pensarlo te dio una fuerte nalgada. El impacto recorrió todo tu cuerpo, siendo el último detonante para que te corras.
Soltaste un fuerte gemido, moviendo tu cadera con frenesí mientras te apretabas contra el de forma criminal, exprimiendo su duro miembro en tu interior. Él gimió contra ti al sentir tus jugos bañarlo y como tus pareces ahogaban su pene. No llegaste a descansar, que sus brazos te tomaron de la cintura y sus caderas retomaron el vaivén, esta vez, él buscando su segunda liberación. Sollozaste contra su hombro al sentir tu punto ser acariciado nuevamente de forma criminal, estabas muy sobreestimulada, ya no podías sentir tus piernas, todo tu cuerpo aun estaba experimentando el orgasmo dejándote atontada.
—Te voy a llenar otra vez, preciosa— murmuró con dificultad, moviendo sus caderas contra tu vagina una vez más, hasta llenarte entera. Como hizo antes, no saco su pene hasta dejarte llena, acariciando tu cuerpo como antes, jugando con tu cintura, acariciando tus pechos o besando los tatuajes de tu hombro. Disfrutando de tenerte en sus brazos.
Pasaron unos segundos recomponiendose, hasta que te recosto en la cama, él a tu lado, acercándote a su pecho.
—Mierda, hace mucho quería tener así, fue mucho mejor de lo que pensé— dijo sin vergüenza mientras se acercaba a ti nuevamente, dándote otro beso fogoso mientras su mano acariciaba tu piel.
Suspiraste en medio del beso, mientras tu dedos recorrían su hombro hasta caer en su pecho. Era un idota muy guapo, no lo ibas a negar y el sexo había sido bueno, pero no podías quedarte ahí, no cuando tus amigos estaban abajo y seguro Choso estaba más que preocupado.
Estuvieron un rato más, besandose y tocandose, retrasando la despedida, hasta que decidiste que era momento de irte. Te cambiaste, con algo de dificultad. Tus piernas aun temblaban, por lo que con lentitud te arreglastelo mejor posible y alzaste tu pequeño bolso que había quedado olvidado.
—Llamame si quieres pasar el rato— dijo ronco detrás de ti, manoseando tu culo por última vez antes de abrirte la puerta. Le dedicaste una pequeña y pícara sonrisa antes de irte, volviendo a la fiesta y a tus amigos.
Estabas hecha un desastre, pero también sabías que ya habías cumplido tu cometido esa noche. Con el cabello ligeramente revuelto y la mente aún girando por el ruido de la fiesta, te abriste paso entre la gente hasta encontrar a tus amigas para avisarles que te ibas.
Choso no estaba por ningún lado. No te sorprendió demasiado; probablemente ya estaría ocupado en algún rincón del lugar, perdido en sus propias distracciones.
Mei Mei y Shoko sí estaban allí cuando llegaste. Cada una parecía concentrada en lo suyo, hablando con otras personas entre risas y vasos medio vacíos. Cuando notaron tu presencia, te miraron con complicidad, como si ya supieran exactamente cómo había ido tu noche.
No hicieron demasiadas preguntas. Solo te recordaron, casi al mismo tiempo, que les avisaras cuando llegaras a tu dormitorio.
Asentiste con una pequeña sonrisa antes de despedirte.
La música seguía vibrando detrás de ti cuando saliste de la casa, pero el aire fresco de la noche te recibió con una calma que no habías sentido en horas. Mientras caminabas de regreso al campus, no pudiste evitar pensar que, de una forma u otra, algo había empezado esa noche.
Y no estabas muy segura de querer detenerlo.
















