Una serie de códices y papiros se apilaban de forma desordenada sobre su mesa. Las hojas eran de piel de cabra, oveja o vitela en los tomos más distinguidos y el papiro crujía al desenrollarlo. Algunos estaban rotos, quemados o corroídos por la humedad, pero cualquier tipo de inclemencia no solía ser problema para ella. Desde el día en el que había abandonado a su familia, había dedicado todo su tiempo a la traducción, interpretación y restauración de escritos antiguos. Encargos le llegaban de todas partes y aquello le servía tanto para aprender como para procurar que el conocimiento existente, acertado o erróneo, no se perdiera. Cualquier manuscrito que pasaba por sus manos era estudiado, analizado y más tarde copiado para ser guardado. Era capaz de recordar a la perfección libros enteros escritos en lenguas muertas y olvidadas meses después de haberlo transcrito o restaurado para el comprador.
Los tarros tintinearon. El pequeño cristal que acumulaba la luz solar tembló, proyectando nuevas sombras sobre un viejo papiro.
Los jeroglíficos se amontonaban en columnas verticales y cada símbolo miraba a la derecha. Leía los textos meticulosamente, transcribiéndolos a lengua de brujas. A pesar de no vivir en comunidad, su raza tenía una lengua común aunque carecían de alfabeto, por lo que intentaban adaptar la simbología humana a su idioma. Eran criaturas de sabiduría, y a pesar de que pocos de los suyos dedicaran exclusivamente sus vidas a pensar y redescubrir el conocimiento, prácticamente todos tenían una amplia base del saber.
Eran sabios, pero vivían condenados a la desaparición.
El cuerpo de Abigail reaccionó a aquel destino desafortunado con un simple suspiro.
Cambió las escrituras que tenía delante por otras que tenía debajo. Estas eran una copia incompleta de los Textos de los Sarcófagos, precursor del Libro de los Muertos. Tan solo eran un repertorio de conjuros, encantamientos e incluso súplicas grabados en el féretro dentro de la pirámide de Teti para ayudar al faraón en la Duat, el inframundo egipcio.
Buscó el punto en el que se había quedado anteriormente y mojó la pluma en el tintero. Sus pupilas volaban por los símbolos. Nombres de dioses, faraones, palabras de ayuda y halagos. Rezos de criaturas temporales, atadas a las telarañas del tiempo.
«¿Tan importante era?» pensó Abigail, recorriendo la novena línea con los ojos y transcribiendo aquellos glifos a una variante sencilla pero indescifrable del futhark antiguo, tal y como había pedido su cliente.
No le había comentado el motivo por el cual quería aquellos papiros, aunque podía discernirlo. Muchos druidas todavía se sentían fascinados por las ideas de los egipcios y trataban de comprar sus remedios con los bálsamos de los habitantes del desierto, pero eran incapaces de comprender su lengua y por eso necesitaban un intérprete.
«Druidas». Estuvo a punto de sonreír con una pizca de malicia.
Para ellos, aquella curiosidad era vergonzosa y el hombre había intentado ocultar qué era tapándose el rostro y cambiando la tonalidad de su acento. Aun así, su forma de hablar y su olor lo habían delatado. El aroma a encina y brezo eran tan distintivos en ellos como los colores eléctricos y profundos de sus ojos.
Volvió a leer la novena línea. Había un detalle que no le cuadraba. Un símbolo, una idea. Algo que se le escapaba, brillando en el umbral de su conciencia, pero negándose a traspasarlo.
El siguiente silbido fue más largo que los anteriores y vino acompañado de un golpeteo en las puertas de madera. La idea se fundió en su conciencia. De un pequeño salto bajó del alto taburete y se dirigió a la entrada. Corrió el enorme cerrojo y abrió una de las puertas.
El viento soplaba, no rugía, pero en ocasiones unas ráfagas se aceleraban entre las otras y producían aquellos penetrantes silbidos. Corax revoloteó molesto hasta sus pies: una brusca corriente ascendente lo había sorprendido mientras llamaba a la puerta y lo había lanzado a gran altura.
El pelo de Abigail se agitó con las corrientes.
El cuervo saltó al primer escalón y con un par de aleteos para suavizar su caída entró en el calor del mausoleo.
Abigail miró el cielo. No existía celeste en el la cúpula y la línea del horizonte parecía prenderle fuego a la tierra. De la nada surgían enormes nubes de humo y ceniza que descargarían agua durante horas. Los mechones flojos de su coleta, justo aquellos dos que enmarcaban su fino rostro se soltaron y bailaron libremente, jugando con el viento inclemente.
Un graznido molesto le llegó desde el interior. Sin retomar sus cavilaciones, Abigail entró, dejando que las puertas se cerraran por sí solas.
Susurros en su interior le decían que no sería grato salir esa noche.
El ave que siempre la acompañaba estaba en su percha arreglándose las plumas del pecho con el pico. Gotas de agua caían de sus alas ligeramente abiertas.
—Corax, puedes acercarte al fuego —dijo Abigail cuando el animal volvió a sacudir de forma ruidosa las alas para librarlas del agua.
Con un pequeño vuelo se posó en las piedras tiznadas del hogar.
Abigail movió la percha y la dejó cerca del fuego, al tiempo que se quedaba encandilada con el juego del reflejo de las llamas sobre las plumas del ave. Proyectaba una sombra larga y delgada, desproporcionada para su pequeño cuerpo de cuervo macho adulto.
Con la misma calma y sencillez que la caracterizaban, volvió a su taburete y continuó su trabajo. Extendió de nuevo el papiro, murmurando las palabras de una antigua canción. Tres versos completos acababan de salir de sus labios cuando Corax la interrumpió con otro graznido, más insistente que el anterior.
Revoloteó nervioso hasta su mesa y volvió a graznar.
—Corax, tengo que trabajar —murmuró, intentando apartar al pájaro con una mano.
El animal picó su blanca piel y agitó las alas negras a modo de advertencia.
—Corax —dijo Abigail, pero no añadió nada más.
El cuervo subió a pequeños saltitos al montón de papiros y códices y sacó otro tubo egipcio. Lo tiró delante de la chica e intentó abrirlo, soltando un graznido de frustración e indignación al no lograrlo. Abigail lo cogió y lo extendió ante la mirada torva del pájaro. Estuvo a punto de reír, pero se contuvo al observar el papel.
Los jeroglíficos eran completamente normales, pero cada seis líneas, se repetían hasta ocupar todo el papel. Acercó la nariz al papiro. Desprendía un olor metálico y tardó un momento en darse cuenta de que no era un único papiro lo que sujetaba. Era más pesado, casi como si hubiera algo dentro de la fibra natural. Lo observó a contraluz, pero era completamente opaco, lo que confirmó sus sospechas.
Incluso siendo más falso que una moneda de cartón-piedra, dudó al acercar una cuchilla para rascar la superficie del pergamino. Quizá sí había algo…
Corax le graznó, impaciente y enfadado.
—Voy…
Abigail y el ave prestaban absoluta atención a aquel trabajo y comenzaba a verse el interior del papiro cuando las puertas giraron sobre sus goznes con violencia. El viento huracanado hizo volar cientos de papeles por el mausoleo. Las cortinas emulaban fantasmas y los tarros chocaban entre sí.
El fuego se movió, creando más sombras que zonas de luz y la oscuridad se abalanzó sobre Abigail.
Corax volvió a graznar, esta vez aterrado y salió volando a la tormenta.
El primer trueno sonó como la sentencia del comienzo. Un comienzo que desembocaba en el final total.
En la mente de Abigail, los jeroglíficos que acababa de leer cambiaron de posición. Sus rostros dejaron de importar, la dirección no era necesaria. La idea cruzó el umbral de la conciencia al tiempo que se sumía en las tinieblas y la luz de su interior se apagaba al tocar el suelo.
Un grito sobrenatural, inhumano, cargado de dolor hizo temblar las rocosas paredes de la caverna.
El polvo, inquieto, se revolvió alrededor de las capas que avanzaban rápidas, pero silenciosas. Las tétricas antorchas chispeaban y siseaban cuando el agua, sucia y cargada de impurezas, caía sobre sus llamas y chocaba con el paño empapado en brea. La oscuridad reinante, siniestra, antigua y opresiva, parecía tragarse la luz del fuego, que palidecía cuando las túnicas pasaban a su lado, agitando el aire. Incluso las sombras se escondían de sus dueños, ocultándose en las rendijas de las rocas.
Otro grito, más animal que humano, perturbó el silencio sepulcral de las cavernas subterráneas. El eco amplificó los susurros de las figuras que se movían con premura. Las voces eran profundas, casi guturales, pero inaudibles. Hablaban en una lengua prohibida incluso para aquellos que no tenían esperanza de salvación. Ni siquiera los bajos lores de los abismos se atrevían a leerla.
Una lengua maldita, de escarnio.
Las manos de los hombres, delgadas, cubiertas de piel cerúlea y casi transparente, fueron pasándose un pequeño recipiente de plomo negro. Parecía la tapa de un cráneo con relieves en el exterior, runas que se habían perdido en el tiempo. En su interior, un líquido escarlata con destellos negros y violáceos se movía desacompasadamente, como si tuviera vida propia y se revolviera ante la proximidad de un cuerpo sangrante.
El último hombre sujetó el cuenco entre ambas manos cubiertas de manchas rojas, como golpes llenos de sangre y moratones.
A pasos lentos pero seguros, subió las escaleras naturales de piedra hasta que estuvo al lado de la víctima encadenada al altar de roca gris y obsidiana. Una estalagmita cortada servía de mesa y en ella posó el cuenco. Su contenido se agitó y se levantó, como si una serpiente nadara en él.
Ónices y rubíes en polvo se acumulaban en pequeños montones. La superficie calcárea estaba ocupada en su gran mayoría por hierbas, polvos, aceites e incluso huesos. Una ampolla con agua cristalina se balanceaba al borde del abismo, apoyada en un pequeño saco que contenía plata.
De una estalactita de gran tamaño, con un agujero en el medio, salía un ligero humo. Ardía en aquel fuego el pelo de las quimeras y las escamas de una serpiente blanca. Producía un extraño aroma que, aunque era fuerte, no tapaba el olor a putrefacción y sangre coagulada.
La hoja lisa y afilada centelleó a la luz de las antorchas. El hombre de las manos amoratadas puso el filo en las ascuas de pelo y escamas. Un bajo sonido se extendió por la cueva, los hombres con túnicas rezaban.
Con veneración, alzó el largo puñal sobre la figura que se retorcía en el altar. El filo se hundió en su cuerpo como si fuera mantequilla. De la garganta del torturado, salió otro grito desgarrador. El hombre, oscuro e inmutable, dibujó un arco sobre su espalda. La piel, los músculos se abrieron, pero apenas brotaba sangre de allí.
Una figura encorvada, con media cara cubierta por la capucha negra de su capa, renqueó hasta el polvo de ónix y rubí. Salmodiando en lengua muerta, dejó caer el polvo entre sus dedos hacia la herida abierta. El polvo cayó, brillando como pequeñas estrellas en el aire y se posó sobre el torturado cuerpo del hombre. Cuando cayó todo, hundió los dedos en aquella herida y la abrió más, desgarrando con un sonido pegajoso y seco. Sacó un pequeño reloj de arena y abrió la tapa inferior. La arena y la sal cayó sobre la espalda del hombre. El hombre cojo sacó un pequeño papel del delgado cuello de la clepsidra y la dejó caer al suelo. Enterró el pequeño manuscrito en la herida y la taponó con el contenido esparcido del reloj.
El insoportable dolor no era suficiente como para concederle la muerte al hombre, ni siquiera un mísero descanso en la inconsciencia. Su espalda era un complejo laberinto de líneas infectadas, algunas llevaban tanto tiempo abiertas que ya se cerraban sobre la amalgama de polvo y papel.
Una nueva oración se extendió entre los observadores.
–Es la hora –dijo el venerable, el hombre de manos blancas y rojas.
Alzó las manos al cielo y las mangas cayeron hasta sus hombros. Sus brazos, delgados, parecían engañosamente débiles. Las marcas que lo cubrían le concedían un aire antiguo y terrorífico. Escarificaciones y tinta vieja decoraban su piel. El cuarzo blanquecino, lleno de fuegos fatuos, iluminaba el altar desde arriba.
La luz, cobarde y temerosa, no alcanzaba cuatro alejados resquicios de la cueva. Cuatro hombres, uno por cada esquina, surgieron de las sombras. Corpulentos y altos, de piel oscura como la tierra húmeda. Abalorios hechos de hueso y madera secada con cal atravesaban sus narices, labios, cejas y orejas, incluso sus mentones. Eran completamente calvos y sus ojos, totalmente blancos, no mostraban conciencia alguna.
A la orden de la figura encorvada, se acercaron al altar y soltaron las cadenas con las que ataban al cautivo a la mesa. Lo sujetaron por los brazos. Sus rodillas estaban a centímetros del suelo. Le obligaron a mirar a los encapuchados congregados ante él. Su conciencia iba y venía, no sabía qué veía. Sus párpados temblaban, pero el resto de su cuerpo estaba demasiado cansado como para ello.
Escuchaba los lejanos latidos de su corazón, cada vez más débiles, más fríos... pero seguía latiendo. El simple hecho de notar su muerte ahí, rozándolo, lo hizo hablar.
–Dios... os condenará... –salió de su garganta rota y maltratada por los gritos de dolor y vergüenza. Sangre brotó de ella y cayó lentamente por las comisuras de su boca.
–¿Dios? –dijo el venerable, que se inclinó delante de él y abrió su pecho con la misma daga con la que había abierto el resto de su cuerpo–. No existe dios que nos desafíe. Nosotros traemos la condena.
El hombre cojo le tendió el saco con plata y de su interior sacó una moneda. La enterró en la herida, mientras que el séquito de capas oraba, mientras que el hombre gritaba incluso cuando su propia sangre trataba de ahogarlo.
Forcejeó con los hombres que le sujetaban férreamente los brazos, con el monstruo que enterraba plata en su pecho. No era tanto por la rabia y el miedo que sentía, si no por el dolor que le producía aquella moneda de plata, que lo quemaba como en su día había hecho los hierros candentes de la fragua.
Su corazón se apagaba. Su voz se ahogaba en el vacío. La poca sangre de su interior bañaba la piel de su garganta y buscaba descanso en el suelo polvoriento de la caverna. La oscuridad se difuminaba en sus ojos.
El hombre se levantó y rezó, uniéndose al resto de oradores. Las voces se alzaron y dejaron atrás los murmullos. Su mente recogía palabras sueltas de las oraciones, pero era incapaz de comprenderlas.
Se deshacía.
Dos de los hombres negros abrieron el altar y los otros dos depositaron el cuerpo en su interior.
Se perdía.
La realidad onduló y se revolvió a su alrededor, negándose a adaptarse a su piel. El tiempo huyó de la cueva.
Se desperdigaba.
El venerable vertió el contenido del cuenco en los pequeños canales que corrían por las paredes de obsidiana. Dos siluetas alargadas se deslizaron con el líquido por los caminos tallados en la piedra.
Su cuerpo se desgarraba implosionando desde su garganta.
Los fuegos fatuos murieron.
«Eres ahora, hijo de la noche, de la infección divina dueño y señor» , resonó un débil eco en el umbral de su visión.
This could start in a million different ways, but it is already an uncommon story so it needs something to ground the reader. So there it goes.
Once upon a time, there was a girl who was meant to fly…
Len balanceó las piernas.
Estaba sentada sobre la barandilla de la azotea, mirando con ojos melancólicos las montañas cubiertas por la niebla matutina. El sol no se había asomado todavía por su espalda y el cielo de azules y naranjas pastel contrastaban con el verde oscuro, casi negro, de los árboles.
Y con las columnas de humo que todavía se levantaban de la ciudad en ruinas.
La batalla había tenido lugar varios días atrás. Ella no sabía quién había ganado o perdido, sólo era consciente de que el peor daño se lo había llevado la ciudad.
Si miraba hacia abajo, podía ver vehículos volcados, como insectos arrastrados por la corriente. Podía ver cúmulos de escombros y cristales, fogatas y, si se esforzaba, algún cadáver. Pero no estaba mirando hacia abajo; todo lo contrario, de hecho.
Una nube débil, como un girón de tul, atravesaba el aire.
La puerta metálica de la azotea se abrió con un chirrido. Chocó contra unas piedras y, por la maldición que soltó el visitante, se quedó atascada.
Un golpe violento hizo eco en la calma de la mañana y un pajarillo, un gorrión camuflado entre la destrucción, se asustó y echo a volar con un rápido y sonoro aleteo.
Damon se acercó, sus pesadas botas de combate apartando guijarros y cascotes. Apoyó los antebrazos en la barandilla, a su lado, mirando hacia el horizonte.
–Se ha acabado –dijo él.
Len giró la cabeza y lo miró. Tenía el pelo revuelto, sucio de grasa, polvo y sangre, que había corrido por su frente y se entremezclaba con las manchas de hollín de sus mejillas.
–¿Seguro? –preguntó ella en voz baja, mirando otra vez hacia el cielo.
Damon se preguntó si alguna vez le había dedicado miradas como las que le dedicaba al cielo. Le cogió una mano.
Ella entrelazó sus dedos con él.
–Seguro –respondió.
Entre las ruinas, una figura se movía. Iba encorvaba, moviéndose rápida y silenciosamente. Se acercó a n cuerpo y le dio la vuelta, dejándolo boca arriba. Le tomó el pulso, pero era indudable de que había muerto horas atrás. Apenas aparentemente veinte años.
Suspiró y le cerró los párpados.
Al igual que muchos otros, no sería enterrado. Lo abandonarían a merced de las aves carroñeras y el clima.
A su espalda ardía un coche volcado y a unos metros, había otro soldado.
Habían muerto tantos…
Alguien gritó su nombre a lo lejos, pero ella lo ignoró. Se dejó caer al lado del cadáver, apoyando la espalda en el bloque de hormigón que había servido de parapeto al soldado durante el fuego cruzado. Cerró los ojos un instante, recordando el ruino.
Ahora todo estaba en silencio.
Un gorrión aterrizó con premura en una roca cercana, con diminutos saltitos fue avanzando hasta un matojo de hierba pisoteada y la inspeccionó con el poco. Giró la cabecita hacia un lado y después hacia el otro al ver que no encontraba nada.
Uno de sus compañeros se asomó tras el coche en llamas.
–Fhrey, vámonos –le pidió en tono suplicante–. Volverán en cualquier momento y esta no es nuestra guerra.
Era verdad. Ninguno de ellos había participado en la batalla, tan sólo habían estado en medio. Ninguno había apoyado la guerra, ni siquiera pertenecían a los bandos combatientes. Su único error había sido vivir allí, creyendo estar a salvo.
Ella se levantó y el pájaro salió volando, rápido como una flecha.
Su compañero ya había desaparecido, pero ella se giró hacia el sol naciente y, en el edifico más alto, vio un punto blanco.
Sonrió con tristeza. Había visto a la chica horas antes, caminando entre los cadáveres con lágrimas en los ojos y mordiéndose el pulgar de la mano derecha Su nombre era Len, le había dicho, y estaba en contra de la guerra. No la entendía.
Pero allí arriba, en la azotea, estaba formando parte de un bando y, por lo tanto, de la masacre.
Damon buscaba a Len por todas partes antes de subir a lo alto del faro. Hacía más de seis meses que la guerra había concluido y había decidido mudarse a una pequeña villa cerca de la costa. Por las calles todavía patrullaban soldados con brazos en cabestrillo y los hospitales militares empezaban a soltar a los tullidos y a los supervivientes. También salían ataúdes sellados. Pero todo tenía una luz limpia y había paz, algo de lo Damon había carecido a lo largo de su vida.
La puerta del faro estaba abierta y el vestido de Len estaba allí colgado, pero ella no estaba por ningún lado.
El cielo era un compendio de rojos ardientes y naranjas cuando encontró a Len sentada en la barandilla del puente, mirando con melancolía a un pato que buscaba alimente entre los juntos. Los pasos de Damon lo asustaron y escapó nadando, con los ojos de Len siguiéndolo.
Cuando Fhrey había vuelto a casa, apenas la reconocía. Estaba hundida, con los cristales rotos y llena de maleza. Incluso la valla que separaba el jardín del terreno salvaje había sucumbido al paso inclemente y desconsiderado de las tropas. Para ella, todos eran enemigos.
Suspiró y con pasos decididos había entrado en su hogar. El polvo, las plantas, y el abandono la habían recibido casi con cortesía. Era un desastre, pero podía arreglarse. Quizá lo más difícil sería la escalera al segundo piso, que tenía un agujero que impedía su uso. Lo había hecho ella misma para dificultar el saqueo a los soldados.
Con suerte, ninguno se habría molestado en subir y todas sus posesiones seguirían a salvo.
–¿Por qué esa obsesión con los pájaros? –le preguntó Damon.
Len balanceaba las piernas, sentada en la barandilla del balcón. Len siempre se sentaba al borde del vacío, creyendo que si se acercaba a él de forma física, el abismo en su interior dejaría de asustarla tanto.
Giró la cabeza para mirarlo y sonrió ligeramente.
Una pequeña bandada de estorninosvoló cerca y ella se inclinó hacia adelante, con una expresión feliz y añorante.
Damon sintió el impulso de agarrarla por la cintura para que no cayera, aunque supiera que no lo haría. Nunca lo hacía.
–¿Respuesta?
–Me gustaría formar parte de algo así –dijo ella, en un tono bajo y triste. Sus ojos seguían pendientes de las sombras que formaban figuras abstractas y cambiantes en el aire–. Volar libre, sin cadenas, en una familia no unida por la sangre. Ser pequeña y formar parte de algo tan grande, siento tan importante como el resto, pero no invisible. Quiero ser ligera, ligera y que mis huesos estén llenos de aire. Y volar, volar lejos y explorar…
Llevaban casi cuatro meses juntos y Damon no se acostumbraba a que su novia hablase de aquella forma, alejándose de él, dejando que su mente subiera hacia el cielo y vagara sin rumbo, sin mirar hacia atrás.