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Angustias entró a despedirse con prisa, ya con el abrigo puesto, y de paso a contar atropelladamente y prácticamente al aire mientras recogía la bufanda y el bolso del perchero de la Sala de Usos Múltiples, sus sospechas sobre lo brillante de los ojos de Amelia aquel día y lo acaramelado que parecía Pacino al teléfono cuando se lo había cruzado hace un momento en el pasillo de camino a la biblioteca del Ministerio. Salió de la sala despidiéndose y rebuscando en su bolso para sacar un pintalabios rojo carmín, seguramente ella también tenía planes.
— ¿Y usted, Ernesto, no tiene ninguna cita especial para esta noche de San Valentín?
Ernesto levantó la mirada de las líneas del documento medieval que repasaba, no sin antes marcar con el dedo la línea que estaba leyendo para no perder el hilo, y enarcó una ceja por toda respuesta, ladeando un poco la cabeza pero sin modificar ni un ápice la expresión de sus facciones.
— No me mire así. Ya sé que no es usted muy amigo de determinado tipo de moderneces de estos tiempos, pero imagino que quedarse revisando dramas litúrgicos en latín hasta las nueve de la noche no est--
El subsecretario no tuvo tiempo de terminar la frase.
— La celebración de San Valentín se remonta a la época romana. Al siglo III, concretamente. Así que de moderna tiene más bien poco.
Los dos se quedaron mirándose en silencio un instante, como en una especie de calma tensa en la que ambos esperaban por si el otro se decidía a añadir algo más. Fue Salvador el primero en claudicar y devolver su atención al grabado que examinaba a través de la lupa, pero no tardó mucho en volver a hablar.
— ¿Entonces no tiene ningún plan? —Esta vez no despegó los ojos del trabajo mientras hablaba.— Van a proyectar una versión remasterizada de Vacaciones en Roma en la filmoteca. Pocas compañías mejores que la de Audrey Hepburn y Gregory Peck, y, piénselo, pocos lugares más apropiados que la ciudad eterna para un día como hoy. —El tono de su voz sonaba serio, y realmente no es que hablase en broma, pero solo alguien que le conociese bien sería capaz de distinguir el tinte jocoso que coloreaba sus palabras. — Lo digo por lo que usted mismo ha dicho hace un momento... piénselo. Piénselo.
Ernesto volvió a detener su lectura y carraspeó resignadamente dirigiendo su atención al subsecretario, pero Salvador no despegó en ningún momento la vista de su trabajo. Después de aquello no intercambiaron más palabras que las necesarias para asegurarse de que horas después, cuando ya habían repasado todos los documentos, podían estar seguros de que no había ninguna inconsistencia en la historia que pudiera causarles problemas después de la última misión, hasta que finalmente Ernesto abandonó la sala para hacer una llamada antes de salir.
La cita con la antropóloga del Museo Nacional, con la que tenía previsto cenar aquel día, tendría que esperar a otra noche. Quizás, incluso, a otro 14 de febrero. Porque si la compañía de Audrey Hepburn y Gregory Peck a través de la pantalla era prácticamente inmejorable para Salvador, seguramente la presencia de un buen amigo en la butaca de al lado sería una de las pocas formas de hacerlo.