Librología #2: PONER-QUITAR LIS CUERPIS
Hola, soy Jesús La caníbal y otra vez he dispuesto un montón de libros de nuestra librería para i-n-f-r-a. Para pensar las infraestructuras desde una frase lanzada al aire: “poner-el-cuerpo”.
Este montón está dispuesto en la librería como uni cuerpi echadi en verano, en una mesa baja, sobre alfombras, con un cartel que pone “poner-quitar-lis-cuerpis”. En reposo o espera de una posible conversación con algo fresco para beber.
Escuché por primera vez la expresión “poner el cuerpo” en boca de mi amigui Duen/Zuhaitz/Xara Sacchi, que venía de Argentina. Un contexto de activistas que pusieron lis cuerpis, contrainsurgencias que quitaron lis cuerpis. Cuerpis como infraestructuras para movimientos colonización/descolonización, infraestructuras de confrontación mediante pistolas o textos como infraestructuras para la aparición y desaparición de lis cuerpis.
En el montón hay libros que hablan de cuerpis presentes o puestis, puestis sobre el papel que funciona como infraestructura para la aparición del cuerpi: Así puede ser en los escritos de Gloria Anzaldúa que entre otras muchas cosas inauguran la relación entre cuerpi i y frontera que ahora podemos seguir en Sayak Valencia, Achille Mbembe, Brigitte Vasallo o Paul B. Preciado (“Borderlands / La frontera / La nueva mestiza”, Capitán Swing, 2016), o los otros cruces de Grisélidis Réal (“Las esfinges”, Bellaterra, 2009), y las poesías de Alberto Cardín (“Despojos”, en “Mi más hermoso texto”, Ultramarinos, 2016). Cuerpis sensuales, y enfermis, sexuadis racializadis, que la enfermedad hace presentes al tiempo que los desteje. Cuerpis-signo en las calles en la performance de la manifestación política como li de Víctor Hugo Robles (“El diario del Che Gay en Chile”, SiempreViva Ediciones, 2015), o la manifestación de la persistencia de lo prohibido como los de lis trabajadoris sexuales que ya hablaban de “poner-el-cuerpo”, política y autogestión de la salud hace tanto tiempo (“Hablan las putas. Sobre prácticas sexuales preservativas y sida en el mundo de la prostitución”, Virus, 2000).
Otris dan cuenta de cuerpis otris o propis y sus tensiones entre presencia y ausencia desde la práctica archivística, así la historia de la reconstrucción de uni cuerpi de Noelia Pérez (“Después del fuego”, Autora-editora, 2012), la autohistoria del discurso encuerpado de Aimar Pérez-Galí (“Sudando el discurso. Sweating The Discourse”, Mi otro trabajo, 2013), la archiva de cuerpas feministas en la performance tardofranquista de Maite Garbayo (“Cuerpos que aparecen: Performance y feminismos en el tardofranquismo”, consonni, 2016) o el repertorio de fotografías de cuerpis americanis compilado por Marcelo Brodsky y Julio Pantoja (“Body Politics: Políticas del cuerpo en la fotografía latinoamericana”, Lamarca, 2009). Y li autoarchivi fotográfica de lis Post-Op (“Piratte”, Autori-editori, 2013), y la autohistoria en comix de Julie Doucet (“Comics 1986-1993”, Fulgencio Pimentel, 2015).
Y para resignificar y reencarnar, replantear el propio cuerpo, libros que también son caja de herramientas para el autoconocimiento como el de Carla Trepat Casanovas (“El tresor de Lilith. un conte sobre la sexualitat, el plaer i el cicle menstrual”, Autora-editora, 2012), la transformación como el de Paul B. Preciado (“Testo Yonqui”, Espasa, 2008) o para la ejercitación sobre el linóleo, la hierba o el cemento, como el de Augusto Boal (“Juegos para actores y no actores”, Alba, 2002), o el de Danilo Hérnandez / Swami Digambarananda Saraswati (“Claves del Yoga: Teoría y práctica”, La liebre de marzo, 2016). En la propuesta anterior ya os hablé sobre otros de autodefensa feminista, autogestión de la salud o parto placentero, estos también están aquí.
También hay libros que hablan en nombre de otris cuerpis, ausentes o quitados, muchas veces con violencia. La violencia, que también es un concepto semiótico-material, busca como objeto los cuerpos, para la tortura. Sobre tortura y desaparición de los cuerpos y sus nombres, hay recuentos, testimonios y estudios, como el de Nancy Guzmán (“Ingrid Olderrock: la mujer de los perros”, CEIBO, 2014). Prácticas de escritura que devuelven cuerpis si no a la vida, a la presencia, como recopilan Pau Pérez-Sales y Susana Navarro García (“Resistencias contra el olvido. Trabajo psicosocial en procesos de exhumaciones”, Gedisa Méxicana, 2007). De la violencia como escritura sobre lis cuerpis nos cuenta también Rita Laura Segato (“La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez”, Tinta Limón, 2013).
Por penúltimi, quienes escriben sobre cuerpos, cuerpas, y cuerpis, y haciéndolo desde academias, lis tejen o destejen, sean comunidades científicas como la reunida en “No comerás. Narrativas sobre comida, cuerpo y género en el nuevo milenio”, Icaria, 2007), investigadoris como Judith Butler (“Cuerpos que importan”, Paidós, 2003), Donna Haraway (“El patriarcado del osito Teddy. Taxidermia en el jardín del Edén”, Sans Soleil, 2014), o María Milagros Rivera Garretas (“El cuerpo indispensable: Significados del cuerpo de mujer”, Horas y horas, 1996).
Y por últimi, mi novela preferida de los últimos tiempos, que narra un cuerpo que conoce todas estas cosas que he contado y algunas más: “El Tarambana”, de Yosa Vidal (Marmara, 2016). Una primera novela que llegué a conocer siguiendo el hilo de la única editora que había traducido a Violet Le Duc al castellano en estos lares.
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