Cometí un Error...
Querido Diario:
En un momento pensé que era yo contra el mundo, al siguiente me sentí sofocada por la presión poética de creer que en realidad el mundo estaba en contra mio.
¿Quien era yo para creerme tan importante?
Pero un día me quedé mirando el Internet, buscando una salida, estaba nerviosa, muerta del miedo por encontrar lo que buscaba. Lo encontré, estaba a punto de hacer la bendita carta, de buscar las malditas pastillas y terminar con el ¡Calvario! que tanto afligía a mi madre. Desde que cumplí los 18, tres años después, me he convertido en su carga pesada, en su dolor de espalda y canas prematuras, su furia y su alegría, aun cuando canturrea que soy su mejor amiga y compañera, duele, porque es triste, porque ella también es mi mejor amiga y compañera.
Pero no lo hice, no tomé las pastillas, y la carta quedó a medias. ¡ES CUESTIÓN DE TIEMPO! pensé, solo terminar la podrida carrera, trabajar un par de meses e irme, lejos y sin decirle a nadie, solo tendría que soportar un poco más. Porque si no me perdona un simple error de furia, para qué me voy a quedar viendo como perdona cosas que son imperdonables de otros que no son su sangre.
Tengo que admitir que no soy una santa, y a veces siento que tengo un demonio, o más de uno, contenido en mi interior, que por las noches me susurran al oído repitiéndome lo incompetente que soy, lanzado esporádicas ráfagas de luz para no acabar con la diversión antes de tiempo. ¿Pero quien es un santo hoy en día?
Tardé mucho en volver a escribir en este cuaderno, porque me aterran mis palabras, y cuando estoy muy triste o muy enojada, no puedo escribir con racionalidad. Ahora escribo para dejar el recordatorio de que cuando me vaya no se lo diga a nadie, le deje un bizcochuelo recién horneado a mi familia, la masa para el pan de la mañana siguiente y las más sinceras disculpas.
“Perdón, por ser una hija de mierda para ustedes”
Hasta la próxima, la buena hija de mierda












