Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar;
podrá romperse el eje de la tierra
como un débil cristal.
¡Todo sucederá! Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.
—𝐑𝐢𝐦𝐚 𝐗𝐂𝐈, 𝐆𝐮𝐬𝐭𝐚𝐯𝐨 𝐀𝐝𝐨𝐥𝐟𝐨 𝐁𝐞́𝐜𝐪𝐮𝐞𝐫.
Vancouver, British Columbia, Canada.
November 19th, 2018.
Checando por última vez la hora, Nora bloqueó la pantalla de su móvil y lo volvió a guardar en el bolsillo delantero de su pantalón. Ambos habían acordado en ir a un parque cercano del lugar de su trabajo en Vancouver, ya que Nora le había mandado un mensaje señalando que debía contarle algo muy importante y que no podía esperar. Las manos le temblaban y el nerviosismo recorría cada parte de su cuerpo. La rubia había tomado la decisión de confesarle todo, pues no tenía sentido seguir ocultándolo y reprimiéndolo. Si algo sus padres le habían enseñado, era que no podía evadir lo que sentía en su interior por más que así lo quisiera. Debía ser valiente y asumirlo, porque sentir no era algo que podía considerarse “malo”. No obstante, le daba miedo el cambio y que todo eso conllevara a un futuro incierto, en donde todo resultara mal.
Si bien estaban en pleno otoño, el invierno ya se hacía presente. Nora estaba sentada en una banca teniendo una perfecta vista hacia un par de toboganes, columpios y entre otros juegos. Era un ambiente bastante tranquilo, amigable, familiar, en donde la risa de los niños se hacía presente. Un largo suspiro se escapó de su boca, sus dedos jugaban con el dobladillo de su chaqueta mientras esperaba su llegada. A lo lejos, a su izquierda, divisó una figura acercándose. Quedándose sin aliento, se dio cuenta de quién se trataba. Era él. Su corazón empezó a latir rápidamente y sus piernas, de pronto, le fallaban. Ya no estaba tan lejos, por lo que pudo distinguirlo mucho mejor que antes.
—Hola... —le saludó aún sentada. —Perdón por el mensaje, no es algo grave o algo por el estilo. Sólo es... importante. ¿Quieres caminar un poco? Hace un poco de frío y creo que sería bueno entrar en calor.
Internamente, Nora se maldecía por no parar de hablar, ni por darle la oportunidad de decir algo. Ella observó que Jace había fruncido el ceño, pero inmediatamente lo había reemplazado por una sonrisa y le respondió a la rubia con un suave asentimiento de cabeza. Nora había repasado en su mente un millón de veces las palabras que iba a decir, incluso, había incluido un par de chistes para no hacer tan pesado el mensaje y suavizar cualquier impacto negativo hacia ella o hacia su amistad. Tenía mucho miedo de la respuesta, pero era tiempo de ser honesta con él. Y, por sobre todo, consigo misma.
—Bueno... creo que es momento de explicar por qué era tan urgente lo que debía decirte, ¿no? —comenzó la rubia. —Yo sé que esto lo hablamos y te había dejado en claro ciertas cosas, que necesitaba tiempo... pero ese mismo tiempo me hizo entender muchas otras cosas.
Ambos caminaban uno al lado del otro. Mientras Jace la miraba tratando de comprender qué era a lo Nora que se refería, ella tenía puesta su mirada en el suelo, incapaz de verle la cara.
—Sé que habíamos quedado como amigos. Sé que me explicaste que yo era muy importante para ti y que nada iba a cambiar, pero... todo cambió —tomando un ligero respiro, prosiguió. —Pero no te asustes, es decir, no es que sea algo malo o que nuestra amistad se vea en peligro. O sea, puede ser por cómo te lo tomes, pero tampoco tiene que ser tan malo.
—Nora —la llamó Jace, capturando la mirada de la rubia mientras colocaba una mano en su hombro. —Respira, no le des tantas vueltas y ve al punto, porque me estás colocando muy ansioso con todo esto.
—Lo siento... estoy algo nerviosa, ya sabes que cuando estoy así, empiezo a hablar de cualquier otra cosa y pierdo el hilo de lo que estoy hablando. Bien, como decía —prosiguió, pero volvió a mirar el suelo mientras regresaban a su caminata y Jace retiraba su mano sobre el hombro de la rubia—, hay algo que cambió y no era capaz de aceptarlo por miedo a la incertidumbre, a pesar de que yo sé lo que sientes por mí o, bueno, sentías. Es solo que... tengo miedo a arruinar algo que quizás no podamos en un futuro arreglarlo. Tengo miedo de hacer daño, entre otras cosas, pero hay algo mucho más fuerte que deja todas esas inseguridades atrás.
Tomando una profunda bocanada de aire y dejando de jugar con sus propios dedos, Nora se paró frente a él, recobrando toda esa fuerza de valentía que necesitaba.
—Probablemente, llegué demasiado tarde. Quizás ya no sientes eso por mí y lo entiendo. Sin embargo —sus ojos se encontraron con los de él, rogándole con la mirada que no se espantara—, estoy sintiendo cosas por ti. No puedo dejar de pensarte como algo más que un amigo. Y si me lo permites, si me das el permiso necesario, quiero que me des una oportunidad para conocerte de esa forma, si es que no es demasiado tarde para hacerlo. Te quiero y sé que me voy a arrepentir por el resto de mi vida si no me atrevo. No sé si esto vaya a funcionar, no sé si esto tenga futuro alguno, pero quiero intentarlo. Contigo, si así aún lo quieres.
—Yo sé que somos muy distintos —prosiguió la rubia, aún sin dejarlo hablar—, sin embargo, hay algo en ti que me hace querer estar a tu lado, hablar de todas esas tonterías que vienen a mi cabeza o de aquello por lo cual te ríes y me llamas “nerd”. No hay una razón específica, pero contigo quiero todo. Y perdón que sea así de intensa, pero no puedo negarlo más, Jace, no puedo.
Sin darse cuenta, ellos estaban tan cerca que sus caras se encontraban a unos pocos centímetros de distancia. Su corazón le latía con fuerza por la incertidumbre de no saber cómo Jace reaccionaría. No obstante, de un momento a otro, él la estaba besando. El roce de sus labios le produjo a Nora una oleada de sorpresa. Se movían lentos, pero con firmeza sobre los de ella, causando una agradable sensación en la rubia. Nora se aferraba a él, enrollando sus brazos alrededor de su cuello mientras él la abrazaba por la cintura. Cuando Jace apartó su boca, a Nora se le escapó un doloroso quejido de sus labios que denotaba su deseo por seguir aquel suave y dulce beso. Sin embargo, una sonrisa se apoderó del rostro en ambos y ninguno de ellos tenía la intención de alejarse un centímetro más.
—Te quiero, Jace. Te quiero demasiado.