Creo, pienso, me parece. Siento que estas palabras escasean peligrosamente. Noto una abundancia de imposiciones, de órdenes, de opiniones que no admiten apelación. Veo estampidas que huyen de los debates respetuosos, se alejan lo más posible de los argumentos, la información o de algún dato fehaciente. Las sentencias parecen caer una tras otra lapidarias, filosas y puntiagudas, porque buscan clavarse y cortar en el camino. La sangre de los heridos chorrea, patinamos en ella, apenas se puede caminar en este matadero de ideas. La empatía se fue por la cloaca arrastrada por la última tormenta de mierda que cagó el extremista de turno.
“Vos sos esto y aquello” gritan lxs dueñísimxs de la verdad, echando mano de su archivo de prejuicios usados por última vez en la Edad Media. Esta gente, con medidas geométricas impolutas, jamás cree, nunca piensa, en ningún momento les parece. Esta gente sabe, solo saben que saben y tampoco buscan comprobación de su sapiencia, solo cómplices. Y una vez formada su pandilla, atacan, marcan la agenda, porque tal vez no puedan decirte qué pensar (les fastidia esa limitación) pero al menos podrán decirte sobre qué pensar, ocupando todo el espacio en las noticias, en las redes, en cualquier vivo o streaming. Porque mientras todos los flujos de información estén ocupados con los temas que ellxs quieren usar a su antojo, invisibilizan los demás.
Por eso cada vez que hablo con alguien insisto en decir creo, me parece o pienso. Y me fijo en los titulares, en las tendencias de Twitter, en los videos más vistos, en lo que sale de la boca de cada políticx, en la publicidad. Luego, con una lupa, busco todo lo que omiten, y ahí me meto, en esa ausencia, para conocer el mundo que no muestran, a ver qué es lo que les interesa tapar con el mismo dedo que usan para acosarme.
*acusarme.