No se lo digas a nadie.
No le digas a nadie todo los caminos que cruzamos para encontrarnos. No le digas a nadie los atardeceres que presenciamos en medio del amor alucinógeno y de los cigarros que compartíamos, quizás pretendiendo compartirnos el uno al otro.
No le digas a nadie que nuestras tardes de amigos se convertían en muelle en presencia de nuestros besos negados. No le digas a nadie que ya nuestras pieles se conocen y se entienden como quien baila una danza rota, pretendiendo no ser intrumento ciego de su propio desdén.
No le digas a nadie de las veces en que nuestros ojos decían más que nuestras propias bocas y que, en medio del sollozo, lográbamos encontrar la eternidad.
No le digas a nadie de nuestros escondites, acondicionados para nuestras explosiones de dulzura y sabor, tratando de no morir el uno sin el otro. Si recuerdas que el sol fué testigo de nuestros ríos de sudor desbordados en más de una ocación, por favor, no se lo digas a nadie.
No le digas a nadie que quiero perderme en tí para siempre, porque hasta ahora no me siento capaz de querer encontrarme. No le digas a nadie, nisiquiera a mí, sobre las fotos que nos tomábamos a escondidas y guardábamos, porque eran simplemente un manifiesto eterno de nuestro amor.
No se lo digas a nadie, por favor, y yo prometo no decir jamás el modo en el que te convertiste en una fina sucursal de mi cuerpo.














